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Ser adolescentes es duro.
Sientes que la infancia está a las espaldas pero el mundo de los grandes
continúa a tratarte como si fueras un niño: no puedes decidir, no puedes
hacer aquello que quieres y debes someterte a las normas de los adultos.
Una vez he oído lamentarse a un chico de su padre diciendo: "Pero bueno,
¡no soy también yo un hombre!". Aquí entramos en terreno difícil no sólo
para los adolescentes sino también para los llamados "mayores". ¿Quién es
el hombre? Se da por descontado el significado, después de hecho se va a
tientas y adolescentes y adultos frecuentemente se chocan sin entender-se.
Entonces, ¿por qué no explicar quién es el hombre?
Es una pregunta difícil y las
respuestas pueden ser las más diversas. Después, mirando la situación en
la que vive el mundo de hoy, entre guerras y terrorismo, riqueza
desproporcio-nada en manos de unos pocos respecto a la pobreza mortal
repartida por el mundo, criminalidad, etc. se siente una fuerte tentación
de dar una respuesta pesimista. Podemos comenzar también de la
constatación que el hombre es egoísta. A pesar de un punto de partida
pesimista del hombre es posible llegar a descubrir que su realidad más
íntima es siempre positiva.
Si leemos la definición de
egoísmo en el diccionario de la lengua italiana de UTET encontramos dos
definiciones, una lingüística y la otra psicoanalítica (“Disposición
de quien se preocupa únicamente de sí mismo y busca exclusivamente
lo que le es útil y la satisfacción del propio bienestar, defendiendo con
celoso apego los bienes propios materiales y espirituales impidiendo el
goce y la participación de los otros. En el psicoanálisis: cierre
responsable hacia intereses altruistas y colectivos en personas que
tendrían la capacidad mental de establecer relaciones objetivas con
otros"). Ambas definiciones
explican el egoísmo a partir de una negación de la relación, es decir, se
fundan sobre el presupuesto que el hombre es normalmente un ser en
relación. Si no se partiera del hecho de que el hombre es un ser en
relación no se podría ni siquiera hablar de egoísmo...
El hombre nace y se hace a sí mismo a
través de la relación y busca constantemente la relación. Cada uno de
nosotros llega a ser lo que es construyéndose sobre el fundamento de las
relaciones que ha vivido. Nuestra fuerza y nuestras debilidades han nacido
de la relación con nuestros padres, nuestros parientes, nuestros amigos,
nuestros profesores, con las personas que nos han amado o nos han odiado,
con las personas que nos tendrían que haber amado y no lo han hecho, con
las personas que no tenían motivo para amarnos y en cambio nos han amado,
con las personas que amamos o que odiamos. En otras palabras, nuestros
talentos o nuestros miedos se han desarrollado en base a lo positivo o a
lo negativo de las relaciones que para nosotros son importantes. Si mis
padres me han negado el afecto, justo cuando tenía necesidad de apoyo
-especialmente en la infancia- creceré más fácilmente inseguro y con una
estima de mí mismo muy baja; si en la infancia y en la adolescencia me he
visto repetidamente traicionar en la confianza de los amigos más íntimos o
de las personas que más me quieren me encontraré descon-fiado y pesimista
en relación con la vida... Es decir, nosotros continuamente podemos decir
que somos en base a las relaciones que realizamos con quien nos está
cerca: somos profundos o cínicos, malos o dulces, serenos o sombríos en
base a estas relaciones. Somos verdaderamente felices o tristes si
nuestras relaciones son gratificantes o menos, especialmente con quien
queremos: nuestra vida cambia según si hay un abrazo o no, si hay
una mirada o no, si hay una caricia o no... Porque la relación es
constitutiva del ser hombre y la madurez se mide en la capacidad de
relación con los demás: el hombre es persona. El concepto de
persona ve al hombre en su condición social a diferencia del concepto de
individuo que lo ve como absoluto, como centro del mundo en torno a
sí.
Como afirmaba el mismo Freud
la plenitud de la humanidad se mide en su capacidad de "oblación", es
decir de donación desinteresada de sí, porque la madurez está en el
superar el principio del placer (que piensa sólo en satisfacerse) para
dejarse conducir en la vida adulta por el principio de realidad (donde
debes construirte en una red de relaciones).
Y ahora, ¿qué parte de
nosotros entra en relación con los otros?
¿Los afectos y los
sentimientos? Ciertamente, pero no sólo:
personas muy sosas y afectuosas que después no son concretas y cansan
pronto a los otros con quienes se relacionan.
