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VIDA DEL ILUSTRÍSIMO SEÑOR

JERÓNIMO MIANI

 De autor Anónimo, 1537

   

Un escritor del 1500, conciudadano, contemporaneo y amigo de Jerónimo Miani, ha trazado de él un esplendido perfil, condensando en pocas páginas recuerdos personales y otra informaiones recogidas entre amigos y conocidos, posibilitando una pequeña, pero rica biografía.

   Lo curioso es que se desconoce la identidad de este amigo y biografo de Jerónimo, razón por la cual su escrito ha pasado a la historia con el nombre de "Anonimo"..
   En el escrito se puede distinguir una estructura de 5 partes y 14 breves capítulos.:

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JUSTIFICACIÓN DEL AUTOR

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PRELUDIO (1486-1510)
I, Nacionalidad, familia, carácter

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PARTE PRIMERA - PERÍODO VENECIANO (1511-1531)
II, Hechos de juventud; circunstancias familiares
III, Aprendizaje cristiano
IV, Progresos en el campo de la ascética
V, Hambre y peste en 1528
VI, Contagio y curación
VII, El taller de San Roque
VIII,
Unificación de las obras

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PARTE SEGUNDA - PERÍODO LOMBARDO (1532-1534)
IX, Salida de Venecia
X, Misión en Bérgamo, Cremona, Crema y Milá
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XI,
La Compañía de los Siervos de los pobres

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INTERMEDIO VENECIANO (1534-1535)
XII, Estancia en Venecia

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FINAL (1535-1537)
XIII, Experiencias místicas
XIV, Los pactos con Crist
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Por comodidad cada capítulo ha sido dividido en versículos, usados para citar el texto en estudios y conferencias, facilitando así la búsqueda de la cita correspondiente. Están marcados en rojo.

 

JUSTIFICACIÓN DEL AUTOR

 Innumerables son los beneficios con los que Dios, nuestro Señor, ha querido regalar a la humanidad; aunque tan solo quienes miran a través de los ojos de la fe, saben apreciar su conveniencia y cuánto contribuyen al progreso de aquella por su gran número, su inmensa valía y su excelencia. Y ellos también, reflejados en el abismo de la bondad divina, nos manifiestan al inmenso Dios no sólo como omnipotente Creador y dador generoso de las cosas, sino también como humanísimo y dulcísimo Padre, un padre, digo, tan amante del hombre que, olvidando su propia grandeza y saliendo de su propio ser, ha dado claras muestras -con infinitas expresiones de inefable caridad de haber preparado todas y cada una de las cosas para el hombre, la más noble de sus criaturas, si así hubiese que llamarlo, y no, en cambio, su hijo dilectísimo. Dejando a un lado este hecho de inenarrable clemencia que deja estupefacto a todo el que sobre él reflexiona por la gran maravilla que entraña, pero que también lo llena de horror y compasión, quiero detenerme en uno de los regalos que, aun siendo de los más pequeños de su Divina Majestad, sin él quedaría apagada la memoria de los hombres, se olvidarían los inventos y permanecería interrumpida toda comunicación entre los mortales.
Me refiero a la escritura, gracias a la cual perviven las cosas, las lejanas se hacen cercanas, las escondidas en lo más hondo del alma se hacen manifiestas y claras. Por ella se nos transmite el pasado, se nos abre el presente y se nos prepara el futuro. Y aunque nos es de gran utilidad en todo lugar, y de ella podemos sacar mucho provecho, no es el menor de todos ellos contar la historia de la vida pasada de otras personas, a fin de que se hagan más rectas, más sabias, y más prudentes nuestras propias acciones. Este maravilloso e inmortal don de la escritura que Dios ha hecho a Moisés y a los Profetas para beneficio y ornato de la humanidad, hoy se ha convertido en un lamentable perjuicio para este nuestro revuelto mundo, por la miserable ceguera de las mentes corrompidas por la propia locura y, sobre todo, por la maldad; de tal manera que, siendo un poderosísimo medio de vida, se ha trocado en un muy dañino instrumento de muerte.
Pues bien es cierto que escritos, muy buenos en otros aspectos, nos han relatado amores deshonestos e innombrables; éste, con vanas y fantásticas historias, ha engañado a pueblos enteros; aquél, con un espíritu más de bestia que de hombre, al describirnos las artes marciales trata de pintarnos como bueno lo que es una crueldad; y hasta hay quién quiere persuadirnos de que, si se dan determinadas circunstancias, un hombre puede matar a otro legítimamente y no ser merecedor de castigo alguno. Y quienes, engañados ellos antes por el demonio, han tratado de engañar, a su vez, a otros, divulgando el culto a falsos dioses, o mejor, a esos verdaderos demonios, y nos han llenado el mundo de ideas contrarias no sólo a la divinidad, sino también a la mismísima naturaleza humana. Y donde ahora en cruel guerra se derrama sangre humana, con afectado lujo se mancilla la sinceridad y con la avaricia se destruye la mutua caridad; y allí donde el mundo tendría que ser morada de buenos modales, de templanza y de modestia, se ha convertido en horrible cárcel de crueles y despiadadas fieras.
A pesar de todo, siendo deseo mío, cristiano por la misericordia de Dios y perteneciente a una familia cristiana, servirme del hermoso don de la escritura del que dispongo con cristiana libertad y ofrecer a las mentes ocasión y aliento de proseguir en esta santa empresa, he decidido empezar de esta manera: habiendo sido llamado al cielo en estos días por Dios, nuestro Señor, nuestro noble señor Jerónimo Emiliani -quien mucho me quiso en vida aunque yo no fuera merecedor de ello, y con quien yo he convivido largo tiempo , he decidido, primero para mayor gloria de Dios y luego, para ejemplo de cuantos otros quieran hacer lo mismo, redactar la historia de su santa vida y de su tránsito, pues, de cristiano a cristiano, de amigo a amigo, de veneciano a veneciano, considero muy conveniente que en tan dulce y humano oficio no falte su obra.

