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Hablar de María en Jerónimo no es una cosa fácil, ya
que no tenemos ningún escrito suyo en el que hable de ella de manera
explícita. Esto nos lleva, entonces, a intentar intuir algo de entre las
pocas referencias que su historia y los documentos que a él se refieren nos
han dejado. En el fondo, la escasez de referencias parece asemejarse a los
mismos evangelios en los cuales María aparece sólo en cinco episodios: y a
pesar de aquella “discrección” de los evangelios al presentar a María,
podemos sacar una riqueza enorme.
La primera pista. De san Jerónimo es bien conocido el milagro que abrió su vida a
un lento e irreversible camino de conversión. Lo testifica el libro IV de
los milagros del santuario de la Madonna Grande de Treviso. Aquí se narra
como Jerónimo, hecho prisionero durante la guerra entre Venecia y la liga
de Cambrai, fue prodigiosamente liberado después de haber invocado la ayuda
de María y conducido sano y salvo entre el ejército enemigo hasta Treviso.
Ante este hecho es innecesario el especular sobre cómo ocurrió. Además, los
libros originales de las gracias recibidas del santuario fueron destruidos
por un incendio y reescritos gracias a los recuerdos de un canónigo
basándose seguramente en las tablas votivas. Por lo que la aparición de la
Virgen queda como un misterio ya que en las tablas votivas (incluso
recientes) de todos los santuarios, se ve siempre la imagen de la Virgen
que bendice al lado de la descripción gráfica de la situación dramática en
la que ha intervenido su gracia. Pero queda el hecho que la referencia a
tal gracia recibida por Jerónimo exista. Es un hecho relevante ya que
cuando llegó libre a Treviso la mañana del 27 de septiembre de 1511, del
santuario de la Madonna Grande no existía nada más que alguna ruína, porque
las piedras del edificio fueron usadas para reforzar los muros de la
ciudad. Por eso Jerónimo, para dar fe de su voto tuvo que volver mucho
tiempo después, cuando la guerra había acabado y el edificio fue
reconstruído. Señal de que aquella noche entre el 26 y el 27 de septiembre
ocurrió algo verdaderamente importante que reforzó la relación entre
Jerónimo y María, una relación que no fue olvidada con el pasar del tiempo,
una relación de gran profundidad de la cual él nunca habla pero que se
intuye entre líneas.
Una segunda pista es el testimonio indirecto, pero clarísimo, de esta
relación que encontramos en la segunda carta de Jerónimo, escrita en
Venecia el 21 de julio de 1535. Jerónimo ha sido llamado por obediencia a
poner orden en los hospitales de los cuales él había sido responsable. Al
mismo tiempo sus comunidades de las provincias de Bérgamo y Como están en
graves dificultades y parece que estén a punto de desmembrarse, por lo
que piden la ayuda de Jerónimo. Él
responde una primera vez declarando que la Compañía obtendrá el intento no
con su presencia sino si será capaz de “estar con Cristo” y con la segunda
carta busca explicar a sus compañeros cuál es el estilo que Dios usa con
aquellos que lo intentan seguir.
Y
es en este contexto que Jerónimo comienza a expresarse con una
concatenación de citas implícitas de la Sagrada Escritura, entre las que
sobresale el Magnificat. Expresando cuál es el segundo motivo por el cual
cree que Dios ha permitido una situación parecida escribe: “para acrecentar vuestra fe en El solo y
no en otros, ya que -como os he dicho antes- Dios no realiza sus obras en
aquellos que no han depositado toda su fe y esperanza en él solo; en cambio,
a aquellos que tienen gran fe y esperanza los ha colmado de caridad y ha
realizado grandes obras en ellos. Así pues, no desfalleciendo vosotros
de fe y esperanza, él hará con vosotros grandes cosas, exaltando a los
humildes.” No se puede decir que Jerónimo no haya experimentado en sí
mismo cuanto afirma, ya que ha rehecho su vida a partir de la experiencia
de la prisión, en la que se sintió considerado menos que una persona,
moneda de cambio en manos de los mercaderes de Mercurio Bua. Allí a comenzado su relación
con María y también su acercamiento a Dios. Es un hecho que
seguramente podrá darle la clave de lectura de los eventos que sucederán
después. Además esta humillación y exaltación las ha experimentado también
cuando alrededor de 1525 comienza un decidido acercamiento a la fe que lo
conduce a frecuentar iglesias y predicaciones. En este momento de su vida
toma conciencia de sus errores pasados que pesan sobre él como si fueran
una condena definitiva, ya que se encuentra con frecuencia llorando delante
del Crucificado “pidiéndole no serle juez sino salvador”. Pero de frente al
Crucificado descubre la misericordia y el amor del Padre celestial que lo
acoge. Lo ha experimentado todavía con violencia cuando en 1529, durante la
epidemia de peste curando a los enfermos contrajo la enfermedad. Dado por
desahuciado, improvisa e inexplicablemente curó en pocos días. No pasaron
ni diez años de este hecho que Jerónimo se encontró abriendo la primera
escuela de S. Roque con los niños, comenzando la aventura que fue una
revolución en las regiones de Bérgamo, Milán y Como. Se puede intuir que
María llega a ser de alguna forma un modelo de referencia para comprender
la acción de Dios en relación con quien lo sigue. El estilo del magnificat
citado en la 2ª carta viene repropuesto como modelo también para sus compañeros. Por eso María aparece
para Jerónimo ante todo como modelo de experiencia cristiana, del
seguimiento de Cristo.
