SAN JERÓNIMO EMILIANI,

padre de los huérfanos                           Francisco M. FERNÁNDEZ, crs

 

    Para que te sitúes

    Un poco de historia

    Convertido a Dios y profundamente renovado por intercesión de María

    El imparable fuego de la caridad

    Padre de los huérfanos

    Id por todo el mundo'

    Los 'Servidores de los Pobres'

 

 

Para que te sitúes

Jerónimo -todo hay que decirlo- no es un nombre frecuente. Pero es nombre de héroes; estoy pensando -y puede que tú también- en el gran jefe indio defensor de las libertades de su pueblo, cuyas hazañas han llegado hasta nosotros por obra y gracia de las películas americanas... El ‘Jerónimo’ al que aquí nos referimos también es un héroe: ha dado su vida para que otros, los más débiles de la sociedad, los niños sin familia, tengan vida -libertad-, y una vida digna, sin tener que depender vergonzosamente de nadie. Y si el nombre no es frecuente, el apellido puede que te resulte totalmente desconocido: Emiliani o Miani. Es italiano, claro -el apellido, porque él es ya universal-: viene de ‘milium’, que en latín significa millo, mijo, maíz en definitiva; y es significativo que una sencilla espiga de humilde maíz sea precisamente el único adorno del escudo heráldico de los Emiliani: la vida del más preclaro hijo de este linaje, nuestro Jerónimo Emiliani, está en total consonancia con sus raíces, tanto que a lo largo de la historia se le ha comparado frecuentemente con otro Santo, modelo de sencillez evangélica, San Francisco de Asís, por la humildad y la pobreza de su vida.

Había nacido en Venecia, allá por el año 1486. Vivió en una de las épocas más ajetreadas de la historia de la Iglesia, la de la Reforma protestante y consiguiente Contrareforma católica, y es -aunque él nunca llegó a saberlo- prototipo del hombre del Renacimiento, pues cada una de las dos etapas bien diferenciadas de su vida -antes y después de la conversión- encarna sendos elementos que, por sí solos, han marcado definitivamente esa época de la historia: por un lado, la aparición de un renaciente paganismo, que llega a penetrar, y a invadir por contagio, hasta incluso importantes estamentos y miembros de la comunidad cristiana; por otro, el nacimiento y expansión, en el seno de esa misma comunidad, por pura convicción y a modo de reacción, de nuevas fuerzas que se proponen reformar desde dentro y por fuera la Iglesia, ‘viviendo -en expresión del propio Emiliani- el estado de santidad de los tiempos apostólicos’. Hombres y mujeres profundamente enamorados de la Iglesia -sacerdotes, religiosos o seglares, indistintamente- que, apoyados en una vida genuinamente cristiana, encuentran en la participación en los sacramentos la fuerza para transformar silenciosamente la sociedad en la que les ha tocado vivir, mediante la práctica de las obras de misericordia. Estamos, pues -¡nada menos!-, ante uno de los grandes santos de la Contrareforma Católica.

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Un poco de historia

Pero su verdadera vida -porque hasta ese momento nada o casi nada sabemos de él con precisión- empieza, para nosotros, con una espada en la mano, defendiendo una fortaleza de cierta importancia para su patria: el pequeño castillo de Quero, a las orillas del Piave -del que es gobernador-, paso obligado de personas y mercaderías hacia la ciudad de las góndolas para los que vienen del norte de Europa. Tiene ya veiticinco años.