Confío en que, tanto los ancianos como los jóvenes de Venecia, -que ya, afortunadamente, están persuadidos de que sólo el bautismo hace al hombre perfecto cristiano, ante el ejemplo concreto de un noble y compatriota suyo, aprendan cuál es la meta hacia la que deben orientar sus acciones y cuáles deben ser sus ambiciones y deseos en esta breve y miserable vida.

Ruego ahora a aquella bendita y amiga alma que tanto me amó en cuerpo mortal -seguro como estoy de que ya goza del cielo que me ayude con sus oraciones; e interceda para que cuanto escribo a gloria de su amado Señor, sirva de enmienda de malos y de mayor perfección de buenos, de tal manera que nuestra libre República, que jamás conoció otro Señor que Cristo, pueda saber qué pensamientos y qué acciones se corresponden con el nombre de cristiano, por el que ella tan ardientemente lucha y con toda razón se atribuye.

PARTE PRIMERA

Período Veneciano (1486-1510/1511-1531)

PRELUDIO

I, 1-10 Nacionalidad, familia, carácter

1 Jerónimo Emiliani vio la luz, pues, en nuestra ciudad de Venecia. 2 Una ciudad que, por su ubicación en la laguna adriática, por la belleza de sus edificios, por la diversidad de su habitantes -procedentes de todas las partes del mundo - y por el régimen de libertades imperante desde tiempo inmemorial, se ha ganado hasta tal punto la admiración humana, que no necesita alabanzas ajenas. 3 Pertenecía a una familia noble, corrientemente llamada "de casa Miani; pero, a decir de muchos, mejor habría que llamarla "de los Emiliani", 4 pues éstos, durante las invasiones de los godos y demás pueblos bárbaros, al igual que otras muchas familias de Venecia, abandonaron Roma y, cargando con todos sus bienes, se afincaron aquí, donde la gente, por ignorancia dio en llamarles Miani y no Emiliani.

5 Una familia cuya nobleza está avalada por los no pocos prelados y santos senadores que, en diversas épocas, tomaron parte en el gobierno de la República y contribuyeron a hacerla ilustre y famosa con sus sabios consejos.

6 Su padre se llamaba Ángel; su madre Dionora (mejor dicho, Leonor), queriendo ver en esto un arcano presagio de cómo por medio de un ángel y de Dios creador tenía que nacer un santo con nombre sagrado.

