LAS FLORECILLAS  DEL  P. JERÓNIMO

 

“Episodios de bondad y santidad

en la vida de un cristiano que se hizo apóstol por el amor de Dios”.

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Las llagas, las heridas, los males de todo tipo que Padre Jerónimo curaba por doquier, no se pueden contar.

Tenía un ungüento especialísimo, verdaderamente maravilloso, mágico, que curaba todo, llagas, mal de garganta, fiebres y dolor de muelas, la peste y también la sarna. Los santos son unos listorros; por amor a la humildad intentan ocultar todo lo que hacen, especialmente las cosas prodigiosas.

Pero una buena mañana la gente no creyó ya en la potencia del ungüento milagroso y dijo que el invento del Padre Jerónimo era uno sólo: su santidad y sus oraciones.

Y era la pura verdad.

  

1 - BRAVURAS DE SANTOS

Un hermoso día, en Venecia, padre Jerónimo salía de San Marcos, la basílica toda de oro por dentro y por fuera como un sol, en la plaza Grande, que una igual no la encuentras en el mundo, ¡qué hermosa es!

            Le sale al encuentro un cierto hombre que, más o menos, -oye aquello que dice- entiende que debe tener algún problema con los sobrinos por el comercio de la lana.

Durante el discurso he aquí que a un cierto punto aquel se calienta, se enciende como el hierro en las brasas de la fragua, y empieza a gritar.

Padre Jerónimo que es un buen hombre y tranquilo, busca la forma de calmarlo y hacerle entrar en razón; ¡pero qué!... aquel hombre, de forma grosera, arranca con una letanía de injurias y termina amenazándole: ¿Pero no sabéis, Señor Jerónimo, que yo os arrancaré la barba pelo a pelo?

¡Esto es demasiado! Esta vez verás que el patricio defenderá su honor cubierto de insultos groseros dichos a la cara, delante de tantos vecinos. También él es consciente de las palabras recibidas.

Y en lugar de ... ¡no! Oye lo que le responde: “Cuando a Dios, así  plazca, aquí me tienes preparado; y haz de mi lo que te plazca”. Y extendió el mentón hacia el grosero; después sonríe mirando todavía a aquel pobrecillo, que primero se queda allí confuso, después se retira como perro apaleado.

¡Pobre hombre si se hubiese osado a tanto hace algunos años!, comenta la gente.

Seguro. Entonces su mano se habría dirigido a la espada, la espada habría salido de su vaina y... una vez fuera, no te aseguro cómo habría terminado. Ahora, en cambio,...

Imítalo, si puedes. Tú también serás capaz de acciones heroicas.

 

 2 - SE PRIVABA DE TODO PARA AYUDAR A LOS POBRES

         En 1528 había aparecido una epidemia. Venecia, permaneció por mucho tiempo inmune al peor de los contagios, tenía pues que experimentar el flagelo y las infinitas miserias del hambre y de la indigencia que aparecieron después. De las comarcas vecinas llegaban continuamente gente empobrecida que venían para llevar a la boca un trozo de pan, si había, y prolongar así, todavía un día más, la propia existencia.

A padre Jerónimo se le llenó el corazón de compasión ante semejante espectáculo. Sus riquezas, que tenía bastantes, se disiparon, en poco tiempo, entre las manos de tanta gente pobre.

Su palacio se convirtió en el asilo de los mendigos y de los enfermos: allí encuentran comida, dinero, ropa y un corazón grande y bueno, que, al acercársele, se siente llenar el corazón de consuelo, y la herida del dolor sufrido casi no se siente más, y se cicatrizan todas las desgracias vividas.

Poco a poco los objetos de plata, los tapices, los cuadros, las joyas, los muebles, los trajes de seda y bordados, las togas y los mantos son vendidos para conseguir dinero en beneficio de los más pobres. ¡Tienen mucho qué hacer los siervos con este hombre tan derrochador!

¿Y cuándo no haya más?

Una mañana de invierno padre Jerónimo está escuchando devotamente la Santa Misa y un mendigo se le acerca y le pide la caridad.