¿La
inteligencia? Seguro, pero ella sola no
nos hace capaces de relación: personas demasiado intelectuales parecen
después también demasiado lejanas de las realidades, como las personas
demasiado listas llegan a ser no dignas de confianza y alejan a los
otros.
¿Mi cuerpo? Es necesario porque es a
través de mi cuerpo que veo, escuho, me relaciono con el otro pero solo no
es suficiente: también personas bellísimas pero sin corazón y sin cerebro
se reducen a bellas cajas vacías y que usas pero no amas.
¿La voluntad? Ciertamente, porque debo yo
elegir si quiero ponerme en relación con los otros, debo elegir amar, pero
si no pongo el corazón me seco: no puedo vivir haciendo las cosas sólo
porque son justas, debo descubrir que más allá de justas aquellas cosas
son bonitas.
En conclusión, el hombre no es sólo este o aquel
aspecto sino que es todo esto puesto junto. Nuestro error es que en la
relación -en nuestro modo de amar- usamos sólo uno o alguno de estos
aspectos, aquello que nos parece más fácil usar por nuestro temperamento y
carácter: puede ser suficiente comenzar una relación pero no basta para
hacerlo crecer y cuidarlo en el tiempo. Por lo cual creemos que baste
pensar a una persona y probar sentimientos hacia ella para quererla.
Entonces decimos al otro: "te quiero", lo abrazamos, puede que incluso le
mandemos sms o le demos unos toques al móvil, después no nos damos cuenta
que está mal, qué vive y cómo está realmente. O en cambio, si nos damos
cuenta, estamos también nosotros mal pero luego concretamente no nos
hacemos presentes, no usamos de nuestro tiempo para ellos, preferimos
salir con los amigos. O en cambio podemos decirle al otro "te quiero" y
estamos convencidos, pero somos ariscos y respondemos mal, o queremos
siempre tener razón, no escuchamos lo que el otro nos dice y no le damos
ni el tiempo ni la ocasión para expresarse... El hecho es que no basta
pensar que se es de una manera (cariñoso, afectuoso y servicial) para
serlo. No basta querer ser don para amar, porque no es suficiente el
propósito hasta que éste no se realice.
¿Y esto por qué?
Porque inteligencia,
afectividad, voluntad y corporeidad deben encontrar una armonía entre
ellas y esta armonía no es ya bonita hasta que no se hace realidad.
En el hombre
está la dura ley del crecimiento: no se nace maduros y
armónicos sino se llega poco a poco. Esto no puede darse por
supuesto: es necesario un camino de crecimiento.
Es necesario ser humildes y
molestarse,
bajando del pedestal orgulloso que todos nosotros nos hacemos cuando nos
decimos que estamos ya bien así, que no tenemos ya nada más que aprender.
Una persona así, cualquiera que sea su edad – 14, 18, 26, 50, 80 años – es
una persona destinada a hacer el mal a sí misma y a hacer el mal a los
otros porque el crecer y el cambiar radica en nuestra naturaleza física,
biológica y psicológica.
El hombre no es sólo un ser
en relación sino que es al mismo tiempo un ser en continuo cambio
y nuestra misma
naturaleza nos pone etapas: el nacimiento a la vida
extra uterina; los tres años del complejo de Edipo; la pubertad del
desarrollo físico; la adolescencia de la búsqueda de la autonomía de la
dirección de los padres; la juventud de la búsqueda y de las primeras
asunciones de responsabilidad concernientes al futuro propio; la primera
edad adulta de la realización de los objetivos y de la elaboración de los
propios fallos; la ancianidad de la recuperación del sentido del existir
sin la perspectiva de los objetivos a largo término...
No existe una edad en la cual
me paro del "llegar a ser", del crecer, porque la vida continúa y cambia
continuamente. Existen etapas sucesivas, es decir, momentos de paso
para atravesar y superar porque debemos adquirir cosas nuevas que
antes no teníamos y debemos dejarnos atrás aquellas cosas que no son
coherentes con la nueva situación en la que nos encontramos. Esto nos
incomoda, crea cansancio y con frecuencia sufrimiento. Estas etapas son
siempre "crisis" y la crisis se condena al infantilismo y a la regresión:
nos condenamos a la muerte psicológica y al mantener en el tiempo
situaciones de sufrimiento. ¿Y esto por qué? Porque no afrontando la
crisis me impido asumir aquellas características de la persona que me
permiten afrontar de manera adecuada la realidad y de alcanzar la
felicidad, la realización de mi vida.
Pero la cosa no acaba aquí... Aún nos queda mucho por hablar, ¡porque
el Evangelio tiene todavía mucho que decirnos! |