7 Hermanos suyos, mayores que él, fueron Carlos, Lucas y Marcos.

8 Jerónimo fue educado por sus padres conforme a las tradiciones patricias de la República.

9 Persona de trato agradable, gozaba de gran simpatía gracias a su innata cordialidad y benevolencia: pues, efectivamente, era alegre, cortés y decidido. 10 En saber, equiparable a los de su clase; pero de un corazón tan grande, que su capacidad de amar suplía con creces cualquier ignorancia suya; bajo de estatura, de tez morena, poseía un físico vigoroso y ágil y era fácilmente irascible.

 

II, 1-9 Hechos de juventud; circunstancias familiares

1 En su juventud hubo de enfrentarse a situaciones particularmente difíciles, pero supo siempre amoldarse a las circunstancias del momento. 2 Me contó que durante la guerra que la República sostuvo contra la Liga de Cambrai, estuvo enrolado en la caballería por algún tiempo 3 y que no había podido evitar las malas costumbres de la gente de armas de nuestra época; casi como queriendo confirmar cuanto escribe Pablo:

"nuestra injusticia alaba la justicia de Dios". 4 Y no es que enrolarse suponga darse a la mala vida, sino más bien que ésta es consecuencia de la inmoralidad de cuantos emprenden la carrera de las armas y del escandaloso comportamiento de sus capitanes. 5 Pues aunque el ejército debería ser defensor y promotor de las buenas costumbres cristianas, los hombres de armas lo han convertido en cueva de viciosos y de ladrones y, lo que es peor, en un asqueroso antro de la mala vida. 6 De tal manera que, hoy en día, ser soldado equivale a ser un libertino, un insolente, un déspota, un avaricioso y un renegado de la honradez, de la valentía y de la magnanimidad.

7 A poco de haber terminado la guerra y por disposición providencial, murió inesperadamente su hermano Lucas, que le encomendaba a sus hijos de tierna edad y a su madre, junto con el negocio de paños. 8 Esta alma piadosa asumió sobre sí el deber de hacerse cargo de la viuda y de la educación de sus sobrinos huérfanos hasta que alcanzasen la mayoría de edad. 9 Durante muchos años administró el patrimonio familiar y el negocio de paños sin aceptar jamás beneficio alguno, sino sólo por puro y auténtico amor cristiano.

arriba

III, 1-10 Aprendizaje cristiano

1 Cuando el benignísimo Dios, nuestro Señor, -quien ab eterno, aún antes de la creación del mundo, ama y predestina a sus hijos tuvo a bien tocar su corazón y con santas inspiraciones atraerlo a sí sustrayéndolo de las ocupaciones

del mundo, 2 renunció a participar en las reuniones del Consejo Mayor; y la dedicación que hasta entonces había prestado a los asuntos de la República, la volcó en la reforma de su alma y en deseos de la patria celestial.

3 Ocupado en santas meditaciones y oyendo con frecuencia aquel paso del Evangelio que dice: "quien quiera ser mi discípulo que se niegue a sí mismo y me siga", el siervo de Dios, movido por esa fuerza interior que da la gracia, decidió imitar a su amado maestro Cristo lo más perfectamente posible.

4 Hablaba con pocas personas. Evitaba estar ocioso; es más, lamentaba profundamente que pasara tan solo una hora sin haber realizado una obra buena. 5 Socorría a los pobres con limosnas hasta donde se lo permitían sus posibilidades; los aconsejaba, los visitaba, los defendía. 6 Frecuentaba las iglesias, asistía a misa y escuchaba los sermones. 7 La interiorización de la Palabra de Dios lo llevó a reflexionar sobre su ingratitud; y al recordar las ofensas hechas a su Señor, se lamentaba de sí mismo y de su vida pasada. 8 Con frecuencia lloraba, caía de rodillas a los pies de Jesús Crucificado y le pedía que le fuese Salvador y no juez. 9 Buscaba la compañía de quienes pudiesen ayudarlo con consejos, ejemplos y oraciones: y muchas fueron las personas que el Señor le puso al lado para bien de su alma. 10 Destaca entre todas ellas un venerable canónigo regular veneciano, famoso por saber y bondad, cuyo nombre -dado que aún vive no quiero descubrir; éste lo dirigió espiritualmente durante muchos años y fue quien lo puso en el camino de la vida eterna.

