Durante una parada en la Abadía de Pontida, los
buenos frailes Benedictinos (ni siquiera me
reconocieron) me pusieron delante algo de
comer, igual que a los demás peregrinos y mendigos,
reunidos delante del portalón del convento. Entre
una frase y la otra que intercambiaban aquellos
pobres, oí una noticia que me dio un vuelco al
corazón. En el valle de San Martín habían encontrado
casos de peste y entre una y otra palabra que
intercambiaban aquellos pobres, me enteré de una
noticia que me sobresaltó. Se habían señalado casos
de peste en el valle de San Martín.
¿Os imagináis un Jerónimo que se quede a mirar? Yo
no... fue de prisa, a la velocidad que le
permitían sus fuerzas.
En la tarde ya estaba en la Roca. Tomamos
rápidamente medidas y precauciones para evitar el
contagio. Prohibimos a los muchachos de bajar al
pueblo. Nosotros los adultos hubiéramos ido
solamente allí donde nos hubieran llamado de forma
explícita para ayudar.
Primero me tocó a mi. Sabían que yo tenía
experiencia de eso... ¡había regresado de los
muertos!
Debía, pues, ayudar a esos queridos habitantes del
valle, a prepararse al paso final. Parecía que me
esperaban. Yo no era sacerdote, ni los podía
absolver, ni darles la comunión. Pero como entraba
en sus pobres tugurios de fortuna, que los
familiares habían preparado, para aislarlos, sus
caras se abrían a la esperanza.
Tenía mucho cuidado de no engañarlos. No quería que
pensaran que se trataba de un mal pasajero. Médicos
no había. Los ricos de los pueblos más grandes
se los habían comprado con el dinero, pero, según se
decía por ahí, nadie había logrado diagnosticar la
verdadera naturaleza de aquella pestilencia. Los
párrocos hacían lo que podían... y pocos eran los
que tenían el coraje de arriesgarse, en aquel valle
perdido al confín de la región.
Nada más enterarme de la urgencia, envié a llamar a
los tres sacerdotes de la Roca, que me alcanzaron en
seguida. Agustín, Tomás y Jerónimo y... Jerónimo
formábamos un equipo único en el género. Yo abría el
camino, despejaba el terreno de prejuicios y tabúes.
Medicaba, curaba como podía. Ellos traían al Señor y
la certeza del Paraíso, cuando ya no quedaba nada
que hacer para restituir la salud a los contagiados.
Para ser sincero, algún enfermo, después de haberlo
persignado en la frente y haberme prometido de
llevar una vida cristiana, se había levantado y
había vuelto a la normal actividad. Pero esos non
eran enfermos de peste. La peste es feroz. No
perdona.
Mientras íbamos de Rossino a Olginate, entre colinas
y campos, entre una aldea y la otra, un mensajero
logró encontrarnos. Traía una carta de Saló. Juan
Bautista Scaino, me escribía disculpándose porque
las ayudas en "natura" que había prometido no eran
tan abundantes como se esperaba. La recogida había
sido pobre.
Agustín me leía la carta, mientras yo medicaba las
heridas de un campesino. Le sugerí que llevara la
carta a Borelli, encargándole contestar. En un viejo
papel encontrado estampé mi firma. Dije al mensajero
que se añadieran mis saludos para Esteban
Bertazzoli, pidiendo al buen sacerdote que rezara
por todos nosotros, en especial por mí. A lJuan
Bautista
que me invitaba a regresar a Saló el año
siguiente, tendrían que contestar que sólo Dios
sabía lo que hubiera ocurrido mientras tanto.
Mejor tenerse preparado. Dios es benignísimo, mira,
si hace falta, sólo nuestra buenas intenciones,
pero quiere que vigilemos y recemos. |
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