Una tercera pista es la oración de Jerónimo, la más conocida como
“nuestra oración”. Se reza a María gloriosa junto a la Trinidad: “Por el
camino de la paz, de la caridad y de la prosperidad, me guíe y me defienda
el poder de Dios Padre, la sabiduría del Hijo y la fuerza del Espíritu
Santo, y la gloriosa Virgen María”. Se le invoca como Madre de
las gracias para obtener la “santa gracia” de confiar “en nuestro Señor
benignísimo y tengamos verdadera esperanza en él solo, porque todos los que
esperan en él no serán confundidos y quedarán estables fundados sobre la
roca firme”. Y continúa: “Pidamos también a la Virgen que se digne de
interceder ante su queridísimo Hijo por todos nosotros, para que se digne concedernos
ser humildes y mansos de corazón, de amar a su Divina Majestad sobra toda
otra cosa y a nuestro prójimo como a nosotros mismos y para que estirpe
nuestros vicios, nos aumente las virtudes y nos conceda su santa paz”.
María es contemplada como modelo de vida cristiana: además de ser modelo a
través del Magnificat (estar enraizados en Dios a través de la propia
humildad, para que Dios obre) es quien puede obtener el don para que este
modelo se realice en la vida de Jerónimo, de sus compañeros y de sus niños.
No olvidemos que esta oración era recitada por todos en la comunidad,
incluidos los niños. Es digno de nota que en “nuestra oración” se recita el
Avemaría ocho veces. Por eso no nos sorprende que en las comunidades de
Jerónimo se recitara el Rosario todos los días y que el mismo Jerónimo lo
recitase cada vez que podía, como testimonia p. Jerónimo Novelli, huérfano
que más tarde fue somasco: “(estaba en) oración casi continuamente, ya que
andando, estando sentado, trabajando, mientras el trabajo no necesitase el
uso de las manos, se le veía siempre con el rosario en la manos. Y
esta costumbre de rezar la he visto con mis propios ojos que continuaba
perfectamente entre muchos de sus primeros discípulos”. Puede que Jerónimo
no hable mucho de María pero seguramente le reza, de Ella recibe la luz
para comprender la acción de Dios y el seguimiento de Cristo, y se
convierte en compañía discreta de su caminar y de su comunidad.
Quería
concluir con una mirada a la vida de
Jerónimo que silenciosamente, y puede que inconscientemente, nos
orienta hacia un estilo de vida “mariano”. Por otra parte, su más íntima
aspiración era la de seguir a su amadísimo Cristo. Y este seguimiento no
puede que acercar a la discípula por excelencia de Jesús: María, su madre.
La mansedumbre es una de las cosas que más llama la
atención a aquellos que ven desarrollarse su camino de conversión. La biografía del Anónimo
refiere un episodio singular: “Un día que lo habían ofendido grave e
injustamente -como luego me contó el magnífico señor don Paolo Giustiniani,
testigo ocular del hecho amenazado por un pobre loco con que le arrancaría
uno a uno los pelos de su larga barba, le contestó sencillamente: si así lo
quiere Dios, aquí me tienes, ¡adelante! Los presentes comentaban que si
Jerónimo fuese el de otros tiempos, no sólo no hubiese tolerado tal ofensa,
sino que habría despellejado vivo al agresor”. Más arriba recordábamos como
en “Nuestra oración” imploraba de la Virgen la gracia de la mansedumbre de
corazón.
