PADRE DE LOS HUÉRFANOS Y DE LA JUVENTUD ABANDONADA.
Jerónimo "todo hay que decirlo" no es un nombre frecuente. Pero es nombre de héroes; estoy pensando -y puede que tú también- es el gran jefe indio defensor de las libertades de su pueblo, cuyas hazañas han llegado hasta nosotros por obra y gracia de las películas “gringas”... El “Jerónimo” al que aquí nos referimos también es un héroe: ha dado su vida para que otros, los más débiles de la sociedad, los niños sin familia, tengan vida libertad, y una vida digna, sin tener que depender vergonzosamente de nadie. Y si el nombre no es frecuente, el apellido puede que te resulte totalmente desconocido: Emiliani o Miani. Es italiano, claro el apellido, porque él es ya universal: viene de “milium”, que en latín significa millo, mijo, maíz en definitiva; y es significativo que una sencilla espiga de humilde maíz sea precisamente el único adorno del escudo heráldico de los Emiliani: la vida del más preclaro hijo de este linaje, nuestro Jerónimo Emiliani, está en total consonancia con sus raíces, tanto que a lo largo de la historia se le ha comparado frecuentemente con otro Santo, modelo de sencillez evangélica, San Francisco de Asís, por la humildad y la pobreza de su vida.
Nació en Venecia, allá por el año 1486. Vivió en una de las épocas más ajetreadas de la historia de la Iglesia, la de la Reforma protestante y consiguiente Contrarreforma Católica, y es aunque él nunca llegó a saberlo prototipo del hombre del Renacimiento, pues cada una de las dos etapas bien diferenciadas de su vida -antes y después de la conversión- encarna sendos elementos que, por sí solos, han marcado definitivamente esa época de la historia: por un lado, la aparición de un renaciente paganismo, que llega a penetrar, y a invadir por contagio, hasta incluso importantes estamentos y miembros de la comunidad cristiana; por otro, el nacimiento expansión, en el seno de esa misma comunidad, por pura convicción y a modo de reacción, de nuevas fuerzas que se proponen reformar desde dentro y por fuera la Iglesia, “viviendo en expresión del propio Emiliani el estado de santidad de los tiempos apostólicos”.
Hombres y mujeres profundamente enamorados de la Iglesia sacerdotes, religiosos o seglares, indistintamente que, apoyados en una vida cristiana, encuentran en la participación en los sacramentos la fuerza para transformar en silencio la sociedad en la que les ha tocado vivir, mediante la práctica de las obras de misericordia. Estamos, pues ¡nada menos!, ante uno de los grandes santos de la Contrarreforma Católica.

En 1506, entró en la vida pública, dedicándose sobre todo al ejercicio de las armas. Pasó a ser soldado de la Serenísima República, y en 1511 fue enviado a la fortaleza de Castelnuovo de Quero, situada a la orilla del Piave, con carácter de Gobernador regente.
Después de perder su última batalla en ese lugar, fue hecho prisionero y quedo recluido y encadenado en el deprimente calabozo del mismo castillo. Esta amarga situación le hizo recordar y acudir a la fé en la Santísima Virgen que su madre le había inculcado. Acudió a la oración y al arrepentimiento de sus faltas, prometiendo llevar en lo sucesivo una vida más recta y dedicada al servicio de los más necesitados. Sin duda fué por esta conversión que logro escapar milagrosamente del calabozo y del ejercito enemigo.
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En el Santuario de la ‘Madonna Grande’ en Treviso, Jerónimo promete solemnemente entregarse totalmente al servicio de Dios y del prójimo.
Al volver a Venecia, repartió su patrimonio a los pobres y se asoció a la Compañía del Divino Amor, que se dedicaba, en particular, a la asistencia de los enfermos 'incurables'.
También él contrajo, en este servicio, una grave enfermedad, que superó gracias a su robusta fibra, y con nuevas energías volvió al servicio de la caridad.
Su corazón, muy sensible a todas las miserias humanas quedó profundamente impresionado viendo la deplorable condición de muchísimos niños, faltos de padres y abandonados al destino. Empezó a dar asilo a unos de estos huérfanos, en su propia casa; y en seguida, como el número iba aumentando, abrió para ellos una casa cerca de la Iglesia de San Basilio y otra cerca de la Iglesia de San Roque, en Venecia.
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Mientras tanto la fama de su actividad caritativa se iba extendiendo. Algunos de sus amigos, entre ellos unos obispos, lo invitaron, para que su acción, en favor de los pobres, se extendiera también más allá de los límites de Venecia. Jerónimo aceptó la invitación y empezó, en 1532, un largo peregrinar de caridad, que lo llevó a varias ciudades del Véneto y de la Lombardía (Milán, Bérgamo, ...), donde abrió orfelinatos.
A los huérfanos, el Santo enseñaba los primeros elementos del saber y al mismo tiempo las nociones fundamentales de la fe cristiana. Además procuraba que aprendieran un oficio, para que pudieran entrar a formar parte de la sociedad, como elementos vivos y activos, aptos para desenvolver con dignidad su personalidad humana y cristiana.
Para esta obra de caridad, tan valiosa, encontró colaboradores generosos, que lo respaldaron en la asistencia de los huérfanos y fueron el primer núcleo, de la que, más tarde, será la Congregación religiosa de los Padres Somascos.
Cuando el Santo se dio cuenta que se iba debilitando físicamente y que tenía que dejar ya sus andanzas apostólicas de caridad, escogió como morada predilecta el pequeño pueblo de Somasca, cerca de Lecco. En este lugar, su ardiente fervor espiritual, podía contar con soledad, oración y meditación.

Manifestó una vez más su inmensa caridad, cuando se desató una peste en Somasca. Se entregó de lleno al cuidado de los enfermos, hasta agotarse y contagiarse nuevamente.
Por fin, obligado a guardar cama por la gravedad de la enfermedad, llamó a un grupito de huérfanos, a los cuales lavó humildemente los pies, a imitación del Divino Maestro en la última Cena.
Murió santamente al amanecer del 8 de Febrero de 1537 a la edad de 51 años, víctima de su misma caridad.
Beatificado en 1747, fue proclamado Santo en el año 1767. El Papa Pío XI lo proclamó "Patrono Universal de los huérfanos y de la Juventud abandonada".
Su Fiesta se celebra cada año el 8 de Febrero, día de su tránsito al cielo.
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