Ni un duro lleva en el bolsillo el padre Jerónimo; pero a un mendigo no se le despide sin nada. Y entonces aquel hermoso fajín de terciopelo bordado en plata, que le ciñe la cintura y ajusta con elegantes pliegues el traje, padre Jerónimo se lo suelta y: “Coge, dice al mendigo, véndelo y cómprate para comer”.

Cuando salió a la calle la gente se reía por detrás, porque llevaba el traje sin fajín. En casa los suyos le reprendieron. Él calló y continuó a hacer lo mismo: un día los guantes, otro el pañuelo blasonado,... hasta que no le quedó más nada.

 

 3 - EN GÓNDOLA

           Padre Jerónimo salía cada mañana, cargado de la dicha de Dios. Iba a visitar a la gente de las islas vecinas, que necesitaban comida, ropa,... y unas buenas palabras de consuelo.

La obra de las “Conferencias de S. Vicente”, ni más ni menos: ¡sólo, tres siglos antes!

Regresaba al atardecer, cuando se ponía el sol: ¡qué charlas alegres, qué risas serenas en la góndola!

Era el precio que Dios le reembolsaba por su caridad.

Venecia, a aquella hora, verla desde el mar, parecía una gran flota anclada y recogida en un mar de fuego. El cielo era un cristal de amatista bordado con hilo de oro y se reflejaba en la laguna como otro cielo sepultado bajo las ondas que cabalgaban al soplo de la brisa y susurraban al pasar las góndolas ligeras y fugaces por el sonido nostálgico de las canciones.

Aquellos muchachos perdidos en la laguna, que había recogido, admiraban quizá por primera vez aquel espectáculo, ahora alrededor, ahora en los ojos grandes y serenos de su conductor. Y cantaban y reían felices, olvidando haber vividos desgracias.

Y, sin pensarlo, cuando querían decirle algo, lo cogían de la mano y le decían: Escucha ¡papá!.

 

 4 - ESPIGAS Y ALMAS

Lanzaban reflejos dorados las espigas al sol de junio, aquel año de 1532.

Y al pasar, por los caminos próximos, habrías sentido el sabor del pan recién hecho.

¡Bendición de Dios! ¡Cuánto pan ha hecho la tierra!

Pero no había quien empuñase la hoz para segar la dorada crin de los campos, porque la peste había segado las vidas.

Fue entonces que las campañas del Bergamasco vieron a aquel que las campañas latinas habían visto en los días del “Cincinnato”.

Padre Jerónimo, el patricio de la Serenísima, se ha hecho campesino.

No le resistía el corazón que tanta gracia de Dios se perdiese; y recogiendo cuantos campesinos pudo, empuñó él también la hoz  y durante un mes pasó segando de campo en campo sin descanso y con el ardor de un peón infatigable.

Pero allí ninguno sabía realmente quien era. Sólo esto sabían los campesinos que el forastero venido de lejos, les hablaba de Dios con palabras que hacían llenar el corazón de ternura, pedía en compensación del trabajo un trozo de pan y un vaso de agua, dormía en el suelo o sobre un poco de paja, pero durante poco tiempo, porque la noche la pasaba de rodillas, llorando y rezando, que hacía llorar al verlo.

Les hablaba de Dios; y conmovía. En los ratos de descanso llevaba a los trabajadores a la sombra de una gran morera, les hacía sentar, y allí, de pie en medio de ellos, empezaba a hablar. Era una palabra sencilla, y oportunamente narraba ejemplos de la Biblia y hechos de la vida de los santos.

Volvían después al trabajo casi a regañadientes.

Y mientras en los campos las doradas espigas caían al paso de la hoz, en el cielo, a pleno sol, resonaban alegremente las voces de los segadores cantando a la Virgen.

Así, sudando, entre una espiga y otra segaba un alma para Dios.

Era el premio que el cielo le daba, porque se había hecho campesino.

  

5 - LOS DOS BLASFEMOS

            En una vieja casa, a orillas del Adda, en el Valle de San Martín, vivían dos hermanos. Se odiaban a muerte; este odio venía desde muy atrás. Si se encontraban en la calle se enzarzaban violentamente, y la gente no se atrevía a acercarse.

