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Una imagen
: el ratón y el doble clic que se hace pulsando el botón izquierdo. A veces la relación con nuestra vida es un poco así: existen experiencias propias, modos personales de actuar, que permanecen como ciertos iconos en un ángulo de la pantalla del ordenador. Están allí, como en standby, y no sabemos que hay dentro o, si lo sabemos, tememos conocer el contenido o evitamos abrirlo. Pero es importante que de vez en cuando tengamos el coraje de llegar allí, sobre ese icono, y de  clicar encima, para ver qué contiene, cómo funciona y, quizás, pararse a ponerr un poco de orden...

 El centro del universo
  mi "yo" en las relaciones interpersonales (
by R.F.)

"Eres mío... Te quiero... Eres toda para mí...".

A veces, cuando oigo jóvenes enamorados usar estas expresiones, me provocan ternura, y además me preocupan un poco, puede que porque he encontrado tantas historias personales acabadas en amargura. Están descubriendo qué es el amor. Pero, ¿descubrirán la infinita revolución que esa palabra contiene, que va más allá del sentimiento que puede unirte a una persona, frecuentemente pasajero, y que hace referencia a toda el complejo universo de las propias relaciones?

El amor es una revolución auténtica y radical, un cambio de perspectiva, a través de la cual mirar las cosas, sin ideas previas, un poco, como para los astrónomos, pasar del universo como era concebido por Tolomeo a  como en cambio lo pensó Copérnico.

 

Tolomeo (alrededor del 150 d. C.) imaginaba la tierra como centro del universo y que todos los astros giraban alrededor de ella. En cambio Copérnico en el 1507 descubrió que no era la tierra la que permanecía parada, sino que  ella era la que rotaba alrededor del sol, así como giraban los otros planetas. La astronomía moderna ha precisado después que todo el sistema cósmico es un sistema policéntrico, donde cada sistema como el solar, gira alrededor de otros, hasta que todos giran alrededor del centro de la galaxia y cada galaxia se mueve respecto al centro originario, desde donde  ha nacido el universo.

¿Por qué os he recordado estas ideas de astronomía? Porque esta comparación con los sistemas de Tolomeo y de Copérnico nos ayudan a entender mejor cómo se comporta el hombre , cómo nos comportamos nosotros. El hombre tiene, como primer impulso, la tendencia a vivir según el sistema tolemaico, colocándose a si mismo al centro de su mundo, al centro de cada acción nuestra y de los otros. Y siempre se espera que sean los otros a girar alrededor nuestro: los padres están en función nuestra, los amigos están en función nuestra, los compañeros están en función nuestra...

Queremos tener siempre la última palabra, tendemos siempre a defender nuestras razones, incluso cuando nos hemos equivocado, nos hacemos 'metro' para medir cuanto nos pasa...

Llegamos a ser generosos con los demás, escuchamos a los demás para captarlos en nuestra órbita, para que se sientan en deuda, para que después dependan de nosotros, para que nos valoren, colocándonos en el centro.

¡Todo esto es absurdo! Si todos razonásemos así nos condenaríamos a la inmovilidad, porque esperaríamos a que el otro gire... ¡por eso el mundo va tan mal!

Llegamos a ser como una especie de agujeros negros. ¿Qué es un agujero negro? Es una estrella al final de su ciclo, que se transforma en "super nova" y explota, provocando una tal descompensación energética, que toda la energía gravitacional recae sobre sí misma, concentrando toda su materia en una dimensión un poco más grande que una pelota de tenis: ¡un sol en una pelota de tenis!

Esta monstruosa concentración de energía atrae todo hacia sí, absorbiendo y destruyendo todo, y no dejando huir nunca más la luz... Así nosotros quedamos al centro de todo, pero solos, con la oscuridad y la insatisfacción en el alma. 

 

San Pablo, en sus cartas a los primeros cristianos define esta situación de hombre "tolemaico" como "hombre viejo", que no es el verdadero hombre sino el hombre degradado, marchitándose en sí mismo, mientras llama "hombre nuevo" a aquel que está liberado por el amor de Jesús. 

Jesús, naciendo entre los hombres ha obrado una revolución que podemos llamar "copernicana", porque como Copérnico ha puesto el centro en el sol y ha descubierto que la tierra gira alrededor, así también el hombre debe girar alrededor del hermano. Entonces ya no estamos nosotros al centro sino los otros, alrededor de quienes giramos.

 

"Girar alrededor" de los demás significa que yo debo "girar" alrededor de quien es 'prójimo'. Significa que cada uno de vosotros debe "girar" alrededor de quien tiene cerca: alrededor de mi madre, alrededor de mi padre, alrededor de mi hermana, de mi hermano, alrededor de mis compañeros simpáticos y de los antipáticos, alrededor de amigos y  profesores. Significa amar a todos, es decir, amar a cada uno. Comenzando entre nosotros aquí, en nuestro encuentro, siendo conscientes que, como los astros, si nos paramos dejamos de existir, nos destruimos. Como un río nuestra vida debe correr: que si el agua se para, se estanca, pudre y huele mal.

Significa desviar la atención desde mí al otro sin que mi actuar se redoble y vuelva a mí.

Se trata de no absolutizarnos a nosotros mismos, de dejar de pensar siempre en nosotros mismos: ya no somos el centro del universo. Ya no somos más el parámetro de referencia.

Qué significa.

Que no debo hablar siempre yo, sino aprender a escuchar hasta el final.

Que no debo meter la coletilla al final del discurso para tener la última palabra, sino poner en evidencia lo positivo del otro.

Que no debo tener siempre yo la razón, sino saber poner en stand-by mis convicciones para acoger las del otro.

Que no debo esperar a que sean los otros a venirme a mi encuentro sino ser yo  el primero en amar

Que no debo ver siempre primero si me va o no, si estoy con el humor justo, sino superar mi humor para acoger al otro.

¿Cuál es el resultado? Lo explica una frase del Evangelio: "¡Dad y se os dará! Una  medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis la usarán con vosotros". ¡Mirad que es así también para Dios! Tampoco Él se ha puesto al centro del universo. ¿Sabéis quién o qué es el centro de Dios?

No es Él mismo, sino el hombre. Sí: somos nosotros el centro de Dios, y desde cuando Jesús se ha hecho hombre haciéndose
solidario con cada uno de nosotros, lo somos más que nunca. Así lo afirma S. Juan: "Si Dios nos ha amado, también nosotros debemos... amarnos los unos a los otros".

Y nosotros con Él ponemos en el centro al hombre.

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