
Había caído improvisamente, blanda y abundante, pero no cuajó.
El espléndido sol de aquellas primeras semanas de diciembre derritió
rápidamente la nieve, permitiendo restablecer los contactos con el
pueblo y completar los preparativos para pasar el invierno.
Se acercaba la Navidad. Pensé que era mi deber ir a Bérgamo para saludar
y felicitar a Monseñor, confiando a sus cuidados la obra que acababa de
iniciar en su diócesis. Aquella (aunque no estaba seguro del todo) podía
ser mi última Navidad.
El buen tiempo me permitía ir y volver rápidamente.
Lippomano estaba ausente. Me recibiría el Vicario General. Aquel querido
amigo de Feltre, Guillermi, se había quedado en estos años, siempre en
segundo lugar, pero yo sabía que se había preocupado en favorecernos en
todas las maneras. Al verme demacrado y más blanco que nunca, se quedó
preocupado. Su impresión aumentó cuando me arrodillé a sus pies, pidiendo la
absolución por mis pecados. En nombre de Dios me los perdonó
todos. Nos abrazamos como hermanos. Al despedirnos me atreví añadir:
¡Te encomiendo la fe en Cristo!
Un saludo y felicitaciones también en las casas de los huérfanos, huérfanas y
mujeres convertidas. Nadie más sabía de mi presencia. Prefería retirarme
de puntillas. Algo me empujaba a marcharme enseguida.
Tenía que darme prisa.
(continúa)
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