Claro que, aunque apenas sabemos nada, podemos suponer que todo hasta entonces fue igual o muy parecido que para los otros chavales de su edad: cursaría los estudios correspondientes a la condición patricia de su familia, aunque resultó ser más un tipo práctico -un hombre de acción- que un intelectual; viviría -la vivió, sin duda- la vida todo cuanto pudiese, participando en fiestas y juergas, como cualquier otro joven; pero, sobre todo,  -de esto estamos seguros- fue alimentando en su corazón el deseo de sobresalir, de una brillante carrera, y todo tipo de sueños de gloria. Dice un amigo suyo muy amigo, que luego escribiría su vida, que era ‘persona de trato agradable, que gozaba de gran simpatía gracias a su innata cordialidad y benevolencia, pues era alegre, cortés y decidido’; claro que también dice que era ‘vigoroso y ágil y fácilmente irascible’: ¡un tipo de cuidado! La suya es una familia noble veneciana venida a menos económicamente -a los diez años se queda trágicamente sin padre, y es el menor de cuatro hermanos-, por lo que tiene que buscarse un hueco en la vida política del país no sólo para poder subsistir con dignidad, tal y como conviene al rango, sino también para poder alcanzar sus sueños más íntimos; por eso, con sólo veinte años, se pone tan pesado, que a su madre, Leonor Morosini, no le queda otro remedio que presentarlo contra su voluntad al sorteo de una plaza en el Consejo Mayor de Venecia: ¡es el primer peldaño hacia la soñada gloria! Pero los planes de Dios van por otros rumbos...

La suerte no le acompaña esta vez, por eso nos lo encontramos empuñando una espada: Venecia está en guerra contra varias potencias europeas, aliadas -la Liga de Cambrai- para frenar su poderío, que tratan de atacarla por el norte; la guarnición de la fortaleza que gobierna Jerónimo huye ante la aplastante superioridad del enemigo, y el propio gobernador tiene que acaudillar la defensa. El asalto se produce en la madrugada del 27 de agosto de 1511 y por la tarde, a pesar de los esfuerzos, Jerónimo es hecho prisionero y encerrado en los calabozos de su propio castillo, con cepos en pies y manos y una cadena con una pesada bola de mármol al cuello. ¡Menuda gloria!

Pasan los días y nadie da señales del más mínimo interés por aquel joven que dos días antes tenía un futuro prometedor y grandes proyectos de gloria, que ahora empiezan a derrumbarse entre aquellas cuatro sucias paredes. Su corta vida, sus recuerdos, se le agolpan en la mente; y por encima de todos ellos, su madre, Leonor: ella lo ha educado con muchísimo amor, tal vez con mayor esmero que a los otros, por ser el pequeño y haber tenido que hacer con él de padre y de madre; y le ha enseñado a rezar y a confiar en María, la madre de Jesús y nuestra madre del cielo. Aunque no le va a ser fácil acudir a ella... ¡es muy orgulloso, y no está acostumbrado a pedir! Pero cuando no hay perspectivas de futuro, cuando el mundo se te viene encima, ¿por qué no probar? No pierdes nada. Y prueba. Y se ve libre. Nunca se supo exactamente cómo, pero lo cierto es que él, Jerónimo, siempre atribuyó su liberación a una intervención especial y personal de la Santísima Virgen. Era el 27 de septiembre de 1511.

 

Convertido a Dios y profundamente renovado  por intercesión de María

Claro que las cosas no acaban aquí. Hay un Jerónimo antes del 27 de septiembre de 1511 y otro -el que nos interesa- después. La liberación ha sido para él un encuentro personal con Dios a través de María; y Dios siempre deja huella.

Al finalizar la guerra, en 1516, Jerónimo recupera su cargo de gobernador de Quero: la soledad del lugar facilita la interiorización de cuanto allí mismo le ha acontecido, y ésta lo lleva a la conclusión de que tal vez no valga la pena luchar por aquello que él tanto ha deseado. En 1527 termina su compromiso con la República como gobernador de Quero y regresa a Venecia; y poco a poco da un giro radical y decidido a su vida, cambiando de amistades, recuperando las prácticas religiosas, leyendo y meditando la Palabra de Dios y poniéndose bajo la dirección de un sacerdote ejemplar, que lo guía y aconseja sabiamente. Dice ese amigo suyo muy amigo que ‘la dedicación que hasta entonces había prestado a los asuntos de la República, la volcó en la reforma de su alma y en deseos de la patria celestial’.

El cambio es real. Mira: un día, mientras trata en la plaza de San Marcos con un hombre asuntos relacionados con los intereses de sus sobrinos -de los que se había hecho cargo a la muerte de sus hermanos-, aquel, que se siente contrariado porque la razón está de parte de Jerónimo, le suelta a bocajarro que le va a arrancar uno a uno los pelos de la barba. Jerónimo, muy tranquilo, le ofrece la cara y le dice: ‘Amigo, si así lo quiere Dios, aquí me tienes’. Los presentes no dan crédito a cuanto han oído, y comentan entre ellos: ‘¡Si esto hubiese pasado hace un par de años, lo hubiese despellejado vivo!’.