IV, 1-11 Progresos en el campo de la ascética

1 Fue con moderados ayunos como empezó a vencer la gula, principio de todo vicio. Velaba por las noches y no se acostaba jamás sino vencido por el sueño. 2 Leía, meditaba, trabajaba. Se humillaba hasta más no poder en el vestir, en el hablar, en conversar y, sobre todo, en su interior, valorándose en nada y atribuyendo a la gracia de Dios cuanto de bueno en él pudiera haber. 3 Se esforzaba en hablar poco, nunca más de lo preciso, sabedor de que la lengua nos fue dada para alabar a Dios, edificar al prójimo y pedir lo necesario. 4 Vigilaba los ojos con muchísimo cuidado, para que no le hiciesen ver cosas de las que luego tuviera que arrepentirse, ya que conocía el dicho:
"aparta mis ojos de las cosas vanas".

5 Era edificante el verlo siempre contento, salvo cuando acudían a su memoria las culpas pasadas. 6 Habiendo resuelto extirparlas por completo, se servía del siguiente método: una vez determinado el vicio que quería combatir, se ejercitaba a diario en practicar la virtud a él contraria; y después de vencido uno, pasaba a otro. 7 De esta manera, con la ayuda de Dios, que cada día le infundía mayor fervor, muy pronto se vio libre de las malas costumbres y estuvo preparado para recibir la semilla de la gracia divina. 8 Y por eso continuamente me animaba, diciéndome: hermano, si quieres que tu alma se vea libre del mal y se convierta en morada del Señor, empieza agarrando por los pelos un pecado hasta que lo domes; luego, repite la misma operación con los demás: pronto quedarás limpio. 9 Se había propuesto con firmeza padecer interiormente cualquier mal por amor a su Señor, 10 hasta tal punto que un día que lo habían ofendido grave e injustamente -como luego me contó el magnífico señor don Paolo Giustiniani, testigo ocular del hecho amenazado por un pobre loco con que le arrancaría uno a uno los pelos de su larga barba, le contestó sencillamente: si así lo quiere Dios, aquí me tienes, ¡adelante! 11 Los presentes comentaban que si Jerónimo fuese el de otros tiempos, no sólo no hubiese tolerado tal ofensa, sino que habría despellejado vivo al agresor.

V, 1-12 Hambre y peste en 1528

1 Purificado de todas su culpas, libre ya de malos hábitos y completo dueño de sí mismo, el Siervo de Dios, como nuevo soldado de Cristo Jesús, estaba preparado para hacer frente a la magnífica oportunidad que la bondad divina le iba a ofrecer de imitar a su capitán y de ganarse la felicidad eterna. 2 Queriendo Dios liberar a los italianos de la oprobiosa esclavitud a la que vergonzantes vicios los tenían sometidos, envió para ello, como medida de justicia, no, mejor, como una prueba de su amor y de su misericordia, la terrible carestía del año 1528 que todos, tristemente, conocimos y recordamos. 3 En toda Italia , en Europa, por aldeas, pueblos y ciudades, la gente moría de hambre a millares. 4 Fue tal la escasez de grano -había poco, y éste a precios prohibitivos- que la gente, hambrienta, comía perros y burros, y hierbas salvajes en lugar de verduras, sin aceite y sin sal.5 ¿Hierbas, digo? ¡Mucho peor aún! Hubo quien llegó a comerse el heno viejo cortado minutamente y la paja que cubría los tejados de las casas. 6 Y habiendo sabido que en nuestra ciudad se vivía un poco más holgadamente que en otras ciudades de Italia, largas procesiones de pobres, movidos por una calamidad tan grande, abandonaron sus casas, que ya más bien eran sepulcros de vivos, cayendo sobre Venecia con sus mujeres e hijos. 7 Y por calles y plazas se les oía no gritar -pues ya no les quedaban fuerzas para ello- sino sollozar, a las puertas de una muerte segura. 8 Ante semejante espectáculo, nuestro Miani, movido por auténtica caridad, se puso a su disposición para prestarles la mayor ayuda posible. 9 Y en muy pocos días gastó todo el dinero que tenía; llegó a vender ropas, alfombras, muebles y demás enseres de la casa, invirtiendo lo recaudado en esta piadosa y santa obra. 10 A unos les daba de comer, a otros los vestía -estábamos en pleno invierno-a otros los recogía en su casa, a otros los animaba a tener paciencia y a aceptar, resignados y por amor a Dios, la muerte, recordándoles que a cambio de esa paciencia y de la fe, se nos ofrece la vida eterna. 11 En esto se ocupaba todo el día. Algunas veces, cuando las horas del día no habían sido suficientes, recorría la ciudad por la noche; 12 y a cuantos hallaba enfermos, pero con vida, los socorría como Dios le daba a entender; mientras que los cadáveres que yacían por el suelo los cargaba sobre sus espaldas como si de oro o de bálsamo se tratase, y en secreto, para que no lo descubrieran, los depositaba en el cementerio o en otro lugar sagrado.

