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Una imagen: el ratón y el doble click   que se ejecuta con el botón derecho.
 A veces
la relación con nuestra vida se desarrolla así: hay experiencias nuestras, maneras de ser nuestras que quedan como iconos en una esquina de la pantalla de nuestro ordenador. Están quietas, como en "stanbay", pero no sabemos lo que hay dentro, o si lo sabemos tememos el contenido y por eso evitamos de abrirlo. Y sin embargo es importante que lleguemos hasta allí, a ese icono y pulsar en él, para ver qué hay dentro, como funciona e incluso, pararnos a poner un poco de orden.
               

 Acogida...
  No es sólo un accesorio de la relación (
by R.F.)

En otro "Doble Click" hemos hablado de lo importante que es en una relación hacerse cercano a la persona que queremos encontrar: se trata de "hacerse prójimo". Aunque puede que nosotros nos acerquemos, pero que el otro no. Para que la cercanía sea recíproca es importante una gran cualidad del amor: la acogida.

¿Cómo se expresa la acogida hacia el otro? Puede haber comportamientos exteriores que ayudan o, al contrario, impiden la acogida. Sin embargo, estos comportamientos siempre deben surgir de una fuerza interior, pues en caso contrario el otro se entera que se trata de algo fingido e instrumental, un favor hecho por obligación o peor por una "zalamería", para quedar bien o lograr algo. Para que los comportamientos externos sean lo más auténticos posibles, y no "forzados" el Evangelio nos sugiere un pequeño truco que es formidable: ver a Jesús en todos.
Jesús lo ha dicho: "Todo lo que hagáis al más pequeño a mi me lo hacéis". Jesús está realmente presente en el corazón de cada hombre, lo sepa o no lo sepa , sea que nosotros lo juzguemos como bueno o como malo. Si nos acercamos al otro viendo a Jesús presente, si nos acordamos de cuanto nos amó en la cruz, resulta más fácil ser acogedores, porque respondemos al amor que Él nos da en aquel prójimo que encontramos. Y nuestro gesto nace en nosotros con mayor autenticidad.

Para ser acogedores hacia el otro hay que partir de algunos comportamientos pequeños pero importantes: sonreír, mirar al otro a la cara, si no a los ojos, acercarse incluso físicamente al otro, tener de salida una posición "abierta" tanto de brazos como de manos (si me acerco con los brazos cruzados, sin ademán de abrirlas, ciertamente no pondré cómodo a quien tenga por delante), un apretón de mano decidido, pero no excesivo (sería señal de intrusión), tener un matiz de voz abierto y caluroso.
Sin embargo la manera con que más manifestamos nuestra acogida es la capacidad de escuchar.

Punto fundamental: ¿sabemos escuchar? Si nos fijamos en como hablamos entre nosotros (yo o cualquiera de vosotros), como se cotillea o se comenta con el vecino, como se juega con el móvil, como interrumpimos al otro que está hablando, tengo mis dudas. Sin el silencio, sin mirar al otro que nos habla, ¿cómo puedo dar a entender al otro que lo escucho y lo acojo? No basta que yo me esfuerce en amar: no sirve de mucho si el otro no se entera. Un amor que no llega a su destino no es amor.

No hay que dar como supuesto que sepamos escuchar. Hay 3 niveles de escucha:

Escucha fingida:
Es un escucha "a ratos", en medio de distracciones, fantasías; en todo caso fiándonos de nuestra intuición, que con demasiada prisa coge lo "importante", descuidando lo menos importante. Es una escucha pasiva, sin reacciones, aceptada sólo como una oportunidad de poder hablar.

