A finales de mayo del 2004, los Padres Juan Manuel Monzón Villa -castellano manchego- y Jesús Vte. Varela Faílde -gallego-, tras una preparación previa -Curso de Misionología y varios meses en Portugal para aprender el idioma-, parten para Mozambique, y más concretamente para la Misión de S. Antonio de Barada - Distrito de Buzi - Provincia de Sofala, cuya capital es Beira.
Con su marcha, se da el pistoletazo de salida a un proyecto fuertemente enraizado en el corazón de los somascos... no sólo españoles sino de todo el mundo: abrir la Obra de nuestra Congregación al continente africano, donde, por otra parte, -todo hay que decirlo- san Jerónimo nos ha ya precedido con mucha antelación, pues está, desde 1967, en Camerún, de la mano de nuestras Hermanas, las Oblatas de la Mater Orphanorum, y desde 2002, en el Congo, con las Madres Somascas.
Llegan cargados de entusiasmo y, como es de suponer, con algo de incertidumbre sobre qué pasará; pero, eso sí: con el corazón abierto a cuanto Dios quiera poner en su camino. Tras una primera toma de contacto con la realidad y con la buena gente de esta tierra, la incertidumbre inicial se transforma, casi por encanto, en amistad, cercanía, colaboración, servicio, fascinación, a pesar de las dificultades de la empresa. Y así, el día 8 de diciembre de 2004, fiesta de la Inmaculada, figura en los anales de la fundación como fecha de inicio de la Misión somasca en Mozambique. En agosto de 2005, se incorpora P. Pedro López Ruiz, de Aranjuez.

 

 

Un día en Barada
Normalmente, no se necesita despertador: a las 5 de la mañana los gallos madrugadores se acercan a la ventana y ponen un final cantado al sueño. Hacia las seis, celebramos la eucaristía con las dos Hermanas, en una capillita muy sencilla, que invita a la oración humilde.
Después, vamos a desayunar (el matabichos) y por el camino encontramos a los alumnos de los alrededores que llegan para las clases, a las mamás con los niños a la espalda y a los enfermos esperando a la puerta del ambulatorio. A las siete empiezan las clases del turno de la mañana y los trabajos de acarreo de leña y limpieza... Algunos pasan por la casa (está en el mismo centro de la misión) para saludar, para preguntar (“tengo una preocupación”), para pedir, entre otras cosas, la pomada para curar la sarna... Uno de los Padres recorre los diferentes sectores de la misión: agropecuaria, escuela, centro de salud, internado para saludar a su modo, cariñosa y ceremoniosamente, ver si hay novedades y coordinar las actividades con los responsables. El otro prepara o realiza las actividades de la parroquia (está a menos de dos Kms. de la casa): visita a enfermos, contacta con los responsables o con los grupos...
A las 12, el almuerzo: hace calor. Se come sobriamente: arroz con fréjoles o una especie de polenta con salsa. En ocasiones se comparte la mesa con alguno de los voluntarios. Una taza de té o de café y se descansa un rato. Mientras, llegan correteando los alumnos del segundo turno: muchos son pequeños y alegran esta hora con sus voces.
Por la tarde son varios los jóvenes que pasan por casa o te los puedes encontrar paseando por la misión (afortunadamente, existe la creencia de que los cocos “no pueden caer” sobre la cabeza de nadie que no sea un malandrín...): algunos estudian y otros preparan teatros, bailes, hacen deporte o se lavan la ropa.
Hacia las 18,30 ya es de noche. A esta hora, acompañamos a un grupito que se reúne en la capilla para rezar vísperas. Los jueves y los domingos celebramos la Eucaristía en el modo festivo que se usa aquí, con una participación increíble de alumnos: cantos, danzas, representaciones e intervenciones. ¡Una verdadera fiesta!
La cena nos la preparamos nosotros y solemos dar un toque español al menú: tortilla, huevos fritos, pescado (el mar está a pocos metros y los pescadores pasan por la misión vendiéndolo; el pescado en Mozambique es muy bueno y barato, y figura como atractivo en todas las guías turísticas; la especialidad es el camarón, una especie entre gamba y langostino, muy sabrosa).
Después de cenar visitamos a los internos, que aún están cenando sentados en el patio, en corros, o vienen ellos a visitarnos a casa... (les gusta conversar con tranquilidad y preguntar cosas al “señor Padre”) hasta las nueve, hora en que se desconecta el generador y la misión queda con las pocas luces del panel solar y un cielo repleto de estrellas. Hay cinco minutos de risas y alboroto mientras se estiran en la esterilla de palma de sus dormitorios y colocan la red que protege de los mosquitos. Cuando ya todo es silencio (mejor, sinfonía, pues sapos, lechuzas, grillos y otros animalillos aprovechan para hacerse oír...), comentamos entre nosotros el transcurso del día, valorando a veces el contraste entre esta vida y la europea..., repasamos las tareas del día siguiente y tal vez soñamos para el futuro... Al final, nos vamos también nosotros a descansar, mientras dejamos que los angelitos velen sobre la misión. B

 

Del DIARIO de P. Joaquín en Mozambique

Ese año, el comienzo de mi visita fraterna a la Misión coincidió con las vacaciones de los alumnos. Cuando los monos (“os macacos”) aprovechan de su ausencia para acercarse descaradamente a visitar la huerta...
Días después comenzaron a llegar, unos a pie, otros, los que están en la ciudad, con la barcaza La Chata.
Uno de esos días, al entrar en la sala de la casa de la comunidad, encontré sentado a la mesa, como es habitual, a un chico que conversaba amistosamente con los Padres. Me senté a su lado para escuchar y oí cómo les contaba su viaje, unos veinte kilómetros a pie y con la mochila al hombro... Estaba cansado, y les decía que había estado en la enfermería para que le curasen: en efecto, llevaba una venda en el brazo. A mí me sorprendió un poco que le doliera el brazo por el viaje: ¡deberían de dolerle los pies!
Pero, afortunadamente, me guardé para mí el comentario: al levantarse para despedirse, pude ver... que le faltaban las piernas y que caminaba sobre los muñones de las rodillas...
Cuando quedamos solos, los Padres me explicaron que, en los trayectos largos, se ve obligado a caminar sobre las manos.
Antonio, que así se llama este chico, es un joven valiente y alegre; será un gran hombre y podrá ser un buen colaborador, si le ofrecemos las posibilidades para formarse.
B

volver a página principal