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Unos minutos  con el Anónimo.

 

Pistas para un estudio del itinerario espiritual de S. Jerónimo
según la vida escrita por el “Anónimo”

 

        La Sagrada escritura nos enseña que “quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro”:  todos hemos tenido esta magnífica experiencia en nuestra vida.  En el amigo te reflejas y te encuentras a ti mismo; el amigo te interroga y te empuja a caminar, el amigo es exigente y te obliga a crecer y se podría continuar. La biografía más antigua que tenemos de nuestro fundador fue escrita por un amigo suyo, tiene pues una cercanía directa con la persona; pero al mismo tiempo es un “tesoro”  en el cual hay que escarbar para sacar a la luz la riqueza y la frescura inestimable de Jerónimo Miani. También por este motivo, nosotros los Somascos, consideramos este escrito como “fuente”.

        El amigo de Jerónimo se transforma en mi amigo: caminando a su lado, escuchando su relato, me renuevo  y siento palpitar en mi corazón, como para los discípulos de Emaús, la experiencia siempre antigua, pero siempre nueva del Miani.  Tras la escuela de la amistad me siento guiado en  los primeros pasos, los decisivos, en el camino recorrido por Jerónimo, y escucharé la invitación “a que viviese en comunidad con él” (An. VIII,10).

        Con la lectura de la breve biografía me parece descubrir cuatro pasos, decisivos para Jerónimo, como hombre y fundador, y decisivos para quien se siente atraído por él a seguir a Cristo. Estos cuatro pasos no sólo revelan  un pequeño “tesoro de amistad”, sino que esbozan un itinerario espiritual, descubren una herencia que hay que hacer fructificar. Con sencillez intento recorrerlo proponiendo una reflexión espiritual.

 

1.      Los medios de la Providencia: III, 1-IV, 2 

1 Cuando el benignísimo Dios, nuestro Señor, -quien ab eterno, aún antes de la creación del mundo, ama y predestina a sus hijos tuvo a bien tocar su corazón y con santas inspiraciones atraerlo a sí sustrayéndolo de las ocupaciones del mundo, 2 renunció a participar en las reuniones del Consejo Mayor; y la dedicación que hasta entonces había prestado a los asuntos de la República, la volcó en la reforma de su alma y en deseos de la patria celestial.

3 Ocupado en santas meditaciones y oyendo con frecuencia aquel paso del Evangelio que dice: "quien quiera ser mi discípulo que se niegue a sí mismo y me siga", el siervo de Dios, movido por esa fuerza interior que da la gracia, decidió imitar a su amado maestro Cristo lo más perfectamente posible.

4 Hablaba con pocas personas. Evitaba estar ocioso; es más, lamentaba profundamente que pasara tan solo una hora sin haber realizado una obra buena.

5 Socorría a los pobres con limosnas hasta donde se lo permitían sus posibilidades; los aconsejaba, los visitaba, los defendía.

6 Frecuentaba las iglesias, asistía a misa y escuchaba los sermones.

7 La interiorización de la Palabra de Dios lo llevó a reflexionar sobre su ingratitud; y al recordar las ofensas hechas a su Señor, se lamentaba de sí mismo y de su vida pasada.

8 Con frecuencia lloraba, caía de rodillas a los pies de Jesús Crucificado y le pedía que le fuese Salvador y no juez. 9 Buscaba la compañía de quienes pudiesen ayudarlo con consejos, ejemplos y oraciones: y muchas fueron las personas que el Señor le puso al lado para bien de su alma.

10 Destaca entre todas ellas un venerable canónigo regular veneciano, famoso por saber y bondad, cuyo nombre -dado que aún vive no quiero descubrir; éste lo dirigió espiritualmente durante muchos años y fue quien lo puso en el camino de la vida eterna.

IV, 1-2 Fue con moderados ayunos como empezó a vencer la gula, principio de todo vicio. Velaba por las noches y no se acostaba jamás sino vencido por el sueño. 2 Leía, meditaba, trabajaba.

        Este “primer paso” abarca un largo período de la vida de Jerónimo: los años de su formación espiritual, después de la experiencia de Castelnuovo. Un paso largo y lento, necesario y fundamental: el origen de su transformación en persona “espiritual”, carismática. En este primer paso se dan  los ingredientes que Jerónimo ha recibido de la Providencia para comprometerse en un nuevo proyecto de vida: ya no sólo una carrera solamente humana,  al servicio de la República, sino una carrera divina, abierta a servicios mucho más altos y duraderos en el tiempo.

        He evidenciado cuatro palabras;  en italiano (y en español) casualmente todas empiezan con la letra “p” (lo que puede ayudar a memorizarlas, y una pequeña metáfora): juntas las llamaría la “vitamina p4”.

