S. Jerónimo

No hay ocaso para el amor.  2 (texto de Lorenzo Netto)

Durante una parada en la Abadía de Pontida, los buenos frailes Benedictinos (ni siquiera me reconocieron) me pusieron delante algo de  comer, igual que a los demás peregrinos y mendigos, reunidos delante del portalón del convento. Entre una frase y la otra que intercambiaban aquellos pobres, oí una noticia que me dio un vuelco al corazón. En el valle de San Martín habían encontrado casos de peste y entre una y otra palabra que intercambiaban aquellos pobres, me enteré de una noticia que me sobresaltó. Se habían señalado casos de  peste en el valle de San Martín.
¿Os imagináis un Jerónimo que se quede a mirar? Yo no... fue de prisa, a la velocidad que le permitían sus fuerzas.
En la tarde ya estaba en la Roca. Tomamos rápidamente medidas y precauciones para evitar el contagio. Prohibimos a los muchachos de bajar al pueblo. Nosotros los adultos hubiéramos ido solamente allí donde nos hubieran llamado de forma explícita para ayudar.
Primero me tocó a mi. Sabían que yo tenía experiencia de eso... ¡había regresado de los muertos!
Debía, pues, ayudar a esos queridos habitantes del valle, a prepararse al paso final. Parecía que me esperaban. Yo no era sacerdote, ni los podía absolver, ni darles la comunión. Pero como entraba en sus pobres tugurios de fortuna, que los familiares habían preparado, para aislarlos, sus caras se abrían a la esperanza.
Tenía mucho cuidado de no engañarlos. No quería que pensaran que se trataba de un mal pasajero. Médicos no había.  Los ricos de los pueblos más grandes se los habían comprado con el dinero, pero, según se decía por ahí, nadie había logrado diagnosticar la verdadera naturaleza de aquella pestilencia. Los párrocos hacían lo que podían... y pocos eran los que tenían el coraje de arriesgarse, en aquel valle perdido al confín de la región.
Nada más enterarme de la urgencia, envié a llamar a los tres sacerdotes de la Roca, que me alcanzaron en seguida. Agustín, Tomás y Jerónimo y... Jerónimo formábamos un equipo único en el género. Yo abría el camino, despejaba el terreno de prejuicios y tabúes. Medicaba, curaba como podía. Ellos traían al Señor y la certeza del Paraíso, cuando ya no quedaba nada que hacer para restituir la salud a los contagiados.
Para ser sincero, algún enfermo, después de haberlo persignado en la frente y haberme prometido de llevar una vida cristiana, se había levantado y había vuelto a la normal actividad. Pero esos non eran enfermos de peste. La peste es feroz. No perdona.
Mientras íbamos de Rossino a Olginate, entre colinas y campos, entre una aldea y la otra, un mensajero logró encontrarnos. Traía una carta de Saló. Juan Bautista Scaino, me escribía disculpándose porque las ayudas en "natura" que había prometido no eran tan abundantes como se esperaba. La recogida había sido pobre.
Agustín me leía la carta, mientras yo medicaba las heridas de un campesino. Le sugerí que llevara la carta a Borelli, encargándole contestar. En un viejo papel encontrado estampé mi firma. Dije al mensajero que se añadieran mis saludos para Esteban Bertazzoli, pidiendo al buen sacerdote que rezara por todos nosotros, en especial por mí. A lJuan Bautista que me invitaba a regresar a Saló el año siguiente, tendrían que contestar que sólo Dios sabía lo que hubiera ocurrido mientras tanto.
Mejor tenerse preparado. Dios es benignísimo, mira, si hace falta, sólo  nuestra buenas intenciones, pero quiere que vigilemos y recemos.

(continúa)