VI, 1-9 Contagio y curación.

1 No acabaría nunca si me pusiese a contar con detalle las obras de caridad cristiana por él realizadas. En ello gastó todas sus pertenencias. 2 Y quiso Dios probarlo en propia carne, tal como ya había hecho con el paciente y santo Job. 3 Tras la terrible carestía siguió una epidemia de peste bubónica con manchas rojas y de otros colores que aparecían por todo el cuerpo. 4 El valiente soldado de Cristo, a contacto con apestados y cadáveres, contrajo la peste. 5 Y en cuanto se apercibió de ello, se confesó, recibió el Santo Viático y se encomendó al Señor, su única esperanza y su refugio. 6 Apenas hablaba de sí mismo y parecía que no era él el enfermo; esperaba pacientemente que se hiciese la voluntad de Dios, nuestro Señor. 7 Y cuando los médicos ya lo habían desahuciado, de repente, en muy pocos días, se recuperó; 8 y enseguida, a pesar de que no estaba totalmente restablecido, 9 puso manos a la obra empezada con más ahínco aún que antes, ya que había experimentado con éxito que el Señor jamás abandona a quienes se ponen a su servicio, sino que, por el contrario, acostumbra a obrar cosas grandes y admirables en quienes le sirven.

VII, 1-13 El taller de San Roque

1 Tras haber reflexionado largamente sobre este acto de especial protección divina, decidió con firmeza poner en manos de su sobrino, que ya era todo un hombre, el negocio de la lana y para ello, le rindió minuciosamente cuentas de la administración llevada. 2 Retirado de los negocios, cambió su ropa habitual -que consistía en una larga túnica de anchas mangas recogidas en la muñeca por un sayal de tosco paño de color amarillento con una capa corta y unos viejos zapatones. 3 Recogió a unos cuantos muchachos de los que andaban pidiendo por las puertas y arrendó un viejo taller artesanal próximo a San Roque, en el que montó una escuela tal que ni Sócrates, con toda su sabiduría, soñó tener jamás. 4 Pues allí no se enseñaban las vanas ciencias de Platón y de Aristóteles, sino que se enseñaba que el hombre es templo del Espíritu Santo, hijo y heredero de Dios por la fe en Cristo y la imitación de su santa vida. 5 Había contratado a varios maestros artesanos para que enseñaran a los niños a hacer clavos de hierro, y él mismo se dedicaba también a este trabajo. 6 Y durante el trabajo se cantaban salmos; y rezaban día y noche, y lo tenían todo al servicio de todos, 7 y competían en la práctica de la pobreza, hasta el punto de que cada uno se esforzaba en ser más pobre que los demás. 8 Dormían sobre la paja, con un trapo por manta; comían pan duro, fruta o verduras. 9 Aquel hombre de Dios instruía a los muchachos en el santo temor de Dios, les enseñaba a no tener nada como suyo, a vivir en común y a ganarse la vida con el propio trabajo y no de limosnas.

10 Les solía decir que la mendicidad no es de cristianos, salvo que sean enfermos o se hallen incapacitados para ganarse el sustento con su propio sudor, y que cada uno ha de aprender a mantenerse del trabajo de su manos, tal como está escrito: "Quien no trabaja, que no coma".

11 Nadie mejor que él servía y amaba los pobres del Señor, fuese cual fuese su condición social; a los obispos y sacerdotes los tenía en la mayor consideración. 12 Era tal su delicadeza de ánimo, que jamás sospechaba de otros lo que a él ni le pasaba por la imaginación, al contrario: tenía de todo el mundo la mejor opinión. 13 Su preocupación no se limitaba a los muchachos del taller de San Roque, sino que, como padre universal de los pobres que era, se encargaba de repartir las limosnas recogidas por Mazzorbo, Torcello, Burano, Chioggia y por las demás islas que forman los arrabales, o personalmente o por mediación de otros.