        Jerónimo ha iniciado su nuevo itinerario de vida mediante  una terapia, que no abandonará nunca.  Con constancia se ha puesto al servicio de la Palabra de Dios, de la Plegaria (Oración),  de las Personas de Dios, y de los Pobres. 

He aquí las cuatro “p”, la “vitamina “p4” que ha transformado al Miani  de “siervo de la República” en discípulo de “su querido maestro Cristo”, desde ahora “su” nuevo “capitán”.

        Vale la pena detenerse un momento en cada una de las cuatro “p”.

 

1.1  Palabra de Dios

        Es la Palabra de Dios la que lo mueve todo en el cristiano. Del encuentro con la Palabra  surgen los santos.  Contemplando los santos podemos descubrir la vitalidad y la creatividad de la Palabra de Dios: ella es siempre la misma, pero ¡qué variedad de realizaciones! Jerónimo es una de las tantas flores que destacan en el jardín de la Palabra escuchada y llevada a la práctica.  En él la Palabra se ha convertido en acción, le ha ofrecido un instrumento ascético de construcción-reconstrucción de la personalidad:  “leía, rezaba, trabajaba…

  

1.2. Oración

        Reza un refrán cristiano que “el hombre que reza se renueva cada día”. La oración auténtica renueva a Jerónimo en lo más hondo de su experiencia humana, lo saca de la rutina en que se había situado con su personal proyecto-carrera de vida, y lo lleva a horizontes distintos,  los del Eterno. Empieza a ver más claro dentro de sí y en su entorno.

        La historia personal suya y de su ciudad empieza a cambiar color, porque ya no la ve sólo con sus ojos, sino con los de Dios.

Para ver claro en la vida es necesario la oración, el colirio que cura la vista, que ayuda a ver dentro de uno mismo con profundidad y ensancha la mirada hacia el futuro. Con la oración Jerónimo empieza su camino hacia la verdad y la libertad.

  

1.3. Personas de Dios

        Es el octavo sacramento: la Iglesia, los hermanos. ¡Nadie puede santificarse solo! El cristianismo vive del mandamiento del amor mutuo,  es fruto de una persona que se sirve de su humanidad para que la podamos encontrar y salvarnos. Jerónimo sigue con fervor y confianza a las personas que le pueden ayudar en su camino, las acoge con devoción porque “Dios se las colocó a su lado”. Vence el orgullo de quien cree saber todo y poderlo todo en las cosas de Dios y en su propia salvación. Se considera el hermano menor y acoge el don de los hermanos mayores como guías y modelos de vida.

  

1.4. Los Pobres 

        Los pobres son la palestra de la acción cristiana, de la caridad desinteresada. Jerónimo los busca, los acompaña, los sirve, pero también recibe de ellos un servicio: son los que “le representan a Cristo”.

No hay santos sin pobres, porque la Iglesia es comunidad de pobres: “dichosos los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5,3).

He aquí algunas afirmaciones de santos:

-  “Los pobres: nuestros Dueños” (S. José Cottolengo)

-  “debemos lograr que nos perdonen las limosnas… somos nosotros, los ricos, que necesitamos de la caridad de los pobres” (Raúl Follereau)

-  “Es más lo que recibimos de los pobres que lo que les damos” (M. Teresa de Calcuta)

“Cuando hayas perdido la cabeza detrás de uno de estos, encontrarás a Dios necesariamente”  (Don Milani).

        Nuestro Jerónimo se encuentra en compañía de éstos y de todos los demás “grandes en el reino de los cielos”: debe su formación a los pobres, antes aún que su servicio y su misión hacia ellos.

  

2.   Las ocasiones de la providencia (V, 1-12) 

1 Purificado de todas sus culpas, libre ya de malos hábitos y completo dueño de sí mismo, el Siervo de Dios, como nuevo soldado de Cristo Jesús, estaba preparado para hacer frente a la magnífica oportunidad que la bondad divina le iba a ofrecer de imitar a su capitán y de ganarse la felicidad eterna.

2 Queriendo Dios liberar a los italianos de la oprobiosa esclavitud a la que vergonzantes vicios los tenían sometidos, envió para ello, como medida de justicia, no, mejor, como una prueba de su amor y de su misericordia, la terrible carestía del año 1528 que todos, tristemente, conocimos y recordamos. 3 En toda Italia, en Europa, por aldeas, pueblos y ciudades, la gente moría de hambre a millares.

4 Fue tal la escasez de grano -había poco, y éste a precios prohibitivos- que la gente, hambrienta, comía perros y burros, y hierbas salvajes en lugar de verduras, sin aceite y sin sal.5 ¿Hierbas, digo? ¡Mucho peor aún! Hubo quien llegó a comerse el heno viejo cortado minutamente y la paja que cubría los tejados de las casas.

