Una imagen: el ratón y el doble clic que se hace pulsando el botón izquierdo. A veces la relación con nuestra vida es un poco así: existen experiencias propias, modos personales de actuar, que permanecen como ciertos iconos en un ángulo de la pantalla del ordenador. Están allí, como en standby, y no sabemos que hay dentro o, si lo sabemos, tememos conocer el contenido o evitamos abrirlo. Pero es importante que de vez en cuando tengamos el coraje de llegar allí, sobre ese icono, y de  clicar encima, para ver qué contiene, cómo funciona y, quizás, pararse a poner un poco de orden...

 Pero... el amor ¿qué es?
  Luces desde el himno a la Caridad de S. Pablo (
by R.F.)


Muchas veces en "Doble click" hemos intentado comprender  primero las dinamicas internas del amor cristiano y sus manifestaciones, como un camino propedéutico que abarque en concreto nuestra humanidad y nuestra psicología. En efecto, hemos resaltado el primer paso del amor, el momento de acercarse al otro, "bajarse" a su nivel o, como dice Jesús en la parábola del Buen Samaritano, "hacernos prójimo". Luego  la acogida y capacidad de escucha empática. Son pasos fundamentales, porque si estamos lejos del hermano, del otro, ¿cómo podemos amarlo?

Pero ahora llega lo interesante: una vez que soy "prójimo" del hermano ¿qué debo hacer? Muchas veces hemos hablado del amor, muchas veces hemos intentado comprender la diferencia entre el amor humano y el amor evangélico. Creo que muchas veces también hemos intentado practicarlo en nuestras relaciones. Pero a menudo hemos fallado. Nunca terminamos de aprender el amor cristiano  porque es tan grande como Dios, y siempre estamos en camino.

Ahora pedimos ayuda a S. Pablo que lo describe espléndidamente, dejándonos boquiabiertos. Explica a los Corintios que en la vida se pueden poseer los  mejores talentos, pero si falta el amor de Dios nada vale de lo que hagamos. Luego indica unos elementos que explican el amor:

"El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece;  no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. (1ª Cor 13, 4-7).  

S. Pablo enumera 15 características del amor: 2 positivas, iniciales, que describen como vivió Jesús (Paciente y Benigno), 8 negativas que señalan las desviaciones de la conducta humana (en especial se refiere a a la conducta de los cristianos de Corinto), 1 otra característica positiva (congratularse de la verdad) que cierra el ciclo de las negaciones, y luego 4 afirmaciones que muestran la capacidad del amor en aceptar todo (sufre, cree, espera, soporta).

En las dos primeras afirmaciones iniciales, que describen a Jesús, está la síntesis de todo.

El amor es paciente.

Porque, para poder amar de verdad, hace falta ser paciente también con nosotros mismos. Amar compromete, no basta con una buena acción: es preciso perseverancia, empeña, pide sacrificio, capacidad de levantarse después de los errores y derrotas. Es preciso saber implicarse continuamente, no conformarse con el primer resultado, como si se tratara sólo de unos deberes para casa. Amar abarca toda la vida de una persona, todas sus relaciones, su tiempo. No es algo de poco calado, porque es necesario toda nuestra paciencia y mucho más.

Algunos traducen la palabra griega usado por S. Pablo con "paciente", y a veces  también con "tolerante". Una persona tolerante no es sólo paciente, sino que tiene un comportamiento tolerante, no entendido como dejar hacer, sino como capacidad de perdonar, de saber atender, de saber esperar que el otro pueda expresarse también en el bien.

Significa que la persona que ama es una persona acogedora con todos, incluso con quien no se muestra amable al comienzo, sino que es capaz de entrever como pudiera ser si se sintiera amada, más allá de los errores que comete y de los defectos que tiene. Un cristiano sabe que en todo prójimo está Jesús. Él mismo lo ha dicho: "cualquier cosa hagáis al más pequeño de mis hermanos, a mi me lo habéis hecho".  El cristiano sabe que la presencia de Jesús en el prójimo no alcanza enseguida su plenitud y sabe que sólo por medio del amor, que recibirá, esta presencia de Jesús se manifestará cada vez más . Por eso no tiene prisa: es tolerante. Sabe dar al otro todo el tiempo necesario, y es constante en amar todo el tiempo necesario. Las prisas son enemigas del amor; para amar es preciso estar dispuesto a "perder" tiempo.

El amor es benigno.

Con la palabra benignidad nos involucramos en un aspecto esencial del amor: buscar el bien del otro. Queda claro que quien ama no tiene como fin buscar su bienestar, sino el del otro. Esto indica que la medida para medir el amor no soy yo, mi forma de pensar, mis convicciones, mis costumbres, mi cultura, mis comodidades, mi bien, sino el bien del otro. Esto significa estar dispuesto incluso a sufrir por el otro, porque no siempre lo que yo considero  como bien mío coincide con el bien del otro. ¿No ha muerto Jesús en la cruz para lograr el bien nuestro?  El misericordioso padre del hijo pródigo ¿no está apenado por el hijo que lo abandona? Sin embargo ¿no se olvida de esa pena cuando el hijo regresa? ¿No se alegra por él?

Por eso cuando me acerco al prójimo, cuando hago algo por él,  tengo que ponerme continuamente esta pregunta: ¿para quién lo estoy haciendo? ¿Estoy buscando el bien mío o del otro ? Hasta que no sepa ponerme esta pregunta no lograré liberar el amor que hay en mi, y hasta que no sea sincero conmigo mismo en contestar a esta pregunta no amaré realmente.

Descubriremos que renunciar a nuestro "bien" por el del otro realizará la paradoja de procurar nuestro bien verdadero, porque permite que crezca en nosotros aquella presencia de Jesús que veíamos en la perspectiva del otro. Transformarnos en Jesús significa alcanzar la plenitud de nosotros mismos,  con los logros de paz, gozo, belleza a que aspira todo ser humano, hombre y mujer.

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