Decididamente ha optado por Cristo: ‘Quien quiera venir en pos de mi, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga’. Este es su lema: imitar en todo a Cristo crucificado. Y a medida que el deseo de Dios se va posesionando de su alma, le urge cada vez más la necesidad de hacer el bien, hasta el punto que ‘nada le duele más que dejar pasar una sola hora sin haber hecho alguna cosa buena’.

 

El imparable fuego de la caridad

En 1928 Italia entera se ve invadida de una grandísima hambruna que lleva la muerte a millares de personas, incluso a familias enteras. La gente del interior, oyendo que Venecia goza de mayores recursos, acude en masa hasta allí, invadiendo la ciudad con sus gritos lastimeros y agonizantes. Sobre todo hay niños, montones de niños desnutridos vagando por las calles que, en el mejor de los casos, roban lo que pueden para subsistir; y en el peor, mueren de hambre en la misma calle. Y como el poder público no hace absolutamente nada para aliviar esta situación, una pandilla de hombres y mujeres piadosos, animados por razones de fe, se lanzan a socorrerlos. Entre ellos sobresale por su ardor Jerónimo Emiliani. '...En muy pocos días gastó todo el dinero que tenía; llegó a vender ropas, alfombras, muebles y demás enseres de la casa, invirtiendo lo recaudado en esta piadosa y santa obra. A unos les daba de comer, a otros los vestía, a otros los recogía en su casa, a otros los animaba a tener paciencia y a aceptar, resignados y por amor a Dios, la muerte...'

Y tras la carestía, la peste, claro. Los políticos, una vez más, nada de nada. El temperamento fogoso de Jerónimo, pero sobre todo su ardiente caridad, no necesita más: por el día asiste y alivia en lo que puede a los contagiados; por las noches, recorre de cabo a rabo la ciudad ‘y ayuda con todas sus fuerzas a cuantos están enfermos y aún con vida; y los cuerpos de los muertos que a veces se encuentran por las calles, los carga a hombros y, a escondidas, tratando de pasar desapercibido, los lleva a los cementerios’. Aunque las cosas no son fáciles ni para los santos: y también él -¿cómo no?- contrae la peste, que le lleva en pocos días a las últimas. Con impresionante resignación acepta la voluntad de Dios en ello y se prepara cristianamente a bien morir, causando a su alrededor un gran impacto por la fe con que acepta la dura prueba. Que es sólo una prueba. Y da la talla: cuando ya nadie cuenta con él, improvisamente mejora, y en pocos días vuelve, con renovado ardor, a cuidar a los apestados.

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Padre de los huérfanos

Pero los niños que vagan, solos o en pandilla, por la ciudad han conquistado ya su corazón. Y tras la peste hay más. La guerra primero, el hambre y la peste después, los ha privado del apoyo de su familia y andan desorientados, con el riesgo de caer -cuando no han caído ya- en la delincuencia. ¡Hay que hacer algo y pronto!

La relación con gente de Iglesia muy importante -San Cayetano Thiene y el Obispo Carafa, su confesor, que luego sería Papa Pablo IV, entre otros- es trascendental en su vida y le ayuda a descubrir la voluntad de Dios con respecto al futuro: a los niños y a los pobres se lo ha dado ya todo; dejará su casa y su familia para formar una nueva familia con ellos: ellos necesitan un padre y él puede ser, quiere ser ese padre que se preocupe de que todos tengan lo que la falta de padres naturales les ha quitado. Y dicho y hecho: el 6 de febrero de 1531 deja definitivamente la casa paterna, cambia su ropa de noble por un tosco sayal y unas botas viejas y se va a vivir a San Roque, a un bajo alquilado, con un grupo de unos treinta chiquillos de la calle. Acaba de descubrir su verdadera vocación y responde a ella enseguida, con toda generosidad.