6 Y habiendo sabido que en nuestra ciudad se vivía un poco más holgadamente que en otras ciudades de Italia, largas procesiones de pobres, movidos por una calamidad tan grande, abandonaron sus casas, que ya más bien eran sepulcros de vivos, cayendo sobre Venecia con sus mujeres e hijos.

7 Y por calles y plazas se les oía no gritar -pues ya no les quedaban fuerzas para ello- sino sollozar, a las puertas de una muerte segura.

8 Ante semejante espectáculo, nuestro Miani, movido por auténtica caridad, se puso a su disposición para prestarles la mayor ayuda posible.

9 Y en muy pocos días gastó todo el dinero que tenía; llegó a vender ropas, alfombras, muebles y demás enseres de la casa, invirtiendo lo recaudado en esta piadosa y santa obra. 10 A unos les daba de comer, a otros los vestía -estábamos en pleno invierno-a otros los recogía en su casa, a otros los animaba a tener paciencia y a aceptar, resignados y por amor a Dios, la muerte, recordándoles que a cambio de esa paciencia y de la fe, se nos ofrece la vida eterna.

11 En esto se ocupaba todo el día. Algunas veces, cuando las horas del día no habían sido suficientes, recorría la ciudad por la noche; 12 y a cuantos hallaba enfermos, pero con vida, los socorría como Dios le daba a entender; mientras que los cadáveres que yacían por el suelo los cargaba sobre sus espaldas como si de oro o de bálsamo se tratase, y en secreto, para que no lo descubrieran, los depositaba en el cementerio o en otro lugar sagrado.

         La primera parte del texto es uno de los muchos relatos de crónica y miseria que la historia del hombre escribe y que se lee siempre en los medios de comunicación (de boca en boca, como en los tiempos de Jerónimo, o en los medios de comunicación  de nuestra civilización). La crónica no convierte, ni siquiera comenta, sólo informa.

          La segunda parte del texto es vida, la que se vuelve historia, que entra en la crónica para transformarla y llenarla del alma que le falta. Para hacer esto se necesitan personas no sólo “informadas”, sino “formadas”: Jerónimo ya  había llegado a este punto y está preparado para el segundo paso. Para quien se ha dejado transformar por la Providencia (ha seguido la cura de la vitamina “p4”), lo que ocurre en su entorno ya no es solamente “crónica”  -únicamente capaz de emocionar o buscar racionalmente las causas-, sino que es una “oportunidad preparada por la bondad divina”.

         En otras palabras, los gritos de dolor y de angustia que salen de los pobres y de los desgraciados de este mundo se vuelven vocación: son el grito de Dios para el alma que sabe escuchar, para el corazón de quien ha aprendido a amar.

         Jerónimo, con unos cuarenta años, descubre su “vocación”; su vida se vuelve misión, se hace servicio y respuesta para los hermanos en necesidad.

Se pudiera decir que esto ocurre con todos los santos. Según los arriba citados, también para ellos, a los cuarenta años, después de la fe perfeccionada en la formación, encuentran a Cristo que los llama desde los pobres (cfr. para S. José Cottolengo es la experiencia del encuentro con una enferma, rechazada por los hospitales, en la “Volta rossa” de Turín; para Raúl Follereau el encuentro casual con los leprosos durante un viaje como periodista a África; para Madre Teresa es un viaje en tren regresando de Calcuta en compañía de gente desesperada; para D. Milani el “exilio-castigo” a Bibiana).

  

3.  El estilo de la Providencia (VI, 7-9, X,4.10)

 7 Y cuando los médicos ya lo habían desahuciado, de repente, en muy pocos días, se recuperó; 8 y enseguida, a pesar de que no estaba totalmente restablecido, 9 puso manos a la obra empezada con más ahínco aún que antes, ya que había experimentado con éxito que el Señor jamás abandona a quienes se ponen a su servicio, sino que, por el contrario, acostumbra a obrar cosas grandes y admirables en quienes le sirven.

4 Atravesando el río Adda junto con un grupo numeroso de sus muchachos, se adentró en la provincia de Milán y allí le ocurrió una anécdota que no quisiera pasar por alto. 5 Estando ya en los dominios del Milanesado, he aquí que enfermó él y varios de los chicos que lo acompañaban. 6 Llegaron como pudieron hasta un viejo caserón en ruinas y abandonado, en donde sólo había un poco de paja, y allí se cobijaron 7 sin pan, ni vino, ni dinero, porque aquel valiente cristiano sólo llevaba consigo, por toda provisión, una viva fe en Cristo. 8 Y estando a la espera de la intervención del cielo, dio la coincidencia de que un amigo suyo y mío pasó por allí cerca y sintió curiosidad por entrar en el lugar donde, ardiendo por la fiebre, yacía el hombre de Dios. 9 En cuanto lo hubo reconocido, le dijo: Señor Jerónimo, si está de acuerdo, haré que lo trasladen a usted solo hasta una propiedad mía, cerca de aquí y allí le atenderán. 10 A lo que él, con toda nobleza, contestó:

Mucho le agradezco, hermano, su amabilidad e iré de muy buen grado si conmigo está dispuesto a hospedar también a estos hermanos míos, con los que yo quiero vivir y morir.

