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Un camino de Esperanza
  Desde Quero a Treviso, de la cárcel a la libertad.

Es posible ver una presentación 30 días (en formato .ppt) como comentario al texto aquí citado, en un vaivén de flash entre pasado y presente.
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     La liberación de Jerónimo tras el cautiverio de Quero queda cubierta en el misterio. Jerónimo y sus amigos nunca han hablado de ella, ni han dejado nada escrito. Sólo existe un exvoto encontrado en el santuario de la Madonna Grande de Treviso.
     Estudios históricos recientes han verificado que el tiempo de cautivero en Quero fue de pocos días, y Jerónimo siguió los desplazamientos del campamento del Capitán de turno Mercurio Bua.
     He aquí una reconstrucción inédita de cuanto pudo haber experimentado Jerónimo en aquellos 30 días de prisión, siguiento las pistas del investigación histórica, hasta las puertas de Treviso hallando la libertad.
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30 de Agosto de 1511

Plock… plock… plock… 

Es el repiqueteo  de la humedad que baja desde el techo. Sirve sólo para multiplicar la angustia en la oscuridad de la celda donde está Jerónimo. ¡Le parece de enloquecer!

No es tanto aquella posición imposible a la que le obligan las cadenas y la bola de hierro que lleva colgada del cuello. En la oscuridad aquel repiqueteo vuelve como eco de los gritos de sus compañeros. Están allí martilleando la cabeza, sin dar tregua. Dentro de sí siente una inmensa rabia hacia aquellos bastardos del contingente veneciano que debía defender la fortaleza de Castelnuovo de Quero. Apenas llegó la noticia del acercamiento del ejército francés se retiraron a Feltre. Y él quedó solo, en aquella maldita fortaleza de la cual le habían confiado ocho meses antes la regencia. Solo, junto a un reducido grupo de civiles de Feltre y Belluno. ¡Idiota! Idiotas,él y ellos, por haberse quedado. ¿Qué pensaban hacer con su ingenuo patriotismo frente a un ejército de mercenarios acostumbrados a la guerra y a la sangre? ¡Fue una masacre! Rojo. El rojo de la sangre por todas partes. Le asaltan aquellos gritos en la cabeza mientras los ajusticiaban. No sirve taparse los oídos, porque están dentro de él. Mataron a todos menos a tres. Señalando a Jerónimo, uno que debía de ser el jefe decía algo en francés. La única cosa que entendí fue la palabra “argent”. Quien hablaba debía ser Mercurio Bua, el legendario capitán de turno, una leyenda que hubiese preferido no conocer. Cogieron a Jerónimo, le pusieron cadenas y lo tiraron en el fondo de la torre.

Ya habían pasado tres días. ¿Quién sabe si habían salvado a los otros dos o los habían matado también a ellos? Él estaba vivo porque habían comprendido que era el regente y puede que consiguieran algún “argent” de rescate. ¿Quién sabe si Venecia se había interesado o no por él, si valía la pena pagar el rescate por un Miani?

   

10 de septiembre de 1511

Han pasado dos semanas de la matanza de Quero: 52 muertos. Mercurio Bua decidió, después de cuatro días, que la fortaleza ya no era un problema y volvió con sus tropas al campo base de Montebelluno, donde le esperaba un gran contingente alemán. Se llevaron también a Jerónimo.

En el campo había también otros prisioneros, pero Jerónimo era custodiado a parte, solo, siempre con aquellas malditas cadenas y aquella bola en el cuello. Aquel aislamiento se hacía cada día más pesado. No podía hablar ni siquiera con los carceleros que se dirigían a él gritando en francés o en alemán, según quien estaba de turno, pero sobre todo a golpes. Estos últimos los entendía bien, y obedecía sin rechistar.

El hecho de estar aislado le había dejado al inicio alguna esperanza: puede que el título de regente le sirviese algo en términos de rescate y por esto servía vivo. Pero después de 15 días no hay todavía ningún atisbo de respuesta y si no se dan prisa en Venecia no serán necesarios los alemanes ni los franceses para hacerlo morir. Desde ayer la violencia de los calambres en el estómago ha comenzado a disminuir: su físico debilitado se está habituando lentamente al hambre. Hace ya cinco días que no prueba bocado y ha entendido que tampoco para los soldados tiene que ir demasiado bien. Ha visto que comían un pan indescriptible, negro como el carbón. Y además era poco, demasiado poco para poder dar a un prisionero. 

De los lamentos en alemán ha entendido que puede que haya enfermos entre los soldados. Puede que esté por desencadenarse una epidemia...

Hay momentos en los que se siente demasiado débil para pensar. Es como si el cerebro se apagase. Sólo siente el lento ritmo de su respiración. En algún instante le parece no sentir ni siquiera eso. Entonces se convence que tampoco servirá para nada una posible buena voluntad por parte de Venecia en pagar el rescate. Llegarán demasiado tarde. ¿Quién sabe si todavía mañana se despertará? Está demasiado débil para intentar imaginarlo.

   

27 de septiembre de 1511

Plock… plock… plock…

Ha pasado ya un mes desde la batalla de Quero. Un mes de cautiverio.

El 12 de septiembre los hombres de Mercurio Bua dejaron el campo de Montebelluno y, llevando consigo a los prisioneros, descendió hacia el Piave acampando en Nervosa. Al mismo tiempo los alemanes se dirigieron al Fríuli y como fruto de sus vaivenes había disminuido el hambre. Nuevamente habían dado de comer a Jerónimo.

Aquella mañana los franceses dejaron Nervosa y comenzaron a desplazarse a lo largo del Piave y al atardecer cerca de S. Jorge, en la Torre de Maserada, hacia Puente de Piave. Es la segunda vez que segregan a Jerónimo en el fondo de una torre, como hace un mes. 

Plock… plock… plock…

El repiqueteo  de la humedad vuelve a ritmar los pensamientos de Jerónimo. El terror de las noches de Quero se ha apaciguado. También los gritos de la

matanza están lejos: se pierden dentro de la más sombría resignación. ¡No saldrá vivo de esta historia! En circunstancias como éstas es más fácil volver con la mente al pasado, porque sabes que no habrá futuro y quisieras que no hubiese ni siquiera presente. Pero también el pasado puede ser desagradable.  ¿Por qué le viene a la mente propio aquella mañana de hace quince años? Su madre entra en el salón con los ojos rojos: habían encontrado muerto al padre, ahorcado. ¡Maldita mañana! ¡Mañana sin Dios, como sin Dios fueron muchos años de su vida sucesiva! ¡Como sin Dios son estos mil veces malditos treinta días de cadenas!

Silencio en la cabeza. Es demasiado pesado aguantar el pensamiento. En caso contrario se acaba por enloquecer.

Y sin embargo, recuerda algo bonito en aquella desesperada mañana de un niño de 10 años. Ve todavía a la madre inclinarse hacia él y abrazarlo fuerte. Es como perderse en un mar... Recuerda aquella voz rota pero caliente: «Hijo mío, recemos por papá: Dios te salve María…». Jerónimo siente que se le calienta el corazón y los labios se mueven solos, sin ninguna orden: «…llena de gracia, el Señor es contigo…». Es la primera vez, después de tantos años. Es como una luz que se enciende dentro...

El sol estaba ya alto. Debían ser las 10. Ya no sentía los pies, doloridos y heridos por haber caminado toda la noche descalzo. Ya no le importaba: tenía ante sus ojos los muros de la ciudad de Treviso, era libre y la luz se había encendido.