A partir de este momento, el hombre de acción que lleva dentro se pone a trabajar: a los chavales hay que sacarlos adelante. Cristiano de a pie que ha experimentado en su propia vida la paternidad amorosa de Dios, quiere trasmitir a toda costa esa experiencia suya a sus hijos. Y lo hace impartiéndoles, junto a una instrucción básica, una verdadera formación cristiana cimentada en el conocimiento y estudio del Evangelio y las verdades de la fe, la práctica de la oración y los sacramentos y -¿cómo no?- una tierna devoción a la Santísima Virgen. Y como también se vive de pan, hay que dotarlos de medios materiales: por eso contrata artesanos que ejerzan de maestros de taller -adelantándose así a las escuelas de artes y oficios- para que les enseñen, a él y a los chicos, distintos oficios con que ganarse la vida. Su lema, ‘trabajo, caridad y piedad’. Su objetivo, llevar al hombre a Dios, promocionando su condición material y espiritual y enriqueciéndolo con aquellas virtudes propias de su vocación y de sus aptitudes. Su estilo, participativo y responsable, orientado a que cada uno asuma las riendas de su propia vida y no sea un parásito social. ¡Todo un proyecto! Su amigo nos describe, en sus recuerdos, uno que resulta ser el más valioso documento de la nueva vida de Jerónimo: ‘...Y me enseñaba los trabajos realizados con sus propias manos; y los distintos grupos de chiquillos, y las habilidades de cada uno; y señalando cuatro de ellos, cuya edad no pasaría de los ocho años, me decía: éstos rezan conmigo, son muy espirituales y reciben grandes favores del Señor; aquellos leen y escriben estupendamente, y esos otros, trabajan; aquél es muy obrediente, éste es muy callado. Y ésos son sus maestros, y aquél, el Padre que los confiesa...’

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“Id por todo el mundo...”

De igual modo que no pueden ponerse diques al mar ni barreras al viento, lo mismo ocurre con el corazón de los santos: su amor no conoce fronteras. Y también en esto Jerónimo rompe moldes: no deja Venecia, como pudiera parecer, por un ansia natural de expansión de su obra, sin más; lo hace por pura obediencia a su confesor, a quien el obispo de Bérgamo -que quiere organizar las instituciones caritativas de su diócesis y considera que Emiliani es la persona más adecuada- le ha pedido, machaconamente, por cierto, que se lo mande. Y como él es hijo de la Iglesia -ésta es otra característica esencial de su santidad-, allá por la primavera de 1532 deja Venecia ‘sin cosa alguna de este mundo’, a pie, claro, y hospedándose en hospitales, ‘el sitio por él preferido para alojarse’ porque allí se hospedan los pobres. De camino por Verona organiza, también a requerimiento del obispo, el hospital, dando preferencia a los niños en él alojados, y prepara a seglares para que se responsabilicen de su cuidado. También su paso por Brescia deja una profunda huella; pero la meta es Bérgamo, el territorio más pobre y devastado de la República de Venecia.

E inmediatamente pone manos a la obra, con la ayuda del obispo y de otras personas de bien. Su labor consiste en organizar los hospitales de la ciudad y comarca al estilo de cómo lo ha hecho en Incurables y Bersaglio de Venecia, dando un trato preferencial al reparto que acoge a los niños de la calle. De éstos se encarga él personalmente; los forma en las verdades de la fe y cuando están a punto, recorre con ellos la campaña y los pueblecitos del entorno, ‘exhortando a sus habitantes a volver a la vida de piedad que se expone en el Santo Evangelio’. Con los chiquillos alineados de a dos y precedidos por la cruz, va por los pueblos y aldeas rezando y cantando letanías, de tal manera que atrae la atención de cuantos trabajan en el campo; además, ayudan en el trabajo de siembra o recogida de la mies, sin pedir nada a cambio. Luego, en los descansos, unas veces es el Padre -ya todos le llaman así- quien catequiza a los campesinos en las verdades de la fe, y otras, los mismos niños-catequistas, preparados por Jerónimo y sus colaboradores, exhiben sus conocimientos en amistosa competición, preguntando y respondiendo -así nace el estilo de los catecismos que todos conocemos, otra de sus genialidades- sobre temas fundamentales de la fe católica, con gran provecho para quienes los escuchan.