Un día se encontraban así. No se habían visto todavía, y se acaloraron: empezó un huracán de imprecaciones, injurias, amenazas, blasfemias. Qué tendría que ver Dios con ellos, no lo sé. Pero era así, parecían encolerizados.

En aquel momento pasaba por allí padre Jerónimo, con la alforja a la espalda y con un paso cansado. Había llovido durante todo el día; y se había cansado, como pocas veces, andando en busca de sus muchachos bajo el agua y el barro.

Al oír aquellas injurias y aquellas blasfemias le duele el corazón y se pone entre ellos a separarlos.

Les ruega, les exhorta a poner fin a aquel escándalo:

- ¡Oh, hijos míos! ¿Qué mal habéis recibido de Dios y de la Beatísima Virgen para injuriarlos así con vuestras lenguas? No, no; ¡basta!, ¡por caridad!.

Es inútil. Estos tienen el corazón de piedra.

Entonces, padre Jerónimo, llorando, se arrodilla en medio del camino, coge a manos llenas el barro del suelo, llena su boca y masticándolo:

            - Desde el momento que vosotros no queréis parar de blasfemar, dice, tampoco yo terminaré de hacer penitencia con mi boca, para que el gran Dios, que así ofendéis gravemente vosotros con la vuestra, desde allí arriba no os fulmine.

Y aquella santa boca, que desde hace mucho tiempo por mortificación y penitencia no conoce nada más que pan duro y agua, continúa a masticar el barro del camino.

Paran entonces de pelearse. Sus labios han sentido un temblor de conmoción.

Se miran a los ojos. Se abrazan con lágrimas de arrepentimiento y de perdón. Se han reconciliado entre ellos y con Dios.

Ha vencido el padre Jerónimo que, contento, recoge su alforja, su bastón, su camino con paso cansado, limpiándose con el dorso de la mano los labios todavía sucios de barro.

  

8 - TERROR NOCTURNO

     Los pequeños huerfanitos recogidos por Padre Jerónimo miran felices, contentos y tranquilos en la nueva casa preparada para ellos.

Pero un desgraciado día empezaron a suceder fenómenos extraños en las horas nocturnas. Durante la noche, cuando los huérfanos  dormían, el demonio envidioso de tanta paz y candor , violentaba a algunos de los niños haciéndoles decir, en medio de convulsiones, palabrotas y obscenidades. Este hecho provocaba en el corazón del Padre Jerónimo dolor, desasosiego y tristeza.

Pero no solo esto; el hecho venía acompañado por  ruido, sonidos terroríficos que asustaban y sobrecogían a los niños.

Los huérfanos saltaban de sus camas y se abrazaban al Padre Jerónimo buscando con ansia protección, temblando de miedo. Él les consolaba con palabras y les pedía que confiaran en la Virgen María, la Madre del cielo y con amor fraterno acompañaba a cada huérfano a su cama.

Decidió, para evitar tal situación nocturna, que se cantara por la mañana y por la tarde, todos juntos la Salve Regina, palo de santo. El diablo no les molestó más. Los huérfanos sintieron nacer en su corazón una devoción inmensa a María, lo que provocó una alegría desbordante en el corazón de San Jerónimo y un gran reconocimiento y agradecimiento.

  

9 - “ A LA CONQUISTA DE MILÁN “

La gran ciudad de Milán atraía al Padre Jerónimo; se había enterado de que existían numerosos grupos de niños pobres y solos, que deambulaban por las calles y las plazas.

Decide trasladarse a Milán. Parte con un pequeño grupo de niños, a pie. Se detienen por la noche donde es posible. En Merate son huéspedes de los Albanos.

A la mañana siguiente Padre Jerónimo reanuda su marcha, tiene fiebre, pero no importa. Se pone  igualmente en camino con sus pequeños.

La fiebre aumenta durante el camino. En  cierto momento se tambalea y cae al suelo. A duras penas consigue llegar a un viejo caserón sin techo, sin puertas, entre los campos llenos de niebla y de silenciosa tristeza.

