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Espiritualidad

por  Francesco Murgia

 

 

 

Cristianos Somascos: 
la gran herencia.

 

 

Cuando un cristiano descubre que el Evangelio puede ser la gran aventura de su vida todo cambia, es como encontrar  al fin la sal que da sabor y la llama que da calor.
Se ven entonces existencias transformadas, personas capaces de hacer un bien que nadie jamás hubiera creído. El carácter se modela, el temperamento también, incluso la cara adquiere una expresión más viva, más humana, que al mismo tiempo transparenta algo que no tiene raíces en este mundo.
Estos cristianos han descubierto que el corazón del evangelio es el amor y se esfuerzan en concretizarlo con todas sus fuerzas.
Experimentan el gozo de la presencia de Cristo en medio de dos o más reunidos en su nombre; por este motivo se buscan los unos a los otros, comparten ansias y proyectos.
Todo es de todos. Actúan en comunión de bienes, no sólo espirituales, sino también materiales.
 A pesar  de siglos de prejuicios, testimonian al mundo que. La santidad está al alcance de la mano también para los laicos.

A veces pues, estos cristianos encuentran un santo en su camino. No lo encuentran como resultado de la devoción, colocado en los altares  de una iglesia o llevado a hombros en procesión. Lo descubren vivo, presente, cercano y actual.
Se trata de adultos,  jóvenes, individuos solos o familias que desean vivir la novedad del evangelio con el mismo espíritu de ese santo. También se les llama "hijos de los santos", porque inspiran su existencia en la vida de los santos.
Quieren conocerlos no sólo en los hechos milagrosos, sino también en los aspectos más humanos, los estudian en sus caminos para comprender qué se escondía en sus elecciones radicales; intentan  seguir sus huellas, no sólo como imitación sino actualizando el mensaje, estableciendo la vida de ellos como su modelo.
Son como enanos en los hombros de gigantes, fuertes por el don que Dios ha concedido, en la historia antigua o reciente, a algunas personas especiales, y por medio de ellas ha transmitido a otros discípulos.

 los cristianos somascos tras   las huellas de Jerónimo,  laico de Dios, y de otros muchos laicos compañeros suyos.
Él que "en corto plazo de tiempo atrajo a sí a muchas personas, formadas en las santas costumbres cristianas..." (XI, 2-5).
No está fuera de lugar decir que hoy también existe un pequeño "pueblo" donde el cristiano somasco de S. Pablo en Brasil se asemeja al italiano de Martina Franca, el filipino de Manila al colombiano de Pasto, el español de Santiago de Compostela al hindú de Bangalore, el ecuatoriano al polaco, al mejicano, al rumano, al salvadoreño, al cingalés, al guatemalteco o al estadounidense. Donde quiera que haya religiosos o religiosas que mantengan vivo el espíritu de S. Jerónimo también hay una comunidad cristiana que participa del carisma.

 
Son cristianos que eligen  poner  a Dios en un lugar importante de su vida. Se alimentan de su Palabra y de la Eucaristía, se esfuerzan en aceptar cada cosa de las manos de Dios, también el dolor: mirando al Crucificado todo tiene sentido.
Procuran amarse mutuamente, comparten alegrías y dolores, rezan los unos por los otros, sintiéndose hermanos, parte de una gran familia, herederos de Jerónimo.
Son personas que tienen el deseo de cuidar, educar, instruir y proteger a los pequeños y jóvenes, especialmente a los más abandonados e indefensos.
Familias que se abren a la adopción de menores, sea en ámbito nacional como internacional. Se atreven con la fascinante aventura de acoger a niños y jóvenes, con un amor no menos fuerte que  los lazos de la sangre.
Otros, parejas o no, dispuestos a la acogida temporal: una forma no por eso menos generosa que la adopción, que exige plena dedicación y disposición a la separación, colaborando con la familia biológica de los chicos, sin sustituirla.
Cristianos que, aunque sea sólo durante un fin de semana o un período de vacación en la playa, abren su casa para proporcionar un momento despreocupado a quien la vida ha favorecido tan poco con  los privilegios de muchos.
En momentos de solidaridad, como en las adopciones a distancia, saben involucrar a los hijos, los parientes, los compañeros de clase, los colegas de la universidad o de una fábrica entera, mediante una campaña en toda regla de sensibilización hacia los pequeños y los pobres. No se conforman con el dinero entregado, sino que llevan en su corazón, y en el corazón de los que se preocupan,  los gozos y problemas de las personas y de los pueblos.
Jóvenes que visitan personas y familias en dificultad, que estudian con los chicos en los centros de menores, que organizan colectas de todo tipo de bienes de primera necesidad y los distribuyen a los pobres, que inventan fantásticas iniciativas para ayudar a sus coetáneos: un partido de fútbol,  una tarde en el cine, una excursión  a la playa, una fiesta de cumpleaños...
No sin sacrificios, en un mundo frenético que seduce con mil ofertas, encuentran el tiempo de dar algo de si mismo a los demás. A veces renuncian a una bien merecida diversión o al descanso personal; a menudo lo saben compaginar con este impulso en dar, y notan que su vida se llena. También hay quien dedica meses y años al voluntariado internacional, ayudando a religiosos y religiosas de otros países, entre los más pobres  de los pobres.
¿Quién puede imaginar la íntima gratificación que experimenta quien desarrolla muy humildes tareas, como planchar, limpiar, cocinar, ayudar en el mantenimiento de la casa o del jardín? Dios que ve en lo secreto sabe dar el ciento por uno.
Todos experimentan que verdaderamente hay más alegría en dar que en recibir.