Bérgamo se convierte en cuartel general desde donde despega, en unión con sus chavales, una intensa tarea evangelizadora y de inculturación religiosa, a modo de misiones populares, para contribuir al bloqueo de la herejía protestante que tanto daño estaba haciendo por entonces a la Iglesia. “Dulce Padre nuestro... te rogamos por tu infinita bondad que devuelvas a todo el pueblo cristiano al estado de santidad que tuvo en tiempos de tus apóstoles”. Así reza él y así hace rezar a sus hermanos y a sus hijos. La santidad de la Iglesia, su amor por la Iglesia, a la que siente como Madre, es el motor de su obra de caridad: la reforma del pueblo cristiano, de la sociedad, comenzando por los más pequeños, los niños, combatiendo por todos los medios la ignoracia flagrante tanto del clero como del pueblo, es su obsesión.

Precisamente por amor a la Iglesia, porque siente que la obra es de Dios, el obispo de Bérgamo lo anima a que se abra con su actividad a otras ciudades, a otras necesidades, a otras gentes. En Bérgamo, igual que en Venecia, se le han unido algunos hombres, sacerdotes y seglares que, atraídos por el resplandor que destella su persona, quieren vivir en fraternidad con él, entregados a Dios al servicio de los pobres. A ellos, pues, encomienda las obras de la ciudad y de la comarca, y un día del mes de noviembre de 1533, acompañado de un grupo de treinta y cinco chiquillos, echa de nuevo a andar, cruza el Adda y se dirige a la industriosa Milán, en un viaje que resultará accidentado. Nada más cruzar el río, se da cuenta de que algunos de los chiquillos tienen fiebre; él mismo se siente atacado por frecuentes espasmos de tos y una fuerte calentura, que va en aumento y le obliga a detenerse en un viejo caserón abandonado al borde del camino. La escena es fácil de imaginar. Mientras un grupo de asustados chavales, sin saber qué hacer, permanece junto al Padre, que tirita de fiebre acostado sobre un poco de paja, y a varios de sus compañeros también enfermos, dos o tres están alerta fuera, pidiendo a Dios con todas sus fuerzas que pase pronto alguien que pueda socorrerlos. Y hete aquí que pasa a caballo un hombre en dirección a Milán, que se detiene ante los insistentes aspavientos de los muchachos para llamar su atención. Le explican y entra; y resulta ser un antiguo conocido de Jerónimo, por lo que le ofrece llevarlo inmediatamente en su cabalgadura a una casa que tiene no muy lejos de allí. A él sólo, eso sí. Jerónimo, a pesar de la fiebre, reacciona rápido -¡su decisión iba en serio!- ante un ofrecimiento así: ‘Hermano, Dios os pague vuestra caridad; pero de ninguna manera puedo yo dejar solos a estos pequeños: ¡quiero vivir y morir con ellos!’ El conocido, que no puede aceptar aquella condición, refiere a su llegada a Milán al Duque Francisco Sforza lo acontecido y éste envía rápidamente el auxilio oportuno para que los trasladen de inmediato a la ciudad.

Una vez repuesto, se dispone a realizar en Milán las Obras de Cristo. La ciudad presenta un aspecto aterrador como consecuencia de las catástrofes que acaba de padecer: guerras, saqueos, epidemias, carestía, peste y todo tipo de enfermedades. Pero no todo va a ser malo: hay ya grupos organizados de ciudadanos que asisten generosamente a los necesitados; Jerónimo aporta su especialidad, el cuidado de los huérfanos: los recoge y los lava, les da de comer y cura sus heridas como medida de choque, para después empezar con la instrucción religiosa y el aprendizaje de la lectura y la escritura o la iniciación a un trabajo, de acuerdo con las aptitudes de cada uno. Abre para ellos una institución, los 'Martinitt', aún hoy archiconocida y querida en Milán, porque continua acogiendo bajo su techo a menores en situación de desamparo. Y se ocupa, también -¿cómo no?-, de las niñas, igual que había hecho en Bérgamo y en Verona, y hará más adelante en Como, Brescia, Pavía y otras ciudades del norte de Italia. Para su cuidado se ofrecen, atraídas por su gancho, grupos de señoras, en muchos casos de la nobleza, que cuentan con el apoyo espiritual de los sacerdotes compañeros del Santo y el económico y de gestión de los cofrades -seglares comprometidos- de las Compañías de Huérfanos que se iban formando para respaldar cada una de las obras.

