La Brújula

por Miguel Marongiu

     

                               La segunda ley
 

   
 

Con el pasar de los años todos inevitablemente experimentamos el paso de lo sencillo a lo complicado. Igual que ocurre en las matemáticas, donde empezamos con las cuatro operaciones fundamentales y llegamos por pasos y poco a poco a complicadísimas operaciones.

Así es con relación a nuestros conocidos, por nuestro complicado mundo afectivo, por nuestros conocimientos cada vez más de especialistas, por la relación con nuestros semejantes, mucho más poroblemática de lo que nos puede  parecer en un primer momento.

El modelo humano y cultural de toda las sociedades, desde antiguo, es el sabio, el hombre de mucha experiencia, que trabajando, estudiando, sufriendo ha comprendido algo de la vida y tiene autoridad para poder enseñarlo.

Talvez nos sorprenda también la segunda ley:

 

"El objetivo es volver a ser como niños"

 

Jesús en persona la expresó cierto día cuando, reaccionando con indignación al comportamiento de adultos que tenían sus apóstoles, molestos por los niños, dijo: "A ellos pertenece el Reino de Dios. En verdad os digo: quien no acoge el Reino de Dios como un niño no entrará en él" [1].

 

Palabras duras y revolucionarias, que invierten la dirección del camino para ir a Dios. Ya no se trata de crecer, por ejemplo, en la introspección, en el conocimiento de las Escrituras y en la capacidad de interpretarlas, en la severidad hacia uno mismo... 

 

Se trata más bien de volver a la sencillez natural de los niños, a su inmediatez de trato con Dios, a la falta de complicaciones en la relación con los demás, a la capacidad de levantarse como si nada después de las caídas, al deseo inagotable de aprender, a la capacidad de jugar... Se trata de recuperar la inocencia, de despojarse de todo aquello que nos hace "adultos": el desencanto, las complicaciones, el cálculo obsesivo, el miedo.


[1] Mc 10,14-15