        No se trata sólo de escuchar la voz de la Providencia que llama, sino de aceptar el estilo de ésta y dejarse implicar  hasta el final, hasta la muerte. Es este el tercer paso al que se siente movido Jerónimo. En el servicio a los pobres descubre que Dios es fiel y hace norma suya esa fidelidad.

        El estilo de la Providencia, que por fin conoce, “no abandona nunca”,  se vuelve su estilo: “con estos hermanos míos quiero vivir y morir”. La bondad divina ha transformado al santo a “su imagen y semejanza” (Gn. 1.26), ya se comporta como ella, se ha hecho Providencia para los “hermanos”. El santo no es aquel que quiere poner a Dios de su parte, sino que es quien se pone de parte de Dios. “No digáis nunca que Dios está de nuestra parte, más bien desead que nosotros podamos encontrarnos de parte de Dios” (A. Lincoln).

        La providencia ha formado y llamado a Jerónimo; éste ya está apresado por Dios y está de su parte, la de la cruz de Cristo y de los pobres que siente como “sus hermanos”, y con ellos “quiere vivir y morir”. Jerónimo experimenta en su carne primero, y en los acontecimientos de su vida después, que el “hermano” que sufre, que muere, no sólo es el necesitado a quien servir, sino que es Cristo con quien es “uno”  (Jn. 17,21).

   

4.   La herencia de la Providencia: XIV, 7-8

 

      “.. decía que, tal como se lee en Jeremías 31 o en Ezequiel 26, él ya había hecho sus pactos con Cristo. 8 Los exhortaba a todos a que siguieran el camino de Jesús Crucificado, a que despreciaran el mundo, a que se amaran unos a otros, a que se ocuparan de los pobres, asegurándoles que Dios no abandona jamás a quienes cumplen estas obras.

 

        Estamos al final, aparentemente para el ojo humano. Es el cuarto paso. En el lecho de muerte Jerónimo abre su testamento, reparte su herencia. No se trata de acumular bienes para los herederos, o de un patrimonio para repartir, sino de una vida que compartir y desarrollar, porque los santos no mueren y continúan obrando a través del carisma que se propaga y se transmite como tesoro inagotable para los demás. La herencia que Jerónimo deja como testamento tiene todo el semblante de una cura, de una terapia que transforma la vida a imagen de Dios, fuente de la vida.

        La herencia de Jerónimo es terapia del corazón y de las intenciones (seguir la vía del Crucificado),  es terapia de la emotividad y de la afectividad (amarse mutuamente), es terapia de la mentalidad y de la razón (despreciar el mundo), es terapia de la profesionalidad y del trabajo (cuidar de los pobres).

        Ya hay suficiente material para marcar la historia como la marcó S. Jerónimo: nos toca aceptar esta provocación y reavivarla continuamente en la Iglesia y en la sociedad.

        Si queremos aprender más, acerquémonos a menudo al largo capítulo 31 del profeta Jeremías, que Jerónimo comentaba, porque veía que lo había realizado en su existencia, una vez llegado al terminal de la línea en este mundo, en el momento de la separación  de la “vida mortal para ir a gozar de la eterna”).

  

Algunas sugerencias del texto que Jerónimo propuso a la meditación de sus hijos y herederos en el lecho de muerte:

 

Un deseo para concluir.

 

        El amigo anónimo empezaba su escrito trazando una rápida semblanza del carácter de Jerónimo:

“Persona de trato agradable, gozaba de gran simpatía gracias a su innata cordialidad y benevolencia: pues, efectivamente, era alegre, cortés y decidido. 10 En saber, equiparable a los de su clase; pero de un corazón tan grande, que su capacidad de amar suplía con creces cualquier ignorancia suya; bajo de estatura, de tez morena, poseía un físico vigoroso y ágil y era fácilmente irascible”.

 

        Esperemos que también para nosotros, el acompañar al Miani por los caminos de la vida nos lleve a “destacar en el amor, más que en el razonar”; y si a veces nos sentimos “dominado por la ira”, esto sea la señal  de la primacía del corazón sobre la razón.

29-08-1999

Torún (Polonia)

P. Franco Moscone