María, Madre de Dios, que has dicho siempre sí a la voluntad
de Dios, aumenta nuestra fe.
María, Madre de la Iglesia, ayúdanos a reconocer las necesidades
de nuestro tiempo y a colaborar para reconducir
al pueblo cristiano a aquel estado de santidad que tuvo en
tiempo de los Apóstoles.
María, Madre de los huérfanos y fuente de misericordia,
gozo de los afligidos y liberación de los oprimidos, danos
una gran solicitud hacia los enfermos. Haz que los enfermos,
los huérfanos y los últimos, como un día hiciste con tu
siervo San Jerónimo Emiliani, experimenten tu maternal
bondad y encuentren en nosotros el consuelo del amor fraterno.
María, Esposa y tierna Madre, conserva y reaviva en
nuestras familias el don de la concordia, apoya a los padres
en su misión, haz que los hijos crezcan según el ejemplo de
Jesús.
O María, tómanos por mano, sé tú nuestra guía y nuestra
Madre, que había en tiempos de los apóstoles,
y puedan, así, testimoniar ante el mundo
la felicidad de vivir el Evangelio.
Madre de la Humanidad,
te encomendamos la gente de nuestro tiempo.
Haz que sepamos anunciarles
con renovado valor, con fresca alegría,
con total certeza, por medio de nuestra vida,
el Evangelio de tu Hijo, Jesús.
Bajo tu protección nos acogemos,
Santa Madre de Dios;
no deseches las súplicas que te dirigimos
en nuestras necesidades,
antes bien,
líbranos siempre de todo peligro,
¡Oh, Virgen gloriosa y bendita!