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 Los 'Servidores de los pobres'

Desde Milán hace algunas escapadas a Pavía y a Como para fundar allí nuevas obras de caridad, de tal manera que más parece un ciclón que un hombre. Igual que ya había pasado anteriormente, también en estas ciudades arrastra con su ejemplo a muchos -religiosos y seglares- que quieren servir a Cristo en los pobres de aquella misma manera. Y como el número de colaboradores aumenta de forma clamorosa, él -que ni remotamente se lo había planteado, pero se deja guiar por el Espíritu- se ve en la necesidad de dar una organización al grupo, que adopta el nombre -¡más que un nombre es un programa!- de ‘Compañía de los Servidores de los Pobres’, a la que Pablo III aprobará en 1540 y, más tarde, Pío V elevará a la categoría de Orden Religiosa con el nombre de Orden de los Clérigos Regulares de Somasca o Padres Somascos.

Somasca es una pequeñísima aldea preciosa del norte de Italia, en una punta del lago de Como, equidistante de Bérgamo, Milán y Como. Hasta allí llega San Jerónimo, buscando un lugar de paz para su Compañía. Es el lugar ideal para seguir ejerciendo el servicio de la caridad en el valle de San Martín, al que pertenece, y para dedicarse a la contemplación en soledad, pues no llega a los cien habitantes. En las afueras de la aldea hay un viejo castillo abandonado, en lo alto de un promontorio rocoso, desde donde se contempla una magnífica vista sobre el lago. Y a media altura, una pequeña explanada, la ‘Valletta’, perfecta para albergar a los huérfanos. Aquí abre una escuela de gramática y una especie de seminario para la recién nacida Compañía, donde alternan los estudios con las labores agrícolas y el trabajo de encuadernación y torno. Pretende que Somasca sea el corazón de la Compañía, como un refugio para sus colaboradores cada vez que se sientan cansados y desbordados por la actividad. Incluso él mismo está necesitando ese recogimiento. ¡Hay que cargar las pilas!; por eso, bajo el saliente de la roca, se reserva un lugar apartado, para retirarse por la noche en oración y penitencia ante Cristo Crucificado, su Maestro, durmiendo apenas unas horas, tirado en el suelo, con una piedra por almohada. De no ser así, toda aquella actividad sería imposible. Brotan entonces de lo más hondo de su corazón algunas jaculatorias -pocas nos han llegado, pero muy jugosas- que compendian lo fundamental de su relación amorosa con Dios, Padre bueno: “¡Dulcísimo Jesús: no seas mi juez, sino mi Salvador!” “Señor, ayúdame. ¡Ayúdame, Señor, que quiero ser tuyo!" Son pistas de la fuerza contemplativa que cada vez más anima la vida de Jerónimo.

Alguna vez habrás visto una vela cuando está a punto de acabársele la cera: la fuerza de luz que irradia de ella es, parece, mayor, más intensa, más concentrada, como si quisiera negarse a desaparecer. Eso mismo le está empezando a pasar a Jerónimo cuando recala en Somasca. Como si notara que la vida se le va acabando, multiplica, a un tiempo, la actividad y la contemplación. En 1535 tiene que regresar a Venecia, reclamado por su confesor, porque las obras han crecido desmesuradamente y se necesita su consejo para restructurarlas. 'Era impresionante ver a aquel hombre en hábito de mendigo pero con alma de noble, de ademanes castos, circunspectos y prudentes, que a cuantos lo contemplaban les parecía una deliciosa sinfonía de virtudes... Estuvimos juntos varias veces, y me colmó de cristiana esperanza y de muchos y santos recuerdos que todavía resuenan en mi alma...' De regreso a Lombardía, como si de una maratón se tratara, pasa por Vicenza, Verona, Brescia y Bérgamo, visitando las obras, confortando a los hermanos, gozando con los chavales, orientando a los colaboradores, llevando a todos, en resumen, una bocanada de aire fresco con la palabra y la presencia del Padre. Las dificultades no faltan, pues el estilo de vida que se han impuesto es muy austero y requiere una gran confianza en la Providencia; por eso ahí está él para confirmarlos: ‘...Si en vosotros encuentra fe sincera y esperanza, hará con vosotros cosas grandes, pues Él exalta a los humildes... Si perseveráis en medio de la tentación, Dios os consolará en este mundo..., os dará paz y descanso en este mundo, temporalmente, y luego, en el otro, para siempre’. Y él no habla de oídas.

