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Con
el pasar de los años todos inevitablemente experimentamos el paso de lo
sencillo a lo complicado. Igual que ocurre en las matemáticas, donde
empezamos con las cuatro operaciones fundamentales y llegamos por pasos y
poco a poco a complicadísimas operaciones.
Así es con
relación a nuestros conocidos, por nuestro complicado mundo afectivo,
por nuestros conocimientos cada vez más de especialistas, por la
relación con nuestros semejantes, mucho más poroblemática de lo que nos
puede parecer en un primer momento.
El modelo humano y cultural de toda las sociedades, desde antiguo, es el
sabio, el hombre de mucha experiencia, que trabajando, estudiando,
sufriendo ha comprendido algo de la vida y tiene autoridad para poder
enseñarlo.
Talvez nos sorprenda también la segunda ley:
"El
objetivo es volver a ser como niños"
Jesús en persona la expresó cierto día cuando, reaccionando con
indignación al comportamiento de adultos que tenían sus apóstoles,
molestos por los niños, dijo: "A ellos pertenece el Reino de Dios. En
verdad os digo: quien no acoge el Reino de Dios como un niño no entrará
en él" .
Palabras duras y revolucionarias, que invierten la dirección del camino
para ir a Dios. Ya no se trata de crecer, por ejemplo, en la
introspección, en el conocimiento de las Escrituras y en la capacidad de
interpretarlas, en la severidad hacia uno mismo...
Se trata más bien de volver a la sencillez natural de los niños, a su
inmediatez de trato con Dios, a la falta de complicaciones en la
relación con los demás, a la capacidad de levantarse como si nada
después de las caídas, al deseo inagotable de aprender, a la capacidad
de jugar... Se trata de recuperar la inocencia, de despojarse de todo
aquello que nos hace "adultos": el desencanto, las complicaciones, el
cálculo obsesivo, el miedo.
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