VIII, 1-11 Unificación de las obras

1 Durante mucho tiempo se dedicó a esta tarea tan santa y tan útil. 2 Más tarde, los directivos del hospital de incurables le pidieron que juntase los dos talleres-escuela en uno solo, bajo su dirección. 3 Él, que deseaba con toda el alma no atar su corazón -hecho a imagen de Dios- a ningún lugar concreto para estar siempre disponible a la voluntad de Dios, se trasladó allí con sumo gusto. 4 De toda su labor y de la ejemplaridad de su vida dan fe todas aquellas personas que aún hoy dirigen el hospital. 5 Con frecuencia me acercaba a visitarlo, como ya hacía cuando estaba en San Roque, y él, además de conversar conmigo sobre temas espirituales (sólo Dios conoce el puro cristiano afecto que sentía por mí), 6 me enseñaba los trabajos que había realizado él personalmente, y los distintos grupos de muchachos, de los cuales me explicaba sus aptitudes: 7 de todos ellos destacaban cuatro -pienso que no pasarían de los ocho años de los que me confesaba: estos rezan conmigo; son espirituales y reciben grandes favores del Señor. 8 Refiriéndose a otro grupo, me decía: estos leen y escriben estupendamente; aquellos son muy trabajadores; éste respeta muy bien el silencio. Y estos son sus maestros; y aquél, el sacerdote que los confiesa. 9 También me enseñaba su cama, que por su estrechez, tenía más aspecto de tumba que de lecho. 10 Y solía invitarme a que viviese en comunidad con él; pero yo me consideraba indigno de estar en su presencia. 11 A menudo manifestaba, entre sollozos, su deseo de la patria celestial; desde luego, si yo no hubiese sido una persona de corazón tan duro, sus palabras me hubiesen penetrado como llamas de amor divino e inflamado de deseos del cielo.

PARTE SEGUNDA Período lombardo (1532-1534)

 IX, 1-10 Salida de Venecia

1 Ahora conviene que yo le defienda de la acusación de inestabilidad que alguien, ignorante, le hizo por haber renunciando a su compromiso con el Hospital y haber abandonado Venecia para irse a otras tierras. 2 ¿Es que se olvida esa gente del misterio que entrañan los planes de Dios y de que el mismo Cristo?,A quienes trataban de retenerlo en algún lugar, les decía: "es preciso que yo evangelice también a otros pueblos". 3 ¿Qué tiene, entonces, de extraño que él haya abandonado su patria? ¿No ocurre lo mismo con las perlas preciosas, que en un sitio se cultivan y en otro se las vende? 4 ¿O no es, entonces, normal que productos de gran valor, como el incienso y otros muchos, se consuman lejos de su lugar de origen? 5 Y el sol: ¿es que, acaso, se está quieto allí donde nace o, por el contrario, no realiza diariamente su camino hasta completar su órbita? 6 De la misma manera, esta piedra preciosa, esta incomparable criatura del Señor, este sol luminoso por su vida ejemplar, no podía permanecer siempre quieto en un sitio, 7 sino que, viendo que el pueblo cristiano era como un rebaño sin pastor, dejó Venecia para irse a Bérgamo. 8 Y del fuego de amor a Dios y al prójimo que lo movía, del celo por la salvación de las almas con que a todos contagió, dan testimonio fehaciente obispos, prelados y demás piadosas personas que lo conocieron. 9 La pena que sentía ante las herejías y por los herejes era inmensa. 10 Solía decir que Dios permite que a los cristianos les falten los bienes materiales, para que, viéndose en la penuria, aprendan a ver a Dios en quienes los socorren con la limosna que redime.

