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Muchas veces en "Doble click"
hemos intentado comprender primero las dinamicas internas del amor
cristiano y
sus manifestaciones, como un camino propedéutico que abarque en concreto
nuestra humanidad y nuestra psicología. En efecto, hemos resaltado el primer paso del amor, el momento de acercarse al
otro, "bajarse" a su nivel o, como dice Jesús en la parábola del Buen
Samaritano, "hacernos prójimo". Luego la acogida y capacidad de
escucha empática. Son pasos fundamentales, porque si estamos lejos del
hermano, del otro, ¿cómo podemos amarlo?
Pero ahora llega lo interesante:
una vez que soy "prójimo" del hermano ¿qué debo hacer? Muchas veces
hemos hablado del amor, muchas veces hemos intentado comprender la
diferencia entre el amor humano y el amor evangélico.
Creo que muchas veces también hemos intentado practicarlo en nuestras
relaciones. Pero a menudo hemos fallado. Nunca terminamos de aprender el
amor cristiano porque es tan grande como Dios, y siempre estamos
en camino.
Ahora pedimos ayuda a S. Pablo que lo
describe espléndidamente, dejándonos boquiabiertos. Explica a los
Corintios que en la vida se pueden poseer los mejores talentos,
pero si falta el amor de Dios nada vale de lo que hagamos. Luego indica
unos elementos que explican el amor:
"El amor es sufrido, es benigno; el amor
no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace
nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se
goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo
cree, todo lo espera, todo lo soporta. (1ª Cor 13, 4-7).
S. Pablo enumera 15 características del
amor: 2 positivas, iniciales, que describen como vivió Jesús (Paciente y
Benigno), 8 negativas que señalan las desviaciones de la conducta humana
(en especial se refiere a a la conducta de los cristianos de Corinto), 1
otra característica positiva (congratularse de la verdad) que cierra el
ciclo de las negaciones, y luego 4 afirmaciones que muestran la
capacidad del amor en aceptar todo (sufre, cree, espera,
soporta).
En las dos primeras afirmaciones
iniciales, que describen a Jesús, está la síntesis de todo.
El amor es paciente.
Porque, para poder amar de verdad, hace
falta ser paciente también con nosotros mismos. Amar compromete, no
basta con una buena acción: es preciso perseverancia, empeña, pide
sacrificio, capacidad de levantarse después de los errores y derrotas.
Es preciso saber implicarse continuamente, no conformarse con el primer
resultado, como si se tratara sólo de unos deberes para casa. Amar
abarca toda la vida de una persona, todas sus relaciones, su tiempo. No
es algo de poco calado, porque es necesario toda nuestra paciencia y
mucho más.
Algunos traducen la palabra griega usado por S. Pablo con
"paciente", y a veces también con "tolerante". Una persona
tolerante no es sólo paciente, sino que tiene un comportamiento
tolerante, no entendido como dejar hacer, sino como capacidad de
perdonar, de saber atender, de saber esperar que el otro pueda
expresarse también en el bien.
Significa que la persona que ama es una
persona acogedora con todos, incluso con quien no se muestra amable al
comienzo, sino que es capaz de entrever como pudiera ser si se sintiera
amada, más allá de los errores que comete y de los defectos que tiene.
Un cristiano sabe que en todo prójimo está Jesús. Él mismo lo ha dicho:
"cualquier cosa hagáis al más pequeño de mis hermanos, a mi me lo habéis
hecho". El cristiano sabe que la presencia de Jesús en el prójimo
no alcanza enseguida su plenitud y sabe que sólo por medio del amor, que
recibirá, esta presencia de Jesús se manifestará cada vez más . Por eso
no tiene prisa: es tolerante. Sabe dar al otro todo el tiempo necesario,
y es constante en amar todo el tiempo necesario. Las prisas son enemigas
del amor; para amar es preciso estar dispuesto a "perder" tiempo.
El
amor es benigno.
Con la palabra benignidad nos involucramos
en un aspecto esencial del amor: buscar el bien del otro.
Queda claro que quien ama no tiene como fin buscar su bienestar, sino el
del otro. Esto indica que la medida para medir el amor no soy yo, mi
forma de pensar, mis convicciones, mis costumbres, mi cultura, mis
comodidades, mi bien, sino el bien del otro. Esto significa estar
dispuesto incluso a sufrir por el otro, porque no siempre lo que yo
considero como bien mío coincide con el bien del otro. ¿No ha
muerto Jesús en la cruz para lograr el bien nuestro? El
misericordioso padre del hijo pródigo ¿no está apenado por el hijo que
lo abandona? Sin embargo ¿no se olvida de esa pena cuando el hijo
regresa? ¿No se alegra por él?
Por eso cuando me acerco al prójimo,
cuando hago algo por él, tengo que ponerme continuamente esta
pregunta: ¿para quién lo estoy haciendo? ¿Estoy buscando el bien mío o
del otro ? Hasta que no sepa ponerme esta pregunta no lograré liberar el
amor que hay en mi, y hasta que no sea sincero conmigo mismo en
contestar a esta pregunta no amaré realmente.
Descubriremos que renunciar a nuestro
"bien" por el del otro realizará la paradoja de procurar nuestro bien
verdadero, porque permite que crezca en nosotros aquella presencia de
Jesús que veíamos en la perspectiva del otro. Transformarnos en Jesús
significa alcanzar la plenitud de nosotros mismos, con los logros
de paz, gozo, belleza a que aspira todo ser humano, hombre y mujer. |