A su alrededor, con el corazón en un puño y con los ojos llenos de lagrimas, sus pequeños no saben que hacer y continuamente pronuncian su nombre.

La providencia quiere que pase por allí un caballero del duque de Milán. Lo quiere llevar a una casa más acogedora que está cerca. Pero no hay sitio para todos. El santo, responde. “Dios os compense por vuestra caridad pero yo no puedo abandonar a mis hijos con los que quiero vivir y morir”.

Los niños se abrazaron aún más a él, mientras el caballero se alejaba lentamente. Están solos, con el Padre enfermo, lejos de todos: parece que para Jerónimo ha llegado el final. Están en los manos de Dios.

Pero he aquí que de improviso llegan corriendo unos siervos del Duque. Se coloca el enfermo sobre una cabalgadura y,  poco a poco, siguiendo al grupo de los huérfanos, llegan a Milán.

Dios había posibilitado que siguiera con sus hijos y Padre Jerónimo no paraba de agradecérselo.

Querían llevarlo a la corte del Duque, pero no se dejó convencer.  "Al hospital, por caridad, al hospital. El hospital es para los pobres".

Insistía. No había venido a Milán en viaje del placer, o para estar cómodo en un palacio, sino para abrir su corazón a las grandes desgracias que allí existían.

  

10 - LA BOLSA DE ORO.

Cuando el Duque de Milán, Francisco II Sforza, buen príncipe pero infeliz y desgraciado, le mando como presente una bolsa llena de monedas de oro pero Jerónimo se puso serio y dijo al que se lo traía en nombre del Duque:

- La generosidad del señor Duque sobrepasa nuestras necesidades. Dadle las gracias, que se lo merece; pero recordadle que nosotros perderíamos nuestro tesoro, si llegados a Milán pobres saliéramos de aquí llenos de oro. Si él sabe hacer buen uso de sus riquezas, que nos deje a nosotros también hacer buen uso de nuestra pobreza".

Pero el empleado del Duque se empeño para que le padre Jerónimo aceptara al menos una moneda para sus pequeños. ¡Es tan poco cosa una moneda!. "No, tened vuestro dinero. Haría un agravio a mi Dios, si aceptara, mayor que el que pudiera hacer al Duque con mi rechazo. Nos  atenderá la Divina Providencia. No insistáis más; en caso contrario entenderé esta oferta del Duque como una orden de marcharme de sus tierras".

Y así, libre de la atadura a este mundo, se muestra feliz por haber logrado del Principe un viejo caserón donde abrigarse con sus pequeños, gozando de la compagnia de "doña" Pobreza.

  

11 - ¡LOS LOBOS! ¡LOS LOBOS!

Una hermosa mañana, con un sol que enamoraba, la alegre fila de huérfanos se dirigía hacia la Certosa de Pavía para ver la bella Iglesia, rezar al señor y gozar de un feliz paseo.

          Caminaban hacia la Certosa cantando alegremente y correteando felices, entre risas que alegran  el corazón, cuando de pronto salen del bosque unos lobos ¡Qué ojos!, ¡Qué colmillos!. No hay escapatoria. Los niños, asustados se abrazan a Padre Jerónimo, se agarran a su mano buscando refugio, y chillando con el terror en los ojos.

          "¡No temaís, hijos! ¡Dejadme hacer a mí!. 

           Va al encuentro de los lobos, hace la señal de la cruz sobre aquellas fauces agresivas y las fieras se alejan ocultándose en el bosque, con el rabo entre las patas.

También San Francisco de Asís, el santo del hermano sol, de las palomas, del agua preciosa y clara, el hermano de  todas las criaturas, había amansado con la señal de la cruz al feroz lobo de Gubbio.

  

12 - LA MULTIPLICACIÓN DE LOS PANES.

Invierno 1536.

Había casi un metro de nieve. En la despensa de la Valleta solo tenían tres panecillos y cien estómagos vacíos que esperaban ansiosos la comida del medio día. Bajar al pueblo era imposible, el camino oculto bajo la nieve, garantizaba cualquier desgracia. Descender era una locura.