X, 1-13 Misión en Bérgamo, Cremona, Crema y Milán

1 Contando con la colaboración del Obispo y de otras personas de bien, organizó los hospitales de la comarca de Bérgamo 2 y, acompañado siempre por un grupo de muchachos sólidamente formados en la fe cristiana, recorría todos los pueblecitos de la provincia, animando a sus habitantes a volver a la vida de piedad que se expone en el Santo Evangelio. 3 De su obra caritativa dejó muestras no sólo en estos pueblos, sino también en los de las provincias de Cremona y Crema, hasta los que solía llegarse, y en los que realizó la misma labor. 4 Atravesando el río Adda junto con un grupo numeroso de sus muchachos, se adentró en la provincia de Milán y allí le ocurrió una anécdota que no quisiera pasar por alto. 5 Estando ya en los dominios del Milanesado, he aquí que enfermó él y varios de los chicos que lo acompañaban. 6 Llegaron como pudieron hasta un viejo caserón en ruinas y abandonado, en donde sólo había un poco de paja, y allí se cobijaron 7 sin pan, ni vino, ni dinero, porque aquel valiente cristiano sólo llevaba consigo, por toda provisión, una viva fe en Cristo. 8 Y estando a la espera de la intervención del cielo, dio la coincidencia de que un amigo suyo y mío pasó por allí cerca y sintió curiosidad por entrar en el lugar donde, ardiendo por la fiebre, yacía el hombre de Dios. 9 En cuanto lo hubo reconocido, le dijo: Señor Jerónimo, si está de acuerdo, haré que lo trasladen a usted solo hasta una propiedad mía, cerca de aquí y allí le atenderán. 10 A lo que él, con toda nobleza, contestó:

Mucho le agradezco, hermano, su amabilidad e iré de muy buen grado si conmigo está dispuesto a hospedar también a estos hermanos míos, con los que yo quiero vivir y morir.

11 El otro juzgó que la proposición era demasiado gravosa y, después de despedirse, se fue. 12 Una vez en Milán refirió lo ocurrido al Duque Alfonso (Francisco) Sforza -que Dios tenga piedad de su alma-13 y éste, enterado de la noble condición del siervo de Dios, le mandó lo necesario, lo hizo traer a Milán y lo alojó en un hospital, que era el sitio por él preferido para alojarse.

XI, 1-13 La Compañía de los Siervos de los Pobres

1 Sin embargo, no limitó tampoco a esta ciudad su actividad caritativa, al contrario, tras haber reorganizado según un criterio cristiano aquel hospital, 2 se trasladó, por inspiración del Espíritu Santo, al territorio de Crema, y allí, muy pronto, captó para su obra a muchas personas de bien, sacerdotes y seglares. 3 Todos ellos, reunidos en Bérgamo, en el territorio del Valle de San Martín, formaron cofradías de pobres abandonados 4 que, una vez curados, vestidos y encauzados en la vida cristiana, se ganaban el sustento con su propio trabajo. 5 Y sin haberse apartado jamás de su amiga la pobreza, aquel Santo Varón había llegado a reunir en estos venerables grupos de los territorios de Bérgamo, Crema y Como, a más de trescientas personas, 6 instruidas en las buenas costumbres cristianas y encomendadas a la guía de buenos sacerdotes y seglares, 7 de cuyos nombres no haré mención para que sea mayor la gloria del Señor. Los nombres son conocidos por el Espíritu Santo y están inscritos en el libro de la vida. 8 Era un espectáculo digno de admiración, en una época tan llena de vicio, contemplar a un noble veneciano en ropa de mendigo, acompañado por un montón de pordioseros -¡qué digo! mejor diré "cristianos reformados", dignísimos gentiles hombres según el Evangelio 9 que recorría los campos cavando, cortando maíz y desempeñando trabajos parecidos, siempre cantando salmos e himnos al Señor; 10 instruyendo a los labradores en las verdades de la fe, comiendo pan de centeno y otros alimentos silvestres. 11 Por eso, yo creo que debemos sentir una inmensa compasión por todos esos poderosos señores, ociosos y comodones, cuya vida discurre entre diversiones y fiestas en espléndidos palacios y salones decorados, 12 sin el más mínimo pensamiento puesto en las bienaventuranzas de la vida futura, feliz, inmortal y colmada de todo gozo, 13 quienes, de repente, despojados de sus lujos y de sus riquezas, son enterrados solos, pobres y sin nada de nada.