No son tan ingenuos estos cristianos, saben reconocer al pobre auténtico y saben dar en una forma que en nada menoscaba la dignidad de las personas. También saben que no hay que desanimarse por el posible desagradecimiento o abuso de su generosidad. Estas contradicciones, a diferencia de cuanto ocurre en el mundo que nos rodea, constituye un pretexto para negar al pobre sus derechos.

 En la elección de la carrera  o, cuando les es posible, de la profesión se orientan hacia ámbitos que les permitan concretizar este espíritu de servicio, tal vez renunciando a trabajos mejor remunerados, pero con menor incidencia inmediata en el mundo de la pobreza o que no permiten acercarse personalmente a ciertos pobres.
En cualquier caso todos encuentran el modo de expresar esta predilección hacia los últimos, independientemente de la profesión: docentes que no marginan, pero saben preocuparse de los casos más desesperados; médicos que a menudo tienen que curar también el espíritu; abogados que defienden los indefensos; funcionarios que detrás de una ventanilla acogen a todos; sin olvidar a conductores, agricultores, tenderos...
Cualquier circunstancia: en familia o por la calle, en el trabajo o en vacaciones, puede ser una ocasión propicia para expandir la cultura de la solidaridad.

Eligen un estilo de vida austero y decoroso, evitan cuanto puede ofender a los hermanos más pobres, siendo pobres ellos mismos pero no desaliñados, pobres por dentro antes que nada, como conviene a hijos de Dios.
Sabiendo que muchas multinacionales se aprovechan de los pobres y de la mano de obra de menores, boicotean sus productos, testimoniando así  como desean que sea el mundo.
Promocionan el "comercio justo", que ofrece a los agricultores y artesanos de países pobres la oportunidad de vender en Europa, evitando que la mayor parte de la ganancia beneficie a intermediarios sin escrúpulos.

Todo esto no sólo de modo individual, sino con el convencimiento que nuestro tiempo presenta un desafío insuperable estando solo; por lo cual participan en proyectos junto con otras personas. De este modo su obra se vuelve más visible e impactante.
Igual que  los consagrados, cuidan su formación, que no sólo disfrutan sino que también promueven. Se reúnen periódicamente, se comunican lo que Dios obra en sus vidas, y comparten alegrías y sufrimientos. A menudo los temas de las convivencias son los problemas de los pobres y de como ayudarlos.
Partícipes de la única misión, se responsabilizan en la comunidad de todos los aspectos propios de la vocación laical, dejando a religiosos y religiosas la tarea de animar espiritualmente la vida de todos.
Cultivan relaciones de amistad y comunión con otros cristianos, más ligados al carisma de otros santos, convencidos que la Iglesia volverá al esplendor de los primeros tiempos cuando todos los carismas serán uno en el amor.
Saben que no pueden nada apoyándose sólo en las fuerzas propias, pero saben, como Jerónimo, que "si la Compañía estará con Cristo, se logrará el “objetivo" de llevar los hombres a Dios y la paternidad de Dios a cada huérfano.

Los  hijos siempre recuerdan el testamento que les legó su padre; así tiene que ser para estos cristianos somascos que consideran como propias las últimas palabras de san Jerónimo: "Seguid el camino del Crucificado, amaos los unos a los otros, servid a los pobres".

Francesco Murgia