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Cuando
un cristiano descubre que el Evangelio puede ser la gran
aventura de su vida todo cambia,
es como encontrar al fin la sal que da sabor y la llama que da
calor.
Se ven entonces existencias transformadas, personas capaces de
hacer un bien que nadie jamás hubiera creído. El carácter se
modela, el temperamento también, incluso la cara adquiere una
expresión más viva, más humana, que al mismo tiempo transparenta
algo que no tiene raíces en este mundo.
Estos cristianos han descubierto que el corazón del evangelio es
el amor y se esfuerzan en concretizarlo con todas sus fuerzas.
Experimentan el gozo de la presencia de Cristo en medio de dos o
más reunidos en su nombre; por este motivo se buscan los unos a
los otros, comparten ansias y proyectos.
Todo es de todos. Actúan en comunión de bienes, no sólo
espirituales, sino también materiales.
A pesar de siglos de prejuicios, testimonian al mundo que. La
santidad está al alcance de la mano también para los laicos.
A veces pues, estos cristianos
encuentran un santo en su camino. No lo encuentran como
resultado de la devoción, colocado en los altares de una
iglesia o llevado a hombros en procesión. Lo descubren vivo,
presente, cercano y actual.
Se trata de adultos, jóvenes, individuos solos o familias que
desean vivir la novedad del evangelio con el mismo espíritu de
ese santo. También se les llama "hijos de los santos", porque
inspiran su existencia en la vida de los santos.
Quieren conocerlos no sólo en los hechos milagrosos, sino
también en los aspectos más humanos, los estudian en sus caminos
para comprender qué se escondía en sus elecciones radicales;
intentan seguir sus huellas, no sólo como imitación sino
actualizando el mensaje, estableciendo la vida de ellos como su
modelo.
Son como enanos en los hombros de gigantes, fuertes por el don
que Dios ha concedido, en la historia antigua o reciente, a
algunas personas especiales, y por medio de ellas ha transmitido
a otros discípulos.
los
cristianos somascos tras las huellas de Jerónimo, laico de
Dios, y de otros muchos laicos compañeros suyos.
Él que "en corto plazo de tiempo atrajo a sí a muchas personas,
formadas en las santas costumbres cristianas..." (XI, 2-5).
No está fuera de lugar decir que hoy también existe un pequeño
"pueblo" donde el cristiano somasco de S. Pablo en Brasil se
asemeja al italiano de Martina Franca, el filipino de Manila al
colombiano de Pasto, el español de Santiago de Compostela al
hindú de Bangalore, el ecuatoriano al polaco, al mejicano, al
rumano, al salvadoreño, al cingalés, al guatemalteco o al
estadounidense. Donde quiera que haya religiosos o religiosas
que mantengan vivo el espíritu de S. Jerónimo también hay una
comunidad cristiana que participa del carisma.
Son
cristianos que eligen poner a Dios en un lugar importante de
su vida. Se alimentan de su Palabra y de la Eucaristía, se
esfuerzan en aceptar cada cosa de las manos de Dios, también el
dolor: mirando al Crucificado todo tiene sentido.
Procuran amarse mutuamente, comparten alegrías y dolores, rezan
los unos por los otros, sintiéndose hermanos, parte de una gran
familia, herederos de Jerónimo.
Son personas que tienen el deseo de cuidar, educar, instruir y
proteger a los pequeños y jóvenes, especialmente a los más
abandonados e indefensos.
Familias que se abren a la adopción de menores, sea en ámbito
nacional como internacional. Se atreven con la fascinante
aventura de acoger a niños y jóvenes, con un amor no menos
fuerte que los lazos de la sangre.
Otros, parejas o no, dispuestos a la acogida temporal:
una forma no por eso menos generosa que la adopción, que exige
plena dedicación y disposición a la separación, colaborando con
la familia biológica de los chicos, sin sustituirla.
Cristianos que, aunque sea sólo durante un fin de semana o un
período de vacación en la playa, abren su casa para proporcionar
un momento despreocupado a quien la vida ha favorecido tan poco
con los privilegios de muchos.
En momentos de solidaridad, como en las adopciones a
distancia, saben involucrar a los hijos, los parientes, los
compañeros de clase, los colegas de la universidad o de una
fábrica entera, mediante una campaña en toda regla de
sensibilización hacia los pequeños y los pobres. No se conforman
con el dinero entregado, sino que llevan en su corazón, y en el
corazón de los que se preocupan, los gozos y problemas de las
personas y de los pueblos.