INTERMEDIO VENECIANO (1534-1535)

XII, 1-8 Estancia en Venecia

1 Durante bastante tiempo vivió este Santo Varón en ese estado de perfección. Después regresó a Venecia para ocuparse de algunas obras pías. 2 Aquí permaneció poco más de un año, vestido de campesino, como ya era habitual en él. 3 Era magnífico observar a aquel hombre en hábito de mendigo, pero de espíritu tan noble, admirablemente adornado de modales tan castos, circunspectos y prudentes, que a las personas virtuosas que lo contemplaban les parecía una deliciosa sinfonía de virtudes. 4 A mi particularmente lo que más me admiraba era que fuese tan compasivo con los pecadores, que jamás pensase mal de nadie. 5 Visitó a sus amigos, entré los que se cuentan como más íntimos y queridos el reverendo Arzobispo de Chieti, hoy cardenal; los hermanos Lippómano, uno Prior de la Trinidad, el otro Obispo de Bérgamo; el Obispo de Verona, y muchos otros menos conocidos; 6 Pero más que a nadie quería a sus pobres, porque eran ellos quienes mejor le representaban a Cristo. 7 A menudo estuvimos juntos, y me llenó de muchos y santos recuerdos y de cristiana esperanza, que todavía hoy resuenan en mi alma. 8 Después se despidió de nosotros, sabedor de que ya no volveríamos a vernos en esta vida; pero, y así lo espero por la misericordia de Dios, sí y para siempre en la otra.

 

FINAL (1535-1537)

XIII, 1-9 Experiencias místicas

1 Creo que tenía ya 56 años cumplidos, doce de los cuales los había vivido austera y cristianamente, 2 cuando quiso el benignísimo Dios, nuestro Señor -pues es El quien transforma nuestros pequeños esfuerzos en bienes eternos llamarlo a la patria celestial. 3 Por voluntad divina, estalló en territorio bergamasco una enfermedad epidémica que, por ser desconocida de los médicos, en 14 días, más o menos, llevaba a la muerte. 4 Vivía por aquel entonces el Santo en el valle de San Martín junto con un grupo numeroso de muchachos, de los cuales solía apartarse a veces, para recogerse en la soledad de una gruta, dedicado a la contemplación. 5 Durante aquella epidemia uno de los suyos contrajo la enfermedad y en pocos días se quedó en las últimas; 6 ya en punto de muerte, lo cuidaban entre varios, como se hace en estos casos, y el Señor Jerónimo como uno más. 7 Y tras haber permanecido varios días sin hablar y sin dar señales de vida, de repente, como si se despertara de un profundo sueño, se incorporó en la cama 8 y, como pudo, exclamó:

¡Qué cosa más maravillosa he visto! Y puesto que todos querían saber de qué se trataba, 9 contestó: he visto un trono precioso, rodeado de una esplendorosa luz, y en el trono un niño con un cartel, en el que se leía: "este es el trono de Jerónimo Emiliani".

XIV, 1-9 Los pactos con Cristo

1 Al oír tal cosa, todos quedaron atónitos, pero quien más pudo sorprenderse fue el mismísimo señor Jerónimo, que, por ello, hubiera querido marcharse inmediatamente de allí; 2 y a sus compañeros, que no querían dejarlo salir, les dijo: "dejadme, pues dentro de poco, ni vosotros ni nadie volveréis a verme". 3 Y aunque ellos no comprendieron muy bien el alcance de sus palabras, a ninguno de los que las habían oído se le ocurrió pensar que el Señor quisiera privarlos de su padre y pastor.

4 Pero el benignísimo Dios, nuestro Señor, para recompensarlo de sus muchos trabajos y para darnos a entender a nosotros que no hemos de estar demasiado atados a ninguna criatura, por muy santa que ésta sea, 5 consintió en que contrajese la enfermedad; era el domingo vulgarmente llamado de carnaval, que la Iglesia, en cambio, llama de Quincuagésima.

6 Tras cuatro días de grave dolencia, entregó su alma a Dios, con una serenidad tal que, a decir de los presentes, en ningún momento manifestó el menor asomo de temor, 7 al contrario: decía que, tal como se lee en Jeremías 31 o en Ezequiel 26, él ya había hecho sus pactos con Cristo. 8 Los exhortaba a todos a que siguieran el camino de Jesús Crucificado, a que despreciaran el mundo, a que se amaran unos a otros, a que se ocuparan de los pobres, asegurándoles que Dios no abandona jamás a quienes cumplen estas obras.

9 Y con estas recomendaciones y otras parecidas, dejó esta vida mortal y pasó a gozar de la eterna.Quiera Dios, en su misericordia, concedérnosla a nosotros también. Amén.

 

          Aquí termina la vida del ilustrísimo señor Jerónimo Miani, escrita en Venecia bajo el feliz gobierno del sapientísimo y valerosísimo duque Andrea Gritti, príncipe serenísimo de Venecia en 1536.