La ternura es otro de los aspectos que encontramos
en Jerónimo. Lo hallamos en su vocabulario, ya que en “Nuestra oración”
llama a Jesús con el apelativo de “dulce” (“Dulce padre nuestro, Señor
Jesucristo...) y considera al Padre celeste como al “benignísimo” (así lo
llama en la 5ª carta: “Por
lo cual si vos habéis hecho de vuestra parte cuanto habéis podido, el Señor
estará satisfecho de vos, puesto que, ante él, que es benignísimo”). Pero esta mansedumbre y
benignidad era un rasgo de su manera de relacionarse con la gente, ya que
un amigo suyo capuchino, el Molfetta, así lo recuerda: “Y
con mucha dulzura y benignidad os recogió, curándoos las almas con los santos
ejemplos de su vida y con las palabras; con las manos, las enfermedades
corporales, como la tiña y otros muchos males”.
La acogida es otro rasgo muy marcado que lo hace
capaz de allegar a pobres, apestados, prostitutas, gente de mal vivir. Así
lo describe mons.
Lippomano, obispo de Bérgamo: “y esto ya se ve por el manifiesto ejemplo de
algunas públicas prostitutas, las cuales, abandonada su infame vida, se han
convertido a una saludable penitencia; y muchos otros también de ambos
sexos, alimentados en las delicias y placeres carnales, con pruebas,
curas y trato misericordioso, con exhortaciones, los llevó a ser generosos
y caritativos y a dejar el deshonesto y vicioso conversar”. Jerónimo
demuestra una increíble capacidad de descubrir con su acogida lo positivo
oculto, incluso en el más desgraciado, y hacerlo emerger, como una madre
con los hijos. Su acogida es activa, no espera sino que se propone, un poco
como María que va con Isabel. Es así como nos lo testimonia todavía el
Molfetta: “Salía personalmente a buscaros por las calles
y en las puertas para daros de comer”. De la acogida va puesto de relieve un aspecto más amplio que
abarca a toda la Iglesia. También el Molfetta atestigüa que Jerónimo
“tuvo el ardentísimo deseo de atraer y unir a Dios hombres de
cualquier estado, grado y condición”. Jerónimo amaba a la Iglesia, rezaba cada día en
“nuestra oración” que pudiera volver “al estado de santidad que tuvo en
tiempo de los apóstoles” y cuando hablaba testigos presenciales lo
recuerdan “como lleno del Espíritu Santo y como dotado del don de la
profecía” (procesos de Pavía). Todos a su lado encontraban la dignidad de
Hijos de Dios: “allí no se enseñaban las vanas ciencias de Platón y de
Aristóteles, sino que se enseñaba que el hombre es templo del Espíritu
Santo, hijo y heredero de Dios por la fe en Cristo y la imitación de su
santa vida” (Anónimo). A su alrededor nobles, pobres, campesinos realizaban
una Iglesia renovada: “Era un espectáculo digno de admiración, en una época
tan llena de vicio, contemplar a un noble veneciano en ropa de mendigo,
acompañado por un montón de pordioseros -¡qué digo! mejor diré
"cristianos reformados", dignísimos gentiles hombres según el
Evangelio que recorría los campos cavando, cortando maíz y desempeñando
trabajos parecidos, siempre cantando salmos e himnos al Señor; instruyendo
a los labradores en las verdades de la fe, comiendo pan de centeno y otros
alimentos silvestres.” (Anónimo).
Entonces
me digo: si hoy Jerónimo estuviera vivo entre nosotros, ¿cómo miraría a
María? Es sólo una hipótesis, puede que sea sólo una imaginación mia, pero
además del título de “madre de los huérfanos” la veneraría con entusiasmo
con el título que le dio el Concilio Vaticano II: “madre y modelo de la Iglesia” (Lumen Gentium). Repensando en la
descripción hecha hasta aquí me vienen a la mente aquellos iconos
medievales que nos muestran a los cristianos bajo la protección del manto
de María.
Todo esto nos puede ayudar a intuir el misterioso
vínculo entre Jerónimo y María. Y nos puede dar un modo de ver presente a
María hoy, más allá de los simples devocionismos, es decir, imitar a
Jerónimo en esta cariñosa, misericordiosa y diré, maternal acogida de cada
prójimo: los pobres y menores que servimos, los compañeros de camino de
nuestras comunidades, laicos y religiosos, cada persona que encontramos
cada día.
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