S. Jerónimo

No hay ocaso para el amor.  1 (texto de Lorenzo Netto)

Había caído improvisamente, blanda y abundante, pero no cuajó.
El espléndido sol de aquellas primeras semanas de diciembre derritió rápidamente la nieve, permitiendo restablecer los contactos con el pueblo y completar los preparativos para pasar el invierno.
Se acercaba la Navidad. Pensé que era mi deber ir a Bérgamo para saludar y felicitar a Monseñor, confiando a sus cuidados la obra que acababa de iniciar en su diócesis. Aquella (aunque no estaba seguro del todo) podía ser mi última Navidad.
El buen tiempo me  permitía ir y volver rápidamente.
Lippomano estaba ausente. Me recibiría el Vicario General.  Aquel querido amigo de Feltre, Guillermi, se había quedado en estos años, siempre en segundo lugar, pero yo sabía que se había preocupado en favorecernos en todas las maneras. Al verme demacrado y más blanco que nunca, se quedó preocupado. Su impresión aumentó cuando me arrodillé a sus pies, pidiendo la absolución por mis pecados.  En nombre de Dios me los perdonó todos. Nos abrazamos como hermanos. Al despedirnos me atreví añadir: ¡Te encomiendo la fe en Cristo!
Un saludo y felicitaciones también en las casas de los huérfanos, huérfanas y mujeres convertidas. Nadie más sabía de mi presencia. Prefería retirarme de puntillas. Algo me empujaba a marcharme enseguida.
Tenía que darme prisa.

(continúa)