¿Qué hacer? "Hijos, - dice el Padre Jerónimo - confiemos en Dios. Él que alimentó a los hebreos en el desierto, que dio de comer a la muchedumbre que le seguía, con sólo cinco panes; él que bendice a todas las criaturas y dá de comer a los pájaros y a los animales de la Tierra, también se preocupará de nosotros."

Todos se animan y  se acercan hambrientos a la mesa. Se sientan en sus sitios. Padre Jerónimo se arrodilla, reza; después se levanta, coge aquellos tres panes, hace la señal de la cruz y los coloca confiado en el mandil que lleva puesto. Va dando un pan a cada niño, su mano  una o otra vez entra vacía al mandil y sale con un pan que con amor va repartiendo. Todos y cada uno ha recibido un correspondiente pan. Incluso han sobrado.

¡Qué sabroso está el pan! Es el pan del milagro, tanto es así que las migajas recogidas, y guardadas por el buen Martín, un huérfano que más tarde se ordenó sacerdote, curaba a los enfermos, humedecidas con un poco de agua normal.

  

13 – “UNA COMIDA DEL CIELO”

            En Bérgamo era invierno y se encontraban en la casa de los huérfanos. Era la hora de comer. En la despensa no había ni un solo pedazo de pan. ¿Pasaremos el día sin comer?...Los niños tienen hambre y piden pan.

            - Hijos míos, dijo el Padre Jerónimo, venid conmigo.

Levantándose fueron a la capilla.

           - Tengamos confianza y recemos todos juntos: Padrenuestro que estas en los cielos...  Danos hoy nuestro pan de cada día...

            - Basta, basta con esto. Vayamos al comedor.

            Y al entrar - ¡Qué maravilla!

            Sobre los cándidos y blancos manteles y en el lugar de cada uno, había un pan blanco, manjares y vino tinto rojizo.

            Un comida tan gustosa y agradable como aquella – decían – no se había hecho jamás.

Claro, digo yo: venía, ni más ni menos que del mismo cielo.

  

14 - “EL MANANTIAL DE LA ROCA”

En la Valletta cuando se edificó la nueva casa no había agua, ni tan siquiera recipientes o cántaros para recoger el agua de la lluvia que a veces enviaba el cielo.

Se hacía necesario acarrearla o subirla desde Somasca. Demasiado lejos y fatigoso, para algunos niños. Y sin tener en cuenta el tiempo. Además a veces no era suficiente para saciar la sed de todos.

¿Qué hacer?

Imposible encontrar agua entre tanto peñasco arisco y secos.

Un buen día de verano, cuando el sol se encontraba en lo más alto y los pequeños morían de sed; Jerónimo se arrodilló delante de una roca y rezó con tanta fe que enterneció el corazón de Dios.

Momentos después se levantó, puso un dedo en la parte más seca de la roca y al retirar su dedo manó agua cristalina y fresca que helaba los dientes.

           Ya van hoy más de cuatrocientos años y el manantial sigue fluyendo aquel agua que tanto bien hace a los cuerpos y a las almas de todos aquellos visitantes que a ella se acercan.

   

15 - “LA MANZANA DEL CIELO”

En una ocasión Jerónimo llamó a uno de sus niños.

¡Hijo mío!, ven un momento.

Aquí estoy, ¿Qué deseáis?...  

He sabido que uno de tus compañeros te ha ofendido. Son cosas que suceden, pero quería decirte que como buen niño, es necesario perdonar.

¡Pero lo que me pide es demasiado...! Me cuesta mucho; además no puedo... él lo ha hecho intencionadamente, sí, sí, intencionadamente.

Entiendo, entiendo, pero como buen niño debes perdonar.

¡Pero Padre...!   

Los “peros” no agradan a Jesús.

¡Vale padre... le perdono!

¡Oh!, estupendo, así me gusta.

           Llegada la noche, mientras el niño dormía tranquilamente en su cama, se acerco un Ángel del cielo y posa en sus manos una hermosa manzana blanca y roja como sus mejillas.

