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27 de septiembre de 1511
Plock…
plock… plock…
Ha pasado ya un mes desde la batalla de Quero. Un mes de cautiverio.
El 12 de septiembre los hombres de Mercurio Bua dejaron el campo de
Montebelluno y, llevando consigo a los prisioneros, descendió hacia el
Piave acampando en Nervosa. Al mismo tiempo los alemanes se dirigieron al
Fríuli y como fruto de sus vaivenes había disminuido el hambre. Nuevamente
habían dado de comer a Jerónimo.
Aquella mañana los franceses dejaron Nervosa y comenzaron a desplazarse a
lo largo del Piave y al atardecer cerca de S. Jorge, en la Torre de
Maserada, hacia Puente de Piave. Es la segunda vez que segregan a Jerónimo
en el fondo de una torre, como hace un mes.
Plock…
plock… plock…
El repiqueteo de la humedad vuelve a ritmar los pensamientos de Jerónimo.
El terror de las noches de Quero se ha apaciguado. También los gritos de
la
matanza están lejos: se pierden dentro de la más sombría resignación. ¡No
saldrá vivo de esta historia! En circunstancias como éstas es más fácil
volver con la mente al pasado, porque sabes que no habrá futuro y
quisieras que no hubiese ni siquiera presente. Pero también el pasado
puede ser desagradable. ¿Por qué le viene a la mente propio aquella
mañana de hace quince años? Su madre entra en el salón con los ojos rojos:
habían encontrado muerto al padre, ahorcado. ¡Maldita mañana! ¡Mañana sin
Dios, como sin Dios fueron muchos años de su vida sucesiva! ¡Como sin Dios
son estos mil veces malditos treinta días de cadenas!
Silencio en la cabeza. Es demasiado pesado aguantar el pensamiento. En
caso contrario se acaba por enloquecer.
Y
sin embargo, recuerda algo bonito en aquella desesperada mañana de un niño
de 10 años. Ve todavía a la madre inclinarse hacia él y abrazarlo fuerte.
Es como perderse en un mar... Recuerda aquella voz rota pero caliente:
«Hijo mío, recemos por papá: Dios te salve María…». Jerónimo siente que se
le calienta el corazón y los labios se mueven solos, sin ninguna orden:
«…llena de gracia, el Señor es contigo…». Es la primera vez, después de
tantos años. Es como una luz que se enciende dentro...
El sol estaba ya
alto. Debían ser las 10. Ya no sentía los pies, doloridos y heridos por
haber caminado toda la noche descalzo. Ya no le importaba: tenía ante sus
ojos los muros de la ciudad de Treviso, era libre y la luz se había
encendido. |