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MENSAJE DEL SANTO
PADRE
JUAN PABLO II
A LOS JÓVENES DEL MUNDO CON OCASIÓN
DE LA XX JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD 2005
"Hemos venido a adorarle" (Mt 2,2)
(6
AGOSTO 2004)
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Queridísimos jóvenes:
1. Este año hemos celebrado la
XIX
Jornada Mundial de la Juventud meditando sobre el deseo
expresado por algunos griegos que con motivo de la Pascua llegaron a
Jerusalén: "Queremos ver a Jesús" (Jn 12,21). Y ahora
nos encontramos en camino hacia Colonia, donde en agosto de 2005
tendrá lugar la
XX
Jornada Mundial de la Juventud.
"Hemos venido a adorarle" (Mt 2,2):
este es el tema del próximo encuentro mundial juvenil. Es un tema
que permite a los jóvenes de cada continente recorrer idealmente el
itinerario de los Reyes Magos, cuyas reliquias se veneran según una
pía tradición precisamente en aquella ciudad, y encontrar, como
ellos, al Mesías de todas las naciones.
En verdad, la luz de Cristo ya iluminaba la
inteligencia y el corazón de los Reyes Magos. "Se pusieron en
camino" (Mt 2,9), cuenta el evangelista, lanzándose con
coraje por caminos desconocidos y emprendiendo un largo viaje nada
fácil. No dudaron en dejar todo para seguir la estrella que habían
visto salir en el Oriente (cfr. Mt 2,2). Imitando a los Reyes
Magos, también vosotros, queridos jóvenes, os disponéis a emprender
un "viaje" desde todas las partes del globo hacia Colonia. Es
importante que os preocupéis no sólo de la organización práctica de
la Jornada Mundial de la Juventud, sino que cuidéis en primer lugar
la preparación espiritual en una atmósfera de fe y de escucha de la
Palabra de Dios.
2. "Y la estrella ... iba delante de ellos, hasta
que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño" (Mt
2,9). Los Reyes Magos llegaron a Belén porque se dejaron guiar
dócilmente por la estrella. Más aún, "al ver la estrella se
llenaron de inmensa alegría" (Mt 2,10). Es importante,
queridos amigos, aprender a escrutar los signos con los que
Dios nos llama y nos guía. Cuando se es consciente de ser guiado por
Él, el corazón experimenta una auténtica y profunda alegría
acompañada de un vivo deseo de encontrarlo y de un esfuerzo
perseverante de seguirlo dócilmente.
"Entraron en la casa, vieron al niño con María su
madre" (Mt 2,11). Nada de extraordinario a simple vista.
Sin embargo, aquel Niño es diferente a los demás: es el Hijo
primogénito de Dios que se despojó de su gloria (cfr. Fil
2,7) y vino a la tierra para morir en la Cruz. Descendió entre
nosotros y se hizo pobre para revelarnos la gloria divina que
contemplaremos plenamente en el Cielo, nuestra patria celestial.
¿Quién
podría haber inventado un signo de amor más grande? Permanecemos
extasiados ante el misterio de un Dios que se humilla para
asumir nuestra condición humana hasta inmolarse por nosotros en la
cruz (cfr. Fil 2,6-8). En su pobreza, vino para
ofrecer la salvación a los pecadores. Aquel que - como nos recuerda
san Pablo - "siendo rico, se hizo pobre por amor nuestro, para
que vosotros fueseis ricos por su pobreza" (2Cor 8,9).
¿Cómo
no dar gracias a Dios por tanta bondad condescendiente?
3. Los Reyes Magos encontraron a Jesús en "Bêt-lehem",
que significa "casa del pan". En la humilde cueva de Belén
yace, sobre un poco de paja, el "grano de trigo" que muriendo
dará "mucho fruto" (cfr. Jn 12,24). Para hablar de sí
mismo y de su misión salvífica, Jesús, en el curso de su vida
pública, recurrirá a la imagen del pan. Dirá: "Yo soy el pan de
vida", "Yo soy el pan que bajó del cielo", "El pan que
yo le daré es mi carne, vida del mundo" (Jn 6,35.41.51).
Recorriendo con fe el itinerario del Redentor desde
la pobreza del Pesebre hasta el abandono de la Cruz,
comprendemos mejor el misterio de su amor que redime a la humanidad.
El Niño, colocado suavemente en el pesebre por María, es el
Hombre-Dios que veremos clavado en la Cruz. El mismo Redentor está
presente en el sacramento de la Eucaristía. En el establo de
Belén se dejó adorar, bajo la pobre apariencia de un neonato,
por María, José y los pastores; en la Hostia consagrada lo
adoramos sacramentalmente presente en cuerpo, sangre, alma y
divinidad, y Él se ofrece a nosotros como alimento de vida eterna.
La santa Misa se convierte ahora en un verdadero encuentro de
amor con Aquel que se nos ha dado enteramente. No dudéis, queridos
jóvenes, en responderle cuando os invita "al banquete de bodas
del Cordero" (cfr. Ap 19,9). Escuchadlo, preparaos
adecuadamente y acercaos al Sacramento del Altar, especialmente en
este Año de la Eucaristía (octubre 2004-2005) que he querido
declarar para toda la Iglesia.
4. "Y postrándose le adoraron" (Mt
2,11). Si en el Niño que María estrecha entre sus brazos los Reyes
Magos reconocen y adoran al esperado de las gentes anunciado por los
profetas, nosotros podemos adorarlo hoy en la Eucaristía y
reconocerlo como nuestro Creador, único Señor y Salvador.