Además, tenía un sabor... pero ¡que sabor! - decía al día siguiente mientras la comía.  Nunca en esta tierra se han producido manzanas con semejante sabor.

¡Claro! Aquella manzana había venido... ¡del cielo!.

 

 16 - “LA PIERNA DESTROZADA DEL LEÑADOR”

Después de la siesta y cuando cada cual estaba en sus propios quehaceres cotidianos, se dejó oír un fuerte grito lastimoso que provenía del cercano bosque situado detrás de la casa.

Sin duda algo muy grave había sucedido.

Jerónimo, dejándolo todo, corre para ver lo que ha ocurrido. Al llegar al lugar, queda sorprendido.

Un leñador de Somasca, yace tendido en tierra desangrándose:

“¡Mi pierna, mi pierna!, Pobre de mi” – Sigue gritando entre sollozos el leñador.

¡Pobre hombre!, Verdaderamente el golpe del hacha le ha destrozado la pierna y ha calado hasta el mismo hueso.

Jerónimo se acerca, coge la pierna entre sus manos, la une diciendo: “No te preocupes ¡Buen hombre... no es nada mira tú mismo y comprobarás que no es nada!”.

Incorporándose el leñador, ve con asombro que su pierna esta totalmente establecida y verdaderamente sana.

¡Jerónimo había hecho el milagro!

  

17 - ¡EL PEQUEÑO MUERTO, VIVE!

También sobre la muerte demostró Padre Jerónimo tener poderes.

Vivía en Mazzaneo, en la comarca de Bérgamo - provincia a la cual pertenece Somasca - una pobre viuda, muy buena y piadosa, que tenía como su consuelo a un hijo todavía jovenzuelo; y éste se le parecía verdaderamente como hijo, tanto era bueno y piadoso.

Pero un mal día, que es que no es, el muchacho cae enfermo. Se busca el médico; pero éste no puede hacer nada. Ni siquiera los besos y las caricias de la madre lo pueden salvar.

Ahí está, tendido en su pequeña cama, el pequeño muerto, completamente  blanco, como la sábana  recién lavada que mamá, con mano temblorosa, le  ha tendido por debajo. La madre arrodillada junto a él, aprieta entre las manos la fría cabecita, la besa y la acaricia, como si quisiera devolverle la vida; tiene los ojos hinchados y rojos; pero no tiene más lágrimas, porqué las ha derramado todas.

"María, está aquí el Padre Jerónimo que pasa pidiendo por caridad; ¿queréis que se lo digamos?"

"Oh, sí. Ojalá hubiera venido a bendecirme este pobre hijo mío..."

Se lo dicen. Padre Jerónimo está en la puerta. Entra, deja el zurrón en un rincón:

"Buena mujer, dice, estad tranquila y dad gracias al Señor, porque vuestro hijo duerme". Se acerca a la pequeña cama; se pone de rodillas y reza como sólo él sabe hacer.

Luego coge entre sus manos la manita blanca del pequeño difunto y le dice: "¡Levántate, hijito!".

Y aquel se levanta, se sienta en la cama, se frota los ojos como hacen los niños al levantarse por la mañana, luego echa los brazos al cuello de su madre sonriente.

"Os lo decía, buena mujer, que vuestro hijito dormía, os lo decía".

Pero aquella, con la alegría en los ojos y la boca sin palabras, se arrodilla a besarle la sotana, mientras él sale con el zurrón al hombro, para seguir su camino.

  

18 - EL AGUA ESTÁ FRESQUITA, PERO EL VINO ESTÁ MEJOR.          

Un día de verano, después del mediodía, cuando el sol quema como si se le tocara, un grupo de avispados chiquillos está caminando hacia la Certosa, y cantan y cantan, que da alegría oírlos.  Pero, ¡qué secas están aquellas pequeñas gargantas! ¡Qué sed, pobrecitos!

Padre Jerónimo - siempre es él que los acompaña - golpea a la puerta del Convento. ¡Siempre hay un agradable cubo de agua fresca sacada del pozo de los buenos frailes!