Jóvenes que visitan personas y familias en dificultad, que
estudian con los chicos en los centros de menores, que organizan
colectas de todo tipo de bienes de primera necesidad y los
distribuyen a los pobres, que inventan fantásticas iniciativas
para ayudar a sus coetáneos: un partido de fútbol, una tarde en
el cine, una excursión a la playa, una fiesta de cumpleaños...
No sin sacrificios, en un mundo frenético que seduce con mil
ofertas, encuentran el tiempo de dar algo de si mismo a los
demás. A veces renuncian a una bien merecida diversión o al
descanso personal; a menudo lo saben compaginar con este impulso
en dar, y notan que su vida se llena. También hay quien dedica
meses y años al voluntariado internacional, ayudando a
religiosos y religiosas de otros países, entre los más pobres
de los pobres.
¿Quién puede imaginar la íntima gratificación que experimenta
quien desarrolla muy humildes tareas, como planchar, limpiar,
cocinar, ayudar en el mantenimiento de la casa o del jardín?
Dios que ve en lo secreto sabe dar el ciento por uno.
Todos experimentan que verdaderamente hay más alegría en dar que
en recibir.
No son tan ingenuos estos
cristianos, saben reconocer al pobre auténtico y saben dar en
una forma que en nada menoscaba la dignidad de las personas.
También saben que no hay que desanimarse por el posible
desagradecimiento o abuso de su generosidad. Estas
contradicciones, a diferencia de cuanto ocurre en el mundo que
nos rodea, constituye un pretexto para negar al pobre sus
derechos.
En
la elección de la carrera o, cuando les es posible, de la
profesión se orientan hacia ámbitos que les permitan concretizar
este espíritu de servicio, tal vez renunciando a trabajos mejor
remunerados, pero con menor incidencia inmediata en el mundo de
la pobreza o que no permiten acercarse personalmente a ciertos
pobres.
En cualquier caso todos encuentran el modo de expresar esta
predilección hacia los últimos, independientemente de la
profesión: docentes que no marginan, pero saben preocuparse de
los casos más desesperados; médicos que a menudo tienen que
curar también el espíritu; abogados que defienden los
indefensos; funcionarios que detrás de una ventanilla acogen a
todos; sin olvidar a conductores, agricultores, tenderos...
Cualquier circunstancia: en familia o por la calle, en el
trabajo o en vacaciones, puede ser una ocasión propicia para
expandir la cultura de la solidaridad.
Eligen un estilo de
vida austero y decoroso, evitan cuanto puede ofender a los
hermanos más pobres, siendo pobres ellos mismos pero no
desaliñados, pobres por dentro antes que nada, como conviene a
hijos de Dios.
Sabiendo que muchas multinacionales se aprovechan de los pobres
y de la mano de obra de menores, boicotean sus productos,
testimoniando así como desean que sea el mundo.
Promocionan el "comercio justo", que ofrece a los agricultores y
artesanos de países pobres la oportunidad de vender en Europa,
evitando que la mayor parte de la ganancia beneficie a
intermediarios sin escrúpulos.
Todo esto no sólo de
modo individual, sino con el convencimiento que nuestro tiempo
presenta un desafío insuperable estando solo; por lo cual
participan en proyectos junto con otras personas. De este modo
su obra se vuelve más visible e impactante.
Igual que los consagrados, cuidan su formación, que no sólo
disfrutan sino que también promueven. Se reúnen periódicamente,
se comunican lo que Dios obra en sus vidas, y comparten alegrías
y sufrimientos. A menudo los temas de las convivencias son los
problemas de los pobres y de como ayudarlos.
Partícipes de la única misión, se responsabilizan en la
comunidad de todos los aspectos propios de la vocación laical,
dejando a religiosos y religiosas la tarea de animar
espiritualmente la vida de todos.
Cultivan relaciones de amistad y comunión con otros cristianos,
más ligados al carisma de otros santos, convencidos que la
Iglesia volverá al esplendor de los primeros tiempos cuando
todos los carismas serán uno en el amor.
Saben que no pueden nada apoyándose sólo en las fuerzas propias,
pero saben, como Jerónimo, que "si la Compañía estará con
Cristo, se logrará el “objetivo" de llevar los hombres a Dios y
la paternidad de Dios a cada huérfano.
Los hijos siempre
recuerdan el testamento que les legó su padre; así tiene que ser
para estos cristianos somascos que consideran como propias las
últimas palabras de san Jerónimo: "Seguid el camino del
Crucificado, amaos los unos a los otros, servid a los pobres".
Francesco Murgia
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