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La XX Jornada Mundial de la
Juventud ha marcado el traspaso de las consignas
entre Juan Pablo II y Benedicto XVI. Existía mucha
curiosidad en ser testigos de este traspaso, más
allá de las diferencias entre las dos personas.
La JMJ es de por si un momento de Dios, especial,
que llega a los más hondo del alma de quien
participa en ella. La multitud multicolor e
internacional, las catequesis, los inconvenientes,
el poco sueño, el gentío, el tener que compartir
tiempos y espacios, el encuentro con el sucesor de
Pedro constituyen una mezcla explosiva del
Espíritu que ha "obligado", a quien también este
año ha participado, a ponerse delante de Dios.
Nosotros también, Jóvenes
Somascos, estábamos allí. 101 jóvenes, para ser
exactos: un pequeño grupo compuesto por jóvenes de
Puglia, Cerdeña, Liguria, Piamonte, Lombardía y de
España.
Uno de los objetivos de la
participación a la XX JMJ como Jóvenes Somascos
era explícitamente el de descubrir el sentido de
la pertenencia a la familia de Jerónimo en la
forma más eclesial posible: sentir las propias
raíces, pero dentro del gran jardín de la Iglesia.
Semejante proyecto podía
presentarse al comienzo más bien como un piadoso
deseo. En efecto las 101 personas que se dieron
cita en Magenta el 14 de agosto de 2005 para salir
juntos hacia Colonia aparentaban ser tan
diferentes y congeniaban tan bien entre los
componentes de cada grupo según el lugar de
procedencia, que parecía muy difícil poder lograr
el "objetivo". Y sin embargo Dios silenciosamente
ha obrado en el corazón de cada uno, día tras día,
superando los graves inconvenientes de la
desorganización del mismo acontecimiento por parte
alemana, superando las diferencias y las
incomprensiones entre los miembros del grupo así
como las desilusiones y las expectativas de
algunos. La Vigilia y la Misa con Benedicto XVI
completó el trabajo en las almas.
Hasta Somasca, lugar elegido
para terminar el peregrinaje, y que se ha
transformado en la cumbre de la experiencia
espiritual. La acogida en la Casa Madre, aunque
sólo fuera por la ducha caliente y un buen
desayuno, lograron que cada cual se sintiera como
en casa. A continuación la Misa presidida por el
P. Franco Moscone, Vicario General, puso el toque
definitivo. Varios participantes relataron luego
que exactamente en esa Misa, especialmente en el
momento de la Paz, se descubrieron hermanos, de la
misma familia de Jerónimo. De esta manera las
impresiones y experiencias compartidas en la
Iglesia de la Beata Cittadini han sido una
manifestación de la vida y de la luz de Dios, que
silenciosamente habían penetrado en las personas
durante aquellos días. Al final un deseo por todos
compartido: volver a encontrarse los Jóvenes
Somascos sin tener que esperar hasta Sidney 2008.
Todo esto con el agradecimiento
a Juan Pablo II. Algunos habían rezado delante de
su tumba, para confiarle el acontecimiento y la
experiencia de los Jóvenes Somascos. La Bendición
que él nos había asegurado en su carta antes de
morir, ha vuelto /h/a ser impartida desde la
"ventana del Cielo", y nosotros hemos sentido los
efectos... En el Cielo, gracias Juan Pablo; en la
tierra, gracias Benedicto XVI por el maravilloso
milagro de esta XX JMJ. |