Abre la puerta un frailecito con una bonita barba, que le tiembla por debajo del mentón, cuando sonríe.

"Por amor de Dios - pide Padre Jerónimo - ¿tenéis un poco de agua para estos muchachos?".

"Pero claro que sí, Padre, claro que sí. Y vosotros hijos sentaros aquí en la sombra, que os la traigo enseguida.

¡Qué buenos estos muchachitos!".

Padre Jerónimo y los muchachos se lo agradecen con una sonrisa. El frailecito regresa con un gran cubo se agua,  tan fresca que te refresca la cara con solo mirarla. En la otra mano tiene un vaso de vino, de aquel modesto vinito que hay en la bodega del Convento.

"Esta es para usted, Padre. Es de nuestro vino ligero; pero está más fresco que las paredes de la bodega y, con esta calor, os sentará bien"

"Demasiado bueno para mí, demasiado bueno. También esto es para loa muchachos"

Y rápidamente echa el vaso de vino en el cubo del agua. Y he aquí que el agua ya no es... agua; se ha cambiado en vino tinto, la mar de apetitoso. ¡Vaya color que tiene, que perfume! Se bebe antes con los ojos, que con la garganta.

Todos beben a satisfacción; también el buen frailecito de la barba temblorosa lo bebe; porque  aquello...

"¡Es el vino del milagro!" exclama paladeando con gusto y lentamente haciendo una mueca con la lengua.

"Sí, contesta el Santo, el milagro que Dios ha hecho por la inocencia de estos hijitos".
Humilde, él: siempre encuentra su buena excusa.

  

19 - TONEL  LLENO  y  ESPOSA  ALEGRE

En Santa María de Olginate, una aldea un poco más abajo que Somasca, había tenido lugar la Catequesis.

La había impartido Padre Jerónimo a aquella buena gente que en la iglesia se apretujaba, para poder caber todos.

Ahora, al final,  salían;  Padre Jerónimo tenía consigo unos cincuenta de sus hijitos.

El Moro -así lo llamaban-, un buen hombre que vivía allí, a dos pasos de la Iglesia, -viéndolos cansados y calurosos, sintió compasión: "¡Venid, venid aquí- les dice, acompañando las palabras con un ademán de la mano -venid a por un trago de buen vino!".

"Yo no necesito de nada, contesta Padre Jerónimo: pero si queréis hacer la caridad a estos muchachos, tendréis un premio por parte de Dios".

Y hacen como que entran.

Diamante - nombre brillante, más no el alma - agarra a su marido por un brazo: "Pero, ¡tú estás loco, Moro! ¿Qué?  ¿Quieres dar de beber a todo este montón de críos? Y nosotros ¿qué beberemos? ¿El vino de la fuente? Ya sabes que el tonel ya está inclinado."

Y hace ademán de marcharse, para que no la obligue a sacar el vino. Pero el Moro la agarra también él por un brazo y la envía sin dudarlos un segundo. Y suerte para ella, avarienta mujer. No tuvo que arrepentirse después, de haber saciado la sed de todos aquellos muchachos. Desde aquel día, por cuanto vino le sacasen, el tonel siguió echando generosamente vino hasta la siguiente vendimia.

Y la alegre comitiva de muchachos volvió a Somasca, alegre y cantando.

  

20 - UN LLENO MISTERIOSO Y...

Un día a Piazzo, aldea cerca de LECCO, no muy lejos de Somasca, había una buena mujer -como son todas las mujeres del campo-  que todas las veces que pasaba Padre Jerónimo con sus hijitos delante de su casa, iba a sacar vino para ellos, a escondidas de su marido.

Cierto día éste llega a casa y  le dice: "Oye, patrona, ten preparado aquel tonel, porque lo he vendido  y pronto vendrán a recogerlo".

"Pobre de mí, - piensa ella... - ¿qué puedo hacer?"

Y de carrerilla a la fuente a recoger agua para rellenar el tonel. Pero, cuando va para echar el agua en el tonel, ¡oh! sorpresa!  Lo encuentra lleno ¡como el primer día de la vendimia!


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