Formación Pildoras Vida joven S. Jerónimo Download Somascos

Doble Clic
La Brújula
Nosotros dos 
Per Sempre
 

Frase della settimana 
Liturgia del giorno  
Vangelo della domenica
Pausa Caffè
 
Noticias 
Testimonianze 
Incontri 
Musica
S. Jerónimo 
Fuentes Somascas 
Testimonios

Espiritualidad
Fragmentos
Sussidi 
Foto - Wallpaper 

 

Comunidades
Giovani Story
Herencia de Jerónimo
Una imagen: el ratón y el doble clic que se hace pulsando el botón izquierdo. A veces la relación con nuestra vida es un poco así: existen experiencias propias, modos personales de hacer que permanecen como ciertos iconos en un ángulo de la pantalla del ordenador. Están allí, como en standby, y no sabemos que hay dentro o, si lo sabemos tememos el contenido o evitamos abrirlo. Pero es importante que de vez en cuando tengamos el coraje de llegar allí, sobre ese icono y clicas encima, para ver qué contiene, cómo funciona y, quizás, pararse a hacer un poco de orden...
 ¿Qué es el hombre? (parte 1ª)
  De paseo en el misterio de un ser en relación, en continuo devenir. (
by R.F.)

Ser adolescentes es duro. Sientes que la infancia está a las espaldas pero el mundo de los grandes continúa a tratarte como si fueras un niño: no puedes decidir, no puedes hacer aquello que quieres y debes someterte a las normas de los adultos. Una vez he oído lamentarse a un chico de su padre diciendo: "Pero bueno, ¡no soy también yo un hombre!". Aquí entramos en terreno difícil no sólo para los adolescentes sino también para los llamados "mayores". ¿Quién es el hombre? Se da por descontado el significado, después de hecho se va a tientas y adolescentes y adultos frecuentemente se chocan sin entender-se. Entonces, ¿por qué no explicar quién es el hombre?

Es una pregunta difícil y las respuestas pueden ser las más diversas. Después, mirando la situación en la que vive el mundo de hoy, entre guerras y terrorismo, riqueza desproporcio-nada en manos de unos pocos respecto a la pobreza mortal repartida por el mundo, criminalidad, etc. se siente una fuerte tentación de dar una respuesta pesimista. Podemos comenzar también de la constatación que el hombre es egoísta. A pesar de un punto de partida pesimista del hombre es posible llegar a descubrir que su realidad más íntima es siempre positiva.

Si leemos la definición de egoísmo en el diccionario de la lengua italiana de UTET encontramos dos definiciones, una lingüística y la otra psicoanalítica (“Disposición de quien se preocupa únicamente de sí mismo y busca exclusivamente lo que le es útil y la satisfacción del propio bienestar, defendiendo con celoso apego los bienes propios materiales y espirituales impidiendo el goce y la participación de los otros. En el psicoanálisis: cierre responsable hacia intereses altruistas y colectivos en personas que tendrían la capacidad mental de establecer relaciones objetivas con otros").  Ambas definiciones explican el egoísmo a partir de una negación de la relación, es decir, se fundan sobre el presupuesto que el hombre es normalmente un ser en relación. Si no se partiera del hecho de que el hombre es un ser en relación no se podría ni siquiera hablar de egoísmo... 

El hombre nace y se hace a sí mismo a través de la relación y busca constantemente la relación. Cada uno de nosotros llega a ser lo que es construyéndose sobre el fundamento de las relaciones que ha vivido. Nuestra fuerza y nuestras debilidades han nacido de la relación con nuestros padres, nuestros parientes, nuestros amigos, nuestros profesores, con las personas que nos han amado o nos han odiado, con las personas que nos tendrían que haber amado y no lo han hecho, con las personas que no tenían motivo para amarnos y en cambio nos han amado, con las personas que amamos o que odiamos. En otras palabras, nuestros talentos o nuestros miedos se han desarrollado en base a lo positivo o a lo negativo de las relaciones que para nosotros son importantes. Si mis padres me han negado el afecto, justo cuando tenía necesidad de apoyo -especialmente en la infancia- creceré más fácilmente inseguro y con una estima de mí mismo muy baja; si en la infancia y en la adolescencia me he visto repetidamente traicionar en la confianza de los amigos más íntimos o de las personas que más me quieren me encontraré descon-fiado y pesimista en relación con la vida... Es decir, nosotros continuamente podemos decir que somos en base a las relaciones que realizamos con quien nos está cerca: somos profundos o cínicos, malos o dulces, serenos o sombríos en base a estas relaciones. Somos verdaderamente felices o tristes si nuestras relaciones son gratificantes o menos, especialmente con quien queremos: nuestra vida cambia según si hay un abrazo o no, si  hay una mirada o no, si hay una caricia o no...  Porque la relación es constitutiva del ser hombre y la madurez se mide en la capacidad de relación con los demás: el hombre es persona. El concepto de persona ve al hombre en su condición social a diferencia del concepto de individuo que lo ve como absoluto, como centro del mundo en torno a sí.       