Alguien lo han llamado ‘vagabundo de Dios’. Creo que le va mejor ‘peregrino de la caridad’. Aún tiene tiempo de volver a Pavía para una nueva fundación y a Brescia para un capítulo de la naciente Compañía: hay que revisar el funcionamiento de la vida en las instituciones y unificar criterios, concretar las condiciones que deben reunir los aspirantes y su proceso de formación, acordar y redactar las bases de la vida común... ‘Es que no saben que se han ofrecido a Cristo, que están en su casa y comen de su pan y se hacen llamar Servidores de los pobres de Cristo? ¿Cómo, pues quieren cumplir cuanto han prometido, sin caridad ni humildad de corazón, sin soportar al prójimo, sin buscar la salvación del pecador y rezar por él, sin mortificación... sin obediencia y sin respeto por la buenas usanzas acordadas?’ Así compendia él mismo, en su última carta, el camino ascético que debe recorrer el Servidor de los Pobres.

Y en medio de todo este trajín, la obediencia lo pone otra vez a prueba: le llega en esos días desde Roma una carta de su confesor, el cardenal Carafa, pidiéndole que vaya a fundar allá las mismas obras de Cristo que ha fundado en el norte. A sus hermanos, un simple comentario lacónico: 'Me invitan a un tiempo a Roma y al cielo; creo que me iré a Cristo'.

A finales de 1536 se propaga por todo el Valle de San Martín una enfermedad infectocontagiosa poco conocida que causa estragos entre la población. Y, naturalmente, también entre los huérfanos y los propios Servidores de la Compañía. Todos se multiplican en los cuidados y atenciones, arrastrados por el ardor del Padre. Pero hay poco que hacer. Él mismo se contagia. Comido por la fiebre, tarda aún varios días en ceder ante tanta necesidad; el 4 de febrero de 1537 ya no puede más, no tiene fuerzas ni para subir a la Valletta: unos amigos de Somasca le ceden una habitación en su casa de la aldea y allí, en un camastro prestado de una habitación prestada, cae rendido por el mal. Antes, con una teja, traza con trazos firmes una gran cruz en la pared de enfrente, para poder contemplarla en la agonía. Manda bajar a sus huérfanos para despedirse de ellos y, aunque sin fuerzas, en un supremo gesto de amor, les lava uno a uno los pies -¿te suena?-. A los amigos del pueblo les recomienda que no ofendan a Dios con malas costumbres y blasfemias: él, a cambio, intercederá desde el cielo para que el granizo no estropee sus cosechas. A sus hermanos, el testamento: 'Seguid a Cristo crucificado; amaos los unos a los otros; servid a los pobres'.

Está despuntando el domingo, 8 de febrero de 1537.

Su fiesta litúrgica se celebra, precisamente, el 8 de febrero de cada año.

Fue beatificado en 1747 y canonizado en 1767. Y en 1928, Pío XI lo declaró ‘Patrono universal de los huérfanos y de la juventud abandonada’, reconociendo así el mérito a la originalidad de una obra prestada a la Iglesia y a la humanidad en beneficio de la niñez y de la juventud marginada.

Esta obra sigue viva en sus hijos, los Padres Somascos, herederos espirituales de la Compañía de los Servidores de los pobres, en otras familias religiosas, masculinas y femeninas, extendidas por todo el mundo, y en muchísimos hombres y mujeres que, seglares como él, se inspiran en la espiritualidad de San Jerónimo Emiliani para vivir el seguimiento de Cristo, pobre y abandonado, mediante el ejercicio de las obras de misericordia.

pfrancisco@somascos.org

    

(Jerónimo Emiliani, padre de huérfanos * Santos y Santas - 27 * Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 1998)

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