"Abrieron sus cofres y le ofrecieron dones de
oro, incienso y mirra" (Mt 2,11). Los dones que los Reyes
Magos ofrecen al Mesías simbolizan la verdadera adoración. Por medio
del oro subrayan la divinidad real; con el incienso lo reconocen
como sacerdote de la nueva Alianza; al ofrecerle la mirra celebran
al profeta que derramará la propia sangre para reconciliar la
humanidad con el Padre.
Queridos jóvenes, ofreced también vosotros al Señor
el oro de vuestra existencia, o sea la libertad de seguirlo
por amor respondiendo fielmente a su llamada; elevad hacia Él el
incienso de vuestra oración ardiente, para alabanza de su
gloria; ofrecedle la mirra, es decir el afecto lleno de gratitud
hacia Él, verdadero Hombre, que nos ha amado hasta morir como un
malhechor en el Gólgota.
5. ¡Sed
adoradores del único y verdadero Dios, reconociéndole el primer
puesto en vuestra existencia! La idolatría es una tentación
constante del hombre. Desgraciadamente hay gente que busca la
solución de los problemas en prácticas religiosas incompatibles
con la fe cristiana. Es fuerte el impulso de creer en los falsos
mitos del éxito y del poder; es peligroso abrazar conceptos
evanescentes de lo sagrado que presentan a Dios bajo la forma de
energía cósmica, o de otras maneras no concordes con la doctrina
católica.
¡Jóvenes,
no creáis en falaces ilusiones y modas efímeras que no
pocas veces dejan un trágico vacío espiritual! Rechazad las
seducciones del dinero, del consumismo y de la violencia
solapada que a veces ejercen los medios de comunicación.
La adoración del Dios verdadero constituye un
auténtico acto de resistencia contra toda forma de idolatría.
Adorad a Cristo: Él es la Roca sobre la que construir vuestro futuro
y un mundo más justo y solidario. Jesús es el Príncipe de la paz,
la fuente del perdón y de la reconciliación, que puede hacer
hermanos a todos los miembros de la familia humana.
6. "Se retiraron a su país por otro camino" (Mt
2,12). El Evangelio precisa que, después de haber encontrado a
Cristo, los Reyes Magos regresaron a su país "por otro camino". Tal
cambio de ruta puede simbolizar la conversión a la que están
llamados los que encuentran a Jesús para convertirse en los
verdaderos adoradores que Él desea (cfr. Jn 4,23-24). Esto
conlleva la imitación de su modo de actuar transformándose, como
escribe el apóstol Pablo, en una "hostia viva, santa, grata a
Dios". Añade después el apóstol de no conformarse a la
mentalidad de este siglo, sino de transformarse por la renovación de
la mente, "para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios,
buena, grata y perfecta" (cfr. Rom 12,1-2).
Escuchar a Cristo y adorarlo lleva a hacer
elecciones valerosas, a tomar decisiones a veces heroicas. Jesús
es exigente porque quiere nuestra auténtica felicidad. Llama a
algunos a dejar todo para que le sigan en la vida sacerdotal o
consagrada. Quien advierte esta invitación no tenga miedo de
responderle "sí" y le siga generosamente. Pero más allá de las
vocaciones de especial consagración, está la vocación propia de todo
bautizado: también es esta una vocación a aquel "alto grado" de la
vida cristiana ordinaria que se expresa en la santidad (cfr.
Novo millennio ineunte, 31). Cuando se encuentra a Jesús y
se acoge su Evangelio, la vida cambia y uno es empujado a comunicar
a los demás la propia experiencia.
Son tantos nuestros compañeros que todavía no
conocen el amor de Dios, o buscan llenarse el corazón con sucedáneos
insignificantes. Por lo tanto, es urgente ser testigos del amor
contemplado en Cristo. La invitación a participar en la Jornada
Mundial de la Juventud es también para vosotros, queridos amigos que
no estáis bautizados o que no os identificáis con la Iglesia.
¿No
será que también vosotros tenéis sed del Absoluto y estáis en la
búsqueda de "algo" que dé significado a vuestra existencia? Dirigíos
a Cristo y no seréis defraudados.
7. Queridos jóvenes, la Iglesia necesita auténticos
testigos para la nueva evangelización: hombres y mujeres cuya vida
haya sido transformada por el encuentro con Jesús; hombres y mujeres
capaces de comunicar esta experiencia a los demás. La Iglesia
necesita santos. Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los
santos pueden renovar la humanidad. En este camino de heroísmo
evangélico nos han precedido tantos, y es a su intercesión a la que
os exhorto recurrir a menudo. Al encontraros en Colonia, aprenderéis
a conocer mejor a algunos de ellos, como a san Bonifacio, el
apóstol de Alemania, a los Santos de Colonia, en particular a
Úrsula, Alberto Magno, Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) y
al beato Adolfo Kolping. Entre éstos quisiera citar en modo
particular a san Alberto y a santa Teresa Benedicta de la Cruz
que, con la misma actitud interior de los Reyes Magos, buscaron la
verdad apasionadamente. No dudaron en poner sus capacidades
intelectuales al servicio de la fe, testimoniando así que la fe y la
razón están ligadas y se atraen recíprocamente.
Queridísimos jóvenes encaminados idealmente hacia
Colonia, el Papa os acompaña con su oración. Que María, "mujer
eucarística" y Madre de la Sabiduría, os ayude en vuestro caminar,
ilumine vuestras decisiones y os enseñe a amar lo que es verdadero,
bueno y bello. Que Ella os conduzca a su Hijo, el único que puede
satisfacer las esperanzas más íntimas de la inteligencia y del
corazón del hombre.
¡Con mi
bendición!
Desde Castel Gandolfo, 6 de agosto de 2004
JUAN PABLO II
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