Como afirmaba el mismo Freud la plenitud de la humanidad se mide en su capacidad de "oblación", es decir de donación desinteresada de sí, porque la madurez está en el superar el principio del placer (que piensa sólo en satisfacerse) para dejarse conducir en la vida adulta por el principio de realidad (donde debes construirte en una red de relaciones).

Y ahora, ¿qué parte de nosotros entra en relación con los otros?

¿Los afectos y los sentimientos? Ciertamente, pero no sólo: personas muy sosas y afectuosas que después no son concretas y cansan pronto a los otros con quienes se relacionan.

¿La inteligencia? Seguro, pero ella sola no nos hace capaces de relación: personas demasiado intelectuales parecen después también demasiado lejanas de las realidades, como las personas demasiado listas llegan a ser no dignas de confianza y alejan a los otros. 

¿Mi cuerpo? Es necesario porque es a través de mi cuerpo que veo, escuho, me relaciono con el otro pero solo no es suficiente: también personas bellísimas pero sin corazón y sin cerebro se reducen a bellas cajas vacías y que usas pero no amas.

¿La voluntad? Ciertamente, porque debo yo elegir si quiero ponerme en relación con los otros, debo elegir amar, pero si no pongo el corazón me seco: no puedo vivir haciendo las cosas sólo porque son justas, debo descubrir que más allá de justas aquellas cosas son bonitas.

En conclusión, el hombre no es sólo este o aquel aspecto sino que es todo esto puesto junto. Nuestro error es que en la relación -en nuestro modo de amar- usamos sólo uno o alguno de estos aspectos, aquello que nos parece más fácil usar por nuestro temperamento y carácter: puede ser suficiente comenzar una relación pero no basta para hacerlo crecer y cuidarlo en el tiempo. Por lo cual creemos que baste pensar a una persona y probar sentimientos hacia ella para quererla. Entonces decimos al otro: "te quiero", lo abrazamos, puede que incluso le mandemos sms o le demos unos toques al móvil, después no nos damos cuenta que está mal, qué vive y cómo está realmente. O en cambio, si nos damos cuenta, estamos también nosotros mal pero luego concretamente no nos hacemos presentes, no usamos de nuestro tiempo para ellos, preferimos salir con los amigos. O en cambio podemos decirle al otro "te quiero" y estamos convencidos, pero somos ariscos y respondemos mal, o queremos siempre tener razón, no escuchamos lo que el otro nos dice y no le damos ni el tiempo ni la ocasión para expresarse... El hecho es que no basta pensar que se es de una manera (cariñoso, afectuoso y servicial) para serlo. No basta querer ser don para amar, porque no es suficiente el propósito hasta que éste no se realice.

¿Y esto por qué?

Porque inteligencia, afectividad, voluntad y corporeidad deben encontrar una armonía entre ellas y esta armonía no es ya bonita hasta que no se hace realidad. En el hombre está la dura ley del crecimiento: no se nace maduros y armónicos sino se llega poco a poco. Esto no puede darse por supuesto: es necesario un camino de crecimiento.

Es necesario ser humildes y molestarse, bajando del pedestal orgulloso que todos nosotros nos hacemos cuando nos decimos que estamos ya bien así, que no tenemos ya nada más que aprender. Una persona así, cualquiera que sea su edad – 14, 18, 26, 50, 80 años – es una persona destinada a hacer el mal a sí misma y a hacer el mal a los otros porque el crecer y el cambiar radica en nuestra naturaleza física, biológica y psicológica.

El hombre no es sólo un ser en relación sino que es al mismo tiempo un ser en continuo cambio y nuestra misma naturaleza nos pone etapas: el nacimiento a la vida extra uterina; los tres años del complejo de Edipo; la pubertad del desarrollo físico; la adolescencia de la búsqueda de la autonomía de la dirección de los padres; la juventud de la búsqueda y de las primeras asunciones de responsabilidad concernientes al futuro propio; la primera edad adulta de la realización de los objetivos y de la elaboración de los propios fallos; la ancianidad de la recuperación del sentido del existir sin la perspectiva de los objetivos a largo término...

No existe una edad en la cual me paro del "llegar a ser", del crecer, porque la vida continúa y cambia continuamente. Existen etapas sucesivas, es decir, momentos de paso para atravesar y superar porque debemos adquirir cosas nuevas que antes no teníamos y debemos dejarnos atrás aquellas cosas que no son coherentes con la nueva situación en la que nos encontramos. Esto nos incomoda, crea cansancio y con frecuencia sufrimiento. Estas etapas son siempre "crisis" y la crisis se condena al infantilismo y a la regresión: nos condenamos a la muerte psicológica y al mantener en el tiempo situaciones de sufrimiento. ¿Y esto por qué? Porque no afrontando la crisis me impido asumir aquellas características de la persona que me permiten afrontar de manera adecuada la realidad y de alcanzar la felicidad, la realización de mi vida.

Pero la cosa no acaba aquí... Aún nos queda mucho por hablar, ¡porque el Evangelio tiene todavía mucho que decirnos!

Si quieres puedes escribir a R. F. clicando en el dibujo