Escucha lógica:
Nos sentimos satisfechos cuando escuchamos aplicando un eficaz control del significado lógico de lo que se nos dice. La atención se concentra en el contenido de lo que se nos dice, mientras el otro puede tener la convicción equivocada que ha sido comprendido

Escucha activa empática:
Nos ponemos en la situación de "escucha eficaz" intentando situarnos "en el lugar del otro", intentando descubrir el punto de vista de quien tenemos por delante, descubriendo, en cuanto humanamente posible, las sensaciones que manifiesta. Atención: en esta modalidad se excluye el juicio, y también el consejo y la tensión de "implicarse" para resolver el problema". Si estamos demasiado concentrados en dar consejos no se percibe lo que de verdad el otro necesita, y el consejo resultará pegado con alfileres.

Para lograr este tipo de escucha hay que activar una postura interior que se llama empatía. La empatía es focalizar el mundo interior de quien tengo delante, es la capacidad de intuir lo que le agita, como se percibe en una situación y lo que realmente siente, más allá de lo que dicen sus palabras. Es la capacidad de leer entre líneas, de captar los indicadores de las emociones, de recibir las señales no verbales que indican un estado de ánimo e intuir qué valor tiene para el otro esa situación, sin dejarse guiar por los esquemas mentales propios.

La comprensión empática es distinta de la intelectual.  En efecto la comprensión intelectual se concentra en hechos, indaga como realmente ocurren las cosas y reconstruye la dinámica exacta de lo ocurrido. La comprensión empática es más sutil y compleja que la intelectual y precisa mayor sensibilidad.

Lo componentes de la empatía son: silencio, transparencia, comprensión empática y aceptación sin condiciones.

Silencio:  Es la "condicio sine qua non" para poder escuchar. Sin el silencio la escucha es una empresa sin esperanza. Fundamentalmente no se trata de un silencio exterior, sino de una dimensión interior, donde los pensamientos propios se callan, los sentimientos propios se desplazan, igual que las propias preocupaciones, los esquemas propios, la cultura propia y la experiencia propia. Esto no significa renegarlas, sino ponerlas en un paréntesis, como en stand by. En caso contrario todos estos elementos dentro de nosotros causarían un tal estruendo que resultaría imposible acoger cuanto el otro non relata: quedaría de tal manera filtrado, que sólo nos llegaría algún retal incomprensible.

Transparencia: es la concordancia entre los sentimientos manifestados y los realmente experimentados. Si el otro percibe transparencia, se abre con confianza, en caso contrario se cierra definitivamente.
Transparencia no significa descubrir de forma impulsiva todos los sentimientos, sino no fingir un sentimiento, cuando realmente se siente otro, porque el interlocutor notaría la disonancia.

Comprensión empática:  consiste en meterse en la piel del otro para comprender sus puntos de vista, sin asumirlos como propios, sino manteniendo el control: un enfermero que se pusiera en la situación del enfermo dejándose dominar por el dolor de sus sufrimientos dejaría al enfermo más hundido, en vez que proporcionarle alivio.

Aceptación incondicionada: consiste en abstenerse de evaluaciones, aprobaciones o no aprobaciones, y en correcciones. La comprensión empática implica la suspensión de las valoraciones sobre los sentimientos manifestados por el interlocutor. Puedo no estar de acuerdo, no lo debo ocultar, pero no lo impongo. La no imposición a menudo anima al otro a preguntar mis motivos y a aceptarlos como ayuda.

Todo esto  no sería otra cosa que el comportamiento de Jesús con los hombres: Él, por primero, ha tenido con  nosotros una relación empática.

Bajó del Paraíso, se puso a nuestro nivel, nos ha mirado a los ojos, ha vivido nuestra situación, ha usado de nuestras palabras para confiarnos su realidad más íntima, ha escuchado nuestros dramas, tomándolos como suyos, hasta gritar en la cruz todos los dolores del mundo, encerrándolos en una invocación desesperada al Padre: "Dios mío ¿por qué me has abandonado?". Y esto para que todos, también quien se encuentra alejado de Dios o sin Dios se sienta acogido y no juzgado. Se ha hecho uno de nosotros: se ha hecho "el otro".
Esto significa acoger, de aquí nace el amor: de volverse el otro, como ha hecho Jesús.
Vivir la Misa con esta conciencia